Turquía y la molesta verdad armenia

Erdogan ha hecho todo lo posible para eclipsar el centenario del genocidio


redacción / la voz

Sin reconciliación no es posible restañar las heridas, y la historia reciente da algún ejemplo de que reconocer los errores es el principio para superar odios y adormecer rencores. Incluso el Holocausto, aunque no puede olvidarse, para que no se repita, parece querer resguardarse en algún rincón de la memoria desde el que no sería fácil alcanzar la tecla de la venganza, mientras que Japón y China dan frecuente ejemplo de lo contrario.

Entre medio millón y millón y medio de muertos armenios llevan cien años esperando que su verdugo admita que fueron víctimas de una persecución sistemática con el objetivo de aniquilarlos. El reconocimiento de lo que algunos consideran preludio del Holocausto, al que hace menos de dos semanas el papa Francisco calificó de «primer genocidio del siglo XX», sería principio del alivio de una herida que sigue abierta. El Parlamento Europeo le recomendó hace nueve días a Turquía que aproveche el centenario para «asumir su pasado y reconocer el genocidio».

La heredera del Imperio otomano no solo sigue en su contumaz negativa del genocidio, sino que además su presidente, Recep Tayyip Erdogan, aunque hace un año expresó su pésame por los muertos armenios, se enfada con cada mención a esa molesta verdad, desoye las lecciones de la historia y trata de ensombrecerla, de acallar su voz.

Eso explica que haya decidido anticipar los actos en recuerdo de la victoria de Galípoli para hacerla coincidir con la conmemoración del centenario de la masacre armenia. La pírrica victoria en la batalla de Dardanelos contra los aliados que en la Primera Guerra Mundial pretendían llegar a Constantinopla, venía celebrándose el 18 de marzo y el 25 de abril. Pero este año, el primero de Erdogan como presidente, los 20 jefes de Estado invitados, la mayoría de países africanos y balcánicos, y otras autoridades de 72 países, conmemorarán el Anzac Day mañana.

El 24 de abril de 1915, cuando la Gran Guerra no tenía nueve meses, las autoridades otomanas comienzan a detener a cientos de armenios de Estambul (entonces aún era Constantinopla) y a deportarlos a las regiones periféricas del imperio. Antes habían sido desarmados los soldados turcos, tras la derrota del Ejército otomano a Sarikamis a manos de los turcos y la revuelta de Van. En días sucesivos, las detenciones se extienden a otras ciudades y a la región de Anatolia. Los deportados mueren por el camino, de hambre y de sed, cuando no son víctimas de los abusos de los soldados o directamente ejecutados por sus custodios. Es la fecha que conmemoran los armenios, que en 1918 pudieron regresar a sus hogares, aunque el genocidio se extendió hasta 1923.

La nueva Turquía

Erdogan juega a erigir a Turquía en la gran superpotencia de la región, mirando atrás para recuperar la gloria del Imperio otomano y exacerbando el nacionalismo similar al de los Jóvenes Turcos, el movimiento, responsable de la masacre, que dio a luz la moderna Turquía.

Aunque no fue una guerra de religiones, los armenios que viven hoy en Turquía, unos cien mil, tienen mucho cuidado de no mostrar su cristianismo, y viven con el temor de quien sabe que forma parte de una comunidad que despierta recelos. La Armenia actual orbita alrededor de Moscú, que da su apoyo militar y económico a un país atrapado entre una Turquía cada vez menos laica y un Azerbaiyán, también de mayoría musulmana, con la espina de Nagorno Karabaj, que reclama su independencia, todavía sin apoyo internacional, clavada desde el vecino Ereván.

No debería extrañar que al presidente armenio, Serge Sargsián, considere que «la impunidad [del genocidio] es la premisa para su repetición» en la apertura de un foro internacional que precede a las conmemoraciones en su país.

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