Pepiño, un catalán afincado en A Coruña

Trabajó en Inditex y es padre de dos niñas y un niño de entre 3 y 7 años

Urbanizacion Montegolf, en A Zapateira
Urbanizacion Montegolf, en A Zapateira

a coruña / la voz

Los que conocían a Josep Sabaté Casellas (Sabadell, 9 de diciembre de 1976) están destrozados. Casado con la catalana Marta Carceller y padre de tres hijos de entre 3 y 7 años, más otro que viene en camino, estaba afincado junto a su familia en A Coruña desde hace casi cinco años, cuando fichó por Inditex. Entonces dejó de ser Pep para ser Pepiño para sus más allegados. Atrás dejó su Sabadell natal para continuar su carrera profesional en la multinacional gallega, aunque desde julio del año pasado trabajaba para la textil Esprit.

Sin embargo, debido el avanzado estado de gestación de Marta y a que no lo estaba pasando muy bien con el embarazo -de hecho tuvo que ser ingresada un período de tiempo en un hospital coruñés-, en las últimas semanas se desplazaron hasta Sabadell para buscar refugio y ayuda con los críos en la recta final del embarazo. «A Marta le recomendaron reposo, de ahí la decisión de irse para Cataluña», explica una persona cercana a la familia. Fue en casa, rodeada de todos los suyos, donde le sobrevino la tragedia a media mañana de ayer. Poco antes, María Elena, la asistenta coruñesa del matrimonio, estuvo hablando por teléfono con Marta «como hacía habitualmente» sobre todo para interesarse por su salud, ya que en ese momento todavía desconocía que «el avión en el que viajaba su marido se había estrellado», cuenta la misma fuente.

El matrimonio y sus tres hijos, alumnos de Infantil y Primaria del colegio Montespiño de A Coruña, se mudaron a principios de verano a la urbanización Montegolf con la intención de mejorar el traslado de los niños al centro. Antes habían estado viviendo dos años en un chalé en O Monte, en Sergude, en el término municipal de Carral, después de ocupar un céntrico piso en A Coruña que se le quedó pequeño con tanta descendencia. Ayer, en la casa de A Zapateira solo permanecía el perro al cuidado de la asistenta, que acude diariamente a darle de comer. Hasta ayer todo apuntaba a que Marta y los niños regresarían a A Coruña «cuando diese a luz y estuviese recuperada». Ahora la recuperación será mucho más difícil sin Pep, que era como lo conocían en su tierra.

Gran profesional

Aún no había finalizado sus estudios cuando empezó a colaborar como técnico comercial de colorantes y auxiliares textiles en la Comercial Química Massó, en Barcelona. Poco después entró a formar parte de esta empresa catalana, donde entabló muchas relaciones, muchas que trascendieron lo puramente profesional. Amigos que ayer todavía no se podían creer lo sucedido.

Estuvo en esta empresa entre mayo del 2003 y mayo del 2006, un tiempo en el que se ocupó principalmente del desarrollo de la compañía en Polonia. Su padre también tiene relación profesional con esta compañía con la que colabora de forma habitual, mientras que la madre es la propietaria de una floristería en Sabadell. Y allí es donde reside su familia. Tiene una hermana economista que trabajó para Deutsche Bank aunque posteriormente se cambió a otra entidad bancaria. Allí viajaba siempre que el trabajo se lo permitía. Donde conoció a su mujer, Marta, que es psicóloga de profesión, y donde se casó.

Pep era un hombre muy formado. Tenía dos carreras y hablaba cuatro idiomas. «Estaba súper preparado, se labró un futuro fantástico», comentaba ayer el que fuera su jefe en Química Massó, Antonio Valverde. Este empresario catalán mantenía una relación muy cercana con Pep. Fue uno de los invitados de su boda, y en una de sus visitas a Galicia quedó con Pep, que para entonces ya trabajaba en Inditex como Responsable de Salud y Seguridad de producto en Zara, y le enseñó las instalaciones de la sede de Sabón. «Me llevó por todos los rincones del edificio. Hasta me dijo aquí se sienta Amancio Ortega». Antonio destaca la buena relación que mantenía Pepiño con sus compañeros de Massó. «Era una persona abierta, pero sobre todo, servicial, dispuesto a ayudar a todo el mundo. Era muy buen profesional, incluso entablaba amistad con los clientes que hacía. Era muy buena persona», dice Antonio.

Además, Pep era un gran deportista. Aunque las cargas familiares impedían que estuviese todo lo en forma que le gustaría, le encantaba el fútbol. Llegó a jugar con el equipo de la empresa. La última vez que Antonio habló con él fue antes de Navidad. Quedaron en verse después de las fiestas. De hecho, Pep le había ofrecido los laboratorios de la empresa en la que trabaja para hacer unas pruebas de unos productos químicos.

Sus más cercanos no tienen palabras. Les cuesta creer lo que ha pasado. Se preguntan por qué.

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