Los terrores nocturnos de Lubitz

Los investigadores prestan una atención especial a la personalidad de Lubitz pero no han cerrado el resto de líneas de investigación, incluida la de un posible fallo técnico


Redacción / La Voz

Aunque las autoridades y los responsables de la investigación porfían en que no hay nada descartado, el cerco sigue cerrándose sobre el fantasma de Andreas Lubitz, copiloto de 27 años que estaba al mando del A320 de Germanwings que hacía el vuelo Barcelona-Düsseldorf cuando el aparato se precipitó sobre las estribaciones francesas de los Alpes. La web del periódico Die Welt publicaba ayer que los registros policiales descubrieron en el apartamento del tripulante en Düsseldorf numerosos medicamentos para tratar un grave trastorno psicosomático. El general Jean-Pierre Michel, jefe de la pesquisa gala, admitió a la cadena BFM TV que sus agentes prestan una atención especial a la personalidad de Lubitz pero no han cerrado el resto de líneas de investigación, incluida la de un posible fallo técnico o mecánico del Airbus. Y que para ello será decisivo encontrar la segunda caja negra. El presidente galo, François Hollande, anunció ayer que se halló la carcasa vacía.

No había drogas 

Síndrome subjetivo de sobrecarga. Lubitz «estaba siendo tratado por neurólogos y psiquiatras», informa Die Welt, que cita fuentes de la investigación que ratifican que en los registros no aparecieron drogas ni indicios que apunten a un abuso de narcóticos o alcohol. Padecía un «síndrome subjetivo de sobrecarga» (es decir, estaba quemado por el estrés del trabajo) y una severa depresión, lo que se desprende «de notas personales que guardó» y de las declaraciones de una exnovia (auxiliar de vuelo de 26 años ) al Bild en que relata cómo «se alteraba por las condiciones en que trabajaba: poco dinero, temor por el contrato, demasiada presión».

Terrores nocturnos 

«Sabía ocultar lo que le pasaba». Esta exnovia (que no es la que lo acababa de dejar) explica que a veces, repentinamente, «perdía los estribos en medio de una conversación» y le chillaba. «Yo tenía miedo. Él incluso llegó a encerrarse en el baño en alguna ocasión. Tenía pesadillas y se despertaba por la noches gritando que se iba a estrellar: ??¡nos caemos, nos caemos!?. Pero sabía ocultar muy bien a los demás lo que le pasaba». Todo por seguir pilotando aviones.

Problemas de visión

El proyecto de ser comandante. Según informó The New York Times, Lubitz tenía problemas de visión que podrían haber puesto en peligro su trabajo y para los que buscó tratamiento -quizá por ello visitaba el hospital clínico universitario de Düsseldorf-, aunque no se descarta que fueran de origen psicosomático. La exnovia dijo al Bild que quizá Lubitz «se dio cuenta de que sus problemas de salud echarían a perder su gran sueño de trabajar en Lufthansa como comandante y piloto de rutas transoceánicas». La azafata recuerda que le dijo una vez: «Un día haré algo que cambiará todo el sistema y entonces todos conocerán mi nombre y lo recordarán». Y que esto nunca tuvo sentido para ella hasta el martes cuando conoció la noticia del siniestro aéreo.

Veraneaba en Los Alpes

Una pasión desde niño. La pasión de Andreas por pilotar venía desde niño. Al parecer, su padre lo llevaba a los Alpes franceses de veraneo y allí se habría iniciado en la afición de los vuelos sin motor en el aeródromo de Sisteron. Inicialmente como un mero observador y después -no constan registros de esa época- quizá tomando clases de pilotaje. Por tanto, conocía muy bien el escenario de su tragedia final.

«Angustia increíble»

El padre, «hundido». Según el relato del alcalde de un pueblo vecino de los Alpes, Bernard Bartolini, el padre de Andreas, que visitó el monolito en honor a las víctimas, está «absolutamente hundido». Arrodillado junto a otros familiares de la tripulación, «todos deshechos», solo podía decirse -no hay palabras, insistió Bartolini- que «se siente responsable del drama y pesa sobre él una angustia increíble».

Test de ADN

Restos del cadáver del copiloto. Los investigadores creían haber identificado en las pruebas de ADN restos del cadáver del joven copiloto Andreas Lubitz, según adelantaba el rotativo germano Bild.

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