Flores para una tumba inmensa

Anne y Maurice Marchand, dos vecinos de Le Vernet que estuvieron hace tres semanas escalando en el lugar del accidente, honraron ayer con ramos a las víctimas

Periodistas toman imágenes de las flores y las fotos que se amontonan ante el monolito en homenaje a las víctimas, en Le Vernet.
Periodistas toman imágenes de las flores y las fotos que se amontonan ante el monolito en homenaje a las víctimas, en Le Vernet.

SEYNE-les-alpes enviados especiales

Anne y Maurice Marchand avanzan despacio por la explanada que conduce hasta el monolito en memoria a las víctimas del Airbus. Llevan dos ramos de flores. Cada uno el suyo. Son dos de los 150 habitantes de Le Vernet, la aldea más cercana a la ladera. «Hace tres semanas estuvimos allá arriba. Nos gusta la montaña. Recorrerla», dice Anne. Pero ahora no sabe cuándo podrá volver a subir hasta ese lugar convertido en cementerio. Ella y su esposo están consternados. Realmente afectados. «¡Dios!, pensar en toda la gente que iba en el avión, en los niños... », lamenta deshecha.

Lleva gafas de sol, pero una lágrima le resbala por debajo del cristal y corre por la mejilla. Es un sentimiento que se respira en todo el pueblo.

Esas montañas han robado muchas vidas. No es el primer accidente aéreo que ocurre en esa parte de Los Alpes, pero nunca hasta ahora había ocurrido algo como lo que pasó el martes. «¿El copiloto quería suicidarse? ¿Por qué no se tiró desde un tejado?», se preguntan después de haber dejado sus flores ante la placa de granito colocada el jueves.

Es su modo de hacer una ofrenda. De clamar «¡Coraje!, ¡Coraje!» para las familias de los que se han quedado en la montaña. No son los únicos que han dejado sus ramos en ese pequeño altar laico. Un pequeño puesto de flores ambulante instalado en Seyne no ha dejado de despachar crisantemos durante toda la mañana. «Son para las víctimas, para dejarles un recuerdo», comenta Francoise, que ha comprado dos manojos de color blanco.

Las ofrendas que llevan los vecinos se mezclan con las rosas rojas o blancas envueltas en celofán que han comprado las autoridades para que los familiares tengan algo que dejar.

Ocultas dentro de ese jardín inerte se esconden algunas fotos. En una se ve una escena cotidiana, una chica y un chico sonríen a la cámara en el salón de la que parece su casa. E incrustada en una vela otra pareja sonríe, igual que la joven que aparece en otra de las fotos de ese altar... Sus vidas, congeladas en cada instantánea, se cortaron, todas, el martes allá arriba. En la ladera helada de la montaña.

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