Historia de un fracaso clamoroso

Dos rescates, una quita de por medio, y montañas de sacrificios después, Grecia sigue en el pozo. La solución pasa por una reestructuración pactada de su deuda


redacción / la voz

Poco imaginaba el primer ministro griego Yorgos Papandreu la que se iba a organizar cuando en el otoño del 2009, recién instalado en el poder, decidió desenmascarar a sus antecesores y revelar al mundo el descomunal engaño que encerraban las finanzas helenas. Un gigantesco déficit público del que nada sabían en Bruselas, oculto tras una densa capa de maquillaje que los Gobiernos helenos aplicaron sin descanso durante años, casi diez. Con la inestimable ayuda de un grande de Wall Street: Goldman Sachs.

Ni en sus peores sueños habría imaginado Papandreu que el mundo se le caería encima y que aquello le acabaría costando el puesto dos años más tarde.

Apenas unos meses después de que tirase de la manta, en mayo del 2010, llegaría el primer rescate: 110.00 millones de euros. Para entonces, por obra y gracia de Alemania, que se había negado durante todo ese tiempo a tender la mano a los griegos, el incendio de la crisis de deuda ya había prendido en la periferia europea. Y acabaría adquiriendo dimensiones terroríficas. Pero esa es otra historia.

Aquello abrió las puertas del país -de par en par- a la troika, ese monstruo de tres cabezas -FMI, Comisión Europea y BCE- que habita desde hace años en las pesadillas de los griegos. Y llegaron los sufrimientos: bajadas de sueldos, subidas de impuestos, sablazos a las pensiones, tijeretazos a las prestaciones, despidos de funcionarios a diestro y siniestro, hachazos en el gasto público... Recortes y más recortes que devoraron el bienestar de los griegos.

No acabaron ahí. El primer rescate no fue suficiente. Grecia siguió cayendo en barrena. Y llegó el segundo. Se puso sobre la mesa en julio del 2011, pero no cristalizó hasta la primavera del año siguiente. Esta vez fueron 130.000 millones. Aderezados con una quita del 53 % en la deuda. Y los hogares helenos perdieron la cuenta de los sacrificios que se les exigieron.

Otro paseo por el abismo

En medio de los dos rescates, un paseo -otro más- por el abismo. Otro error de cálculo de Papandreu que a punto estuvo de costarle a Grecia la salida del euro y quién sabe qué al club de la moneda única. Quiso el primer ministro someter a referendo los términos del segundo salvavidas y se topó de bruces con la oposición del eje francoalemán, pilotado entonces por Merkel y Sarkozy. Si lo haces, y el pueblo griego dice no, estáis fuera del euro, le vinieron a decir en una cumbre en Cannes.

Era la noche de difuntos del 2011 y la que se certificó fue la muerte política de Papandreu (ahora resucitado y con la misma propuesta bajo el brazo).

Y todo, para casi nada. Casi, porque algo se ha avanzado. Como muestra, dos botones: Grecia volvió a crecer el año pasado tras seis años en el pozo de la recesión, y ha logrado sumar dos superávits primarios consecutivos (lo que quiere decir que si no tuviera que pagar los intereses de la deuda, tendría las cuentas en orden). Y nada, porque Grecia sigue siendo una soga al cuello del euro. Bajo la batuta de la troika, se ha dejado en el camino un cuarto de su PIB (una cifra solo vista en países en guerra) tiene más deuda que cuando se aplicó la quita (equivale al 175 % del PIB), más paro (25,8 %) y sus gentes son mucho más pobres (más de un tercio de los hogares, que han perdido 170.000 millones en la crisis, ingresaron el año pasado menos de 10.000 euros). Claro que la nefasta gestión de los Gobiernos helenos previa a la entrada del país en el euro tiene mucho que ver en ello. Pero también el hecho de que Alemania decidiese en su momento dar un escarmiento a Grecia que ni ella ni nadie olvidarían jamás.

«Los vamos a crujir»

Cuenta el ex secretario del Tesoro estadounidense Timothy Geithner en sus memorias que de la boca de alguna alta autoridad europea escuchó alguna vez: «Los griegos nos han engañado [...] hay que darles una lección. Los vamos a crujir». Y vaya si lo hicieron.

Pero metieron la pata hasta el fondo con el castigo escogido para meterlos en cintura. Cualquiera puede ver ahora -y desde hace tiempo- que el rescate griego ha sido un fracaso. Clamoroso. Hoy los griegos tienen cita con las urnas. Y venza, quien venza, se sentará a renegociar la ayuda europea. No habrá quitas unilaterales, pero sí una reestructuración pactada de la monumental deuda helena. Lo dicta el sentido común. Si hay una evidencia sobre la mesa es precisamente esa, que Grecia no puede pagar lo que debe.

Será difícil que Europa -sobre todo Alemania- lo admita de primeras. Pero, tarde o temprano, tendrá que hacerlo. Lo más fácil sería alargar los plazos en los que tiene que devolver el dinero y recortar los intereses que paga por él. Tampoco es como para llevarse las manos a la cabeza.

Mientras, Bruselas ganará tiempo prorrogando, de nuevo, el segundo rescate (ya lo hizo una vez, en diciembre, en dos meses, hasta el 28 de febrero). Eso y un tercer salvavidas. Un rescate blando con condiciones menos draconianas que los anteriores. Una línea de crédito a la que agarrarse mientras el país consigue financiarse en los mercados por sus propios medios.

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