Al primer ministro le sale mal su jugada


Cuando en mayo la coalición de izquierda anti-austeridad Syriza ganó las elecciones europeas en Grecia, Bruselas y Berlín se quedaron mirando al primer ministro conservador, Antonis Samaras, como pidiéndole que hiciese algo para frenar el ascenso de una fuerza política que hablaba abiertamente de renegociar la deuda del país. A Samaras se le ocurrió un plan que se sustentaba en dos patas: una económica y otra política. La parte económica era complicada pero no imposible. En Grecia no es fácil vender la política de la troika a una población castigada por la crisis y la austeridad. El paro afecta a un cuarto de la fuerza de trabajo y la pobreza se ha multiplicado. El Gobierno, sin embargo, dispone de algunos números macroeconómicos favorables: el país, técnicamente, ha salido de la larguísima recesión, en gran parte gracias a una temporada turística extraordinaria, y el FMI le augura un crecimiento del 2,9 para el próximo año. Son datos que no se perciben en la calle, así que esta parte del plan de Samaras consistía en visualizarlos escenificando el fin del programa de rescate antes del plazo fijado. En septiembre viajó a Alemania para suplicarle a Angela Merkel que le librase de esa carga, pero no logró nada, así que este mismo mes intentó algo mucho más arriesgado: salir a los mercados de capital sin la protección del crédito de la UE a ver si podía financiarse por su cuenta. Peor todavía: la prima de riesgo se puso inmediatamente por las nubes. No solo no se ha podido visualizar la mejora de la economía griega sino que se ha revelado hasta qué punto se ha vuelto adicta a los préstamos europeos y no puede valerse sin la respiración asistida. De hecho, Samaras no ha tenido más remedio que pedir otros dos meses de extensión del rescate a cambio de más reformas, concretamente recortes en las pensiones y subidas de impuestos.

El problema de Samaras es que ahora ya no puede cancelar la otra parte de su plan, la política. Esta consistía en adelantar la elección del presidente de la República para convertirla en un voto de confianza que le permitiese acallar las voces de quienes, desde Syriza, reclaman elecciones anticipadas. Incluso saliéndole bien la parte económica de su plan, Samaras lo habría tenido difícil para reunir en el Parlamento la mayoría necesaria para confirmar a su candidato a la presidencia, Stavros Dimas. Con los hombres de negro de nuevo camino de Atenas, en la votación de mañana Samaras va a necesitar un milagro.

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