«El mundo se volvió gelatina»

Un grupo de gallegos relatan el suceso que hizo estremecer el Himalaya


redacción / la voz

Impactados todavía por un suceso que los sorprendió de vacaciones o disfrutando de su afición al alpinismo, un grupo de gallegos relatan a La Voz cómo se encuentran y cómo están viviendo esta trágica experiencia.

Vanessa Pérez y Marcos Priegue

«No sabíamos cómo reaccionar, estábamos en estado de shock». Los gallegos Vanessa Pérez y Marcos Priegue, ella de Sober y él de Santiago, están pasando unos días de vacaciones en Nepal y vivieron el terremoto en primera persona. El temblor los sorprendió en el complejo turístico Green Park, en el que estaban alojados en la localidad de Chitwan, a unos 150 kilómetros al oeste de Katmandú. Cuando todo empezó a moverse, ellos descansaban un rato antes de bajar a comer. «El resto de los edificios del resort, parecían hojas de papel», cuenta. Los dos tuvieron claro en todo momento que se trataba de un temblor de tierra. Fueron aproximadamente dos minutos que se les hicieron «eternos».

A pesar del susto, o precisamente por eso, no salieron a la calle ni tomaron ninguna precaución especial. «La verdad es que no sabíamos cómo reaccionar, nos sorprendió totalmente y estábamos un poco en shock», explicaba Vanessa ayer en una conversación vía Internet.

Poco después, explica Marcos Priegue, el personal del hotel les pidió que bajasen. Estaban desalojando todas las habitaciones por precaución. Pero el edificio resistió sin ningún problema. De hecho, ellos no vieron en esa zona ningún destrozo ni tampoco ninguna víctima. Esa tarde salieron a hacer un recorrido que tenían programado. Fue a la vuelta, unas cinco horas después, cuando se enteraron de la magnitud de lo que había ocurrido. «Nos dimos cuenta al verlo en las noticias y cuando vimos que amigos y conocidos nos habían mandado un montón de mensajes preguntándonos si estábamos bien».

Vanessa Pérez y su novio Marcos viven en Alemania. Los dos trabajan en hoteles, ella en Ratisbona y él en Múnich. Llegaron a Nepal hace unos días junto con, Hari Thapa, un compañero de trabajo que es nepalí. El terremoto no ha alterado sus planes. Después de un viaje en autobús de unos 130 kilómetros, ayer llegaron a la ciudad de Pokhara, en las cercanías del macizo del Annapurna y principal destino turístico de Nepal después de Katmandú. Tampoco allí han visto rastro alguno de destrozos La parejas no adelantará la vuelta a Alemania. Seguirán en Nepal hasta el día 3.

Carlos Somoza Y Chus Pazos

«Comenzó a moverse la tierra y nos echamos al suelo». El pueblo de Kunjung, a nueve horas a pie de Lukla, puerta de entrada y salida en avioneta entre el Everest y Katmandú, acogió ayer a los dos montañeros gallegos que han sido testigos del terremoto desde las faldas de la cumbre más alta del Planeta. «Hemos visto alguna escena de dolor, como una mujer llorando y gritando y varias personas intentando consolarla, y a algunos heridos que eran transportados en camillas rudimentarias», contaba el estradense Carlos Somoza Fares al término de su segunda jornada de caminata tras haber dejado las inmediaciones del campo base del Everest a primera hora del sábado.

A Carlos y a su compañera de trekking, la pontevedresa Chus Pazos Ordóñez, el temblor los sorprendió ya en un valle, lo que les permitió evitar sus efectos más trágicos: «Al principio oímos un ruido muy fuerte y empezamos a ver como caían las rocas por las laderas de las montañas. Después comenzó a moverse la tierra y nos echamos al suelo».

Solo unas horas después, cuando llegaron a una aldea y empezaron a ver las consecuencias del terremoto comenzaron a atisbar la magnitud de la catástrofe. Allí se toparon con otros dos montañeros españoles que habían conseguido salir a tiempo de la construcción en la que estaban alojados y cuyo techo se desplomó sobre sus pertenencias. «Aquí no hay mucha información, solo sabes lo que te va contando la gente que te vas encontrando», explicaba ayer Carlos, consciente de que aunque lo peor ya ha pasado, aún deben llegar a Lukla y tomar una avioneta hasta Katmandú.

Las avalanchas de nieve ya no constituyen un peligro, pero el temor a un desprendimiento de rocas o a un corrimiento de tierras -«se ven grandes grietas en las laderas»- los animó a rodear la ladera y buscar refugio en Kunjung, lugar desde el que operaban los helicópteros que prestan auxilio al campo base del Everest.

Las réplicas que se dejaron sentir ayer por la mañana los mantienen en alerta y con un único deseo en mente: Volver a casa lo antes posible.

Alberto Rojo

«Era como estar subido a una tabla de surf». Alberto Rojo es un empresario de Vigo que lleva algún tiempo en Barcelona y que de vez en cuando hace viajes espirituales en solitario para desconectar. Salió para Katmandú el 6 de abril, con intención de hacer una ruta de trekkinn y el terremoto le sorprendió en plena ruta. Tras más de 24 horas sin dar señales, ayer por la mañana pudo establecer contacto. La débil señal del teléfono móvil apenas permitió conversar con él. «Estoy perfectamente. Los temblores me pillaron en el campamento base del Annapurna», explicó. A pesar de estar alejado de la zona más afectada, al momento pudo darse cuenta de las dimensiones del terremoto. «Por unos minutos el mundo se volvió de gelatina. Era lo más parecido a estar subido a una tabla de surf en medio del mar. Una pasada», relata.

La zona en la que aún se encuentra no sufrió daños de importancia. «Los albergues tenían algunas grietas y pequeños desperfectos. Yo esperaba que alguno se desplomase pero no, aguantaron», afirma el empresario. Cuenta el vigués que en el entorno en el que se localiza el impacto del seísmo es más de tipo emocional. «Alguna pequeña avalancha y mucha confusión. Ningún herido aquí arriba». Alberto reflexiona sobre las dimensiones de la catástrofe: «Se me parte el alma pensando en los pobres nepalíes y sus familias, sus casas... son gente muy humilde y de gran corazón», dice. 

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