SEYNE-les-alpes enviados especiales

Son poco más de las tres de la tarde. Varios gendarmes motorizados abren paso a un autocar y un microbús que van seguidos por un par de coches oficiales. Avanzan desde Digne-les-Baines hacia Seyne-les-Alpes. La carretera es estrecha, escarpada. De alta montaña. Un rato después, a las cuatro y cuarto, en esa misma carretera una comitiva formada por siete autobuses protegidos también por gendarmes frenan la marcha para entrar en Le Vernet, una pequeña aldea de 150 habitantes.

En el primer grupo van las familias del piloto y el resto de miembros de la tripulación del Airbus de Germanwings. En el segundo, las de los pasajeros. Son en torno unas 250 personas, entre ellas unos 80 españoles. Los primeros se dirigen a Seyne para acudir a la ceremonia que han preparado para honrar a los que se quedaron sin futuro en la montaña. Los segundos a Le Vernet para lo mismo. Decidieron que esa fuera en esa pequeña localidad porque desde ahí se puede vislumbrar la gran montaña que les arrebató a sus seres queridos.

Mientras en Marignane, a unos 40 kilómetros de Marsella, hay una tercera ceremonia para los padres del copiloto Andreas Loubitz, el que provocó la tragedia, y sus allegados.

No llegan nunca a cruzarse. Ni la primera comitiva con la segunda. Ni estas dos con la familia del copiloto. Tampoco con las personas que no lograron la fuerza suficiente para llegar hasta la zona cero y prefirieron aguardar en Marsella. No es fácil enfrentarse a esa realidad.

Ese cuidado perfectamente milimetrado no es casual. Respetar la intimidad de las familias es una de las prioridades de las autoridades francesas. Lo hacen desde hace veinte años. Y ese protocolo es algo que se nota en cada paso de la organización del rescate, la realización de analíticas de ADN, la recogida de restos por toda la zona cero, en los actos laicos de honra a las víctimas... Todo está protegido con gran celo. Acordonado.

Sobre todo después de que se supiera que lo ocurrido al Airbus no fue un accidente. A ellos se les informó antes que a los medios. «El hecho de que la tragedia fuera intencionada no favorece nada a la hora de superarla», explica el responsable del equipo de Cruz Roja desplazado a Le Vernet desde Cataluña, Toni Sánchez. Todavía no ha tenido el primer contacto con las familias que se han desplazado desde Barcelona a la zona. Nueve miembros de su equipo son los encargados de acompañarlas durante el largo viaje. Algunos han llegado en bus desde Cataluña a Marsella. Otros han venido en avión. Y también hay, al parecer, una familia de Lorca que ha llegado hasta esta escarpada zona de Francia por su cuenta.

Sánchez ha llegado a Le Vernet antes. Para prepararlo todo. «Aquí ahora somos cinco personas. Nuestra labor es proporcionar a las familias toda la ayuda que puedan precisar. Aquí hemos montado una sala donde hay mantas, ropa, agua, comida... todo lo que precisen», describe también.

Aunque está previsto que tras la ceremonia en Le Vernet las familias regresen a Marsella no descarta que el despliegue de emergencia preparado en ese terreno -donde también hay personal de Cruz Roja de Francia y Alemania, además de otros muchos efectivos- pueda prolongarse todavía más en caso de que alguna de esas personas precise quedarse. «También hay un equipo médico preparado para atender cualquier eventualidad», añade. Porque como corroboran otros psicólogos desplazados a la zona «el hecho de que no sea un accidente y sea un hecho provocado cambia todo el modo de actuar frente al duelo».

El grupo de autobuses comienza a avanzar en dirección a la zona acordonada. Solo dos carecen de cristales tintados. El rostro de los familiares que se dejan ver a través de la ventanilla refleja desconcierto. Aunque en Digne-les-Bains, la cabecera de la prefectura, les han explicado cómo está transcurriendo el rescate, no saben lo que se van a encontrar. Desde el autobús observan las montañas. Las cumbres, todavía nevadas, se reflejan en el cristal.

Los autobuses aparcan y todavía tardan en bajar. No hay lágrimas. Avanzan despacio. Hay algunos que sostienen a los otros mientras caminan hasta el lugar en el que tendrá lugar la ceremonia laica. Poco a poco desaparecen del tiro de los objetivos. Tras el acto descubren una placa en honor a las víctimas. Los medios no pueden acceder.

Gran solidaridad

Los vecinos de la zona, aunque con experiencia en algún que otro accidente aéreo, no están preparados para una catástrofe como esta. Su solidaridad es tan grande como las laderas de la montaña. Ofrecen sus casas a las familias, su ayuda, su mano, su consuelo... Pero tras la ceremonia los familiares vuelven a subir al autobús y para iniciar el regreso a sus casas. Del mismo modo en el que llegaron, escoltados, se van. Y, a través de la ventanilla, se ve a una mujer con una rosa roja.

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El dolor de las familias de las víctimas se agravó al saber que no fue un accidente