Lubitz se ofreció dos veces a tomar el mando del avión  

«Ya veremos», dijo Lubitz al piloto cuando le pidió que preparara el aterrizaje . Los pasajeros fueron conscientes del desastre tras ver al capitán aporrear la puerta. En la casa del copiloto aparecieron fármacos para tratar trastornos de bipolaridad y somníferos. 


redacción / la voz

El repentino taponamiento de oídos por el descenso que Andreas Lubitz imprimió al A320 al sobrevolar los Alpes alertó a buen seguro a gran parte de los 146 pasajeros del vuelo de Germanwings, pero los gritos del capitán aporreando la puerta de la cabina para tratar de entrar, sembraron definitivamente el pánico en el avión minutos antes de estrellarse. Aunque el fiscal de Marsella, Brice Robin, mostró su convencimiento de que los pasajeros percibieron su final unos instantes antes de que las 60 toneladas del Airbus se estrellasen a 700 kilómetros por hora, la grabación que los tres micrófonos de la cabina recogieron para la caja negra muestran que no fue así.

Desesperación del piloto

«¡Por el amor de Dios! El diario alemán Bild reprodujo ayer parte de la grabación de 1,30 horas registrada en el avión desde que se autorizó su despegue en Barcelona hasta que se estrelló. El comandante Patrick Sondheimer y Lubitz intercambiaron frases banales durante los primeros veinte minutos, aunque el piloto comentaría algo que acabó siendo crucial: que no le había dado tiempo a ir al baño antes de despegar. Tras media hora de vuelo, el comandante pide al copiloto que prepare el aterrizaje. «Ojalá», «vamos a ver», asegura el rotativo alemán que se oye decir a Lubitz en tono bajo y quizás no percibido por su superior. El copiloto le sugiere al capitán hasta dos veces que ya puede ir al baño y este, dos minutos después, responde: «Ya puedes asumir los mandos».

Se cierra la puerta y comienza a las 10.29 horas el descenso fatal. Dos minutos después se advierte el aviso de los controladores franceses. A las 10.30 salta la alarma de aproximación a tierra e inmediatamente se escuchan golpes y patadas en la puerta. «¡Por el amor de Dios, abre la puerta!», clama Sondheimer arrancando los gritos de los pasajeros. La grabación da cuenta de cómo se golpea a hachazos la puerta blindada después, mientras las voces del pasaje evidencian un completo pánico. Tras otros 90 segundos salta la alarma que indica que solo quedan 5.000 metros para impactar. «¡Abre esta maldita puerta!», vuelve a implorar el capitán. Gritos y más gritos de los pasajeros que se hacen desgarradores al tocar el ala derecha la montaña.

Fármacos en casa

Posible trastorno bipolar. Pese a los indicios de la grabación y su interpretación por la Fiscalía de Marsella, los investigadores aseguran que tratan de discernir si un fallo técnico pudo incidir en la catástrofe. El ministerio público alemán aplazó a hoy cualquier novedad, quizá relacionada con la salud de Andreas Lubitz, después de que fuesen encontrados en su casa gran cantidad de somníferos y recetas de psicofármacos para tratar trastornos bipolares, que Le Parisien identifica como polanzapina y agomelatina, dos fuertes antipsicóticos y antidepresivos. El periódico alemán Bild añade incluso que el copiloto habría sufrido también un desprendimiento de retina, que aunque curable, le pudo haber hecho temer por la continuidad de su carrera, junto a sus posibles problemas mentales. Lubitz debería pasar en junio la revisión médica anual para renovar su licencia, trámite que podría haber hecho saltar su estado, por el que le habían dado varias bajas, la última renovada para el día del siniestro.

Embarazo de su novia

Burlas de compañeros. La vida del joven protagonista del accidente del vuelo de Germanwings, a ojos de la Fiscalía de Marsella, está siendo escrutada por la policía y la prensa germana hasta el último detalle. Bild, que marca la pauta informativa sobre Lubitz, apunta que, según alumnos de su novia, una profesora de inglés y matemáticas en Renania del Norte-Westfalia, les habría comunicado que estaba esperando un hijo. Der Spiegel asegura que la pareja inició su relación cuando ambos tenían 18 años y trabajaban en un local de la cadena Burger King. Mientras unos medios hablan de planes de boda, otros dan por hecha la ruptura de la relación, lo que podría haber incidido en un empeoramiento de su estado psicológico, junto a sus patologías mentales. Estas estarían, agravadas, según apuntan algunas de sus amistades, por cierta mala consideración de sus compañeros, que con el apodo de Andy tomate, se burlarían de él por haber accedido al puesto de copiloto tras ser primero auxiliar de vuelo, y por tanto repartidor de bebidas entre los pasajeros. Un allegado de Lubitz contó que el sueño del copiloto era volar a San Francisco.

Agujero legal

Alemania debate sobre las bajas. Mientras la prensa alemana escudriña en la vida de Lubitz, medios como Die Welt han abierto también un debate sobre las posibles lagunas de seguridad que puede generar el secreto médico al impedir a las empresas, como en España, conocer si a alguno de sus trabajadores le ha sido entregada la baja al considerar los facultativos que no está en condiciones de desempeñar sus tareas. El copiloto no entregó a Germanwings los partes , lo que para diversos expertos es un síntoma claro de que debe abrirse un debate sobre la comunicación a las empresas en casos de trabajos que puedan entrañar peligros.

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