Retrato íntimo de Fidel Castro: la vida de lujos de un gran manipulador

Su antiguo escolta asegura que Castro ha vivido como un millonario


La Voz

Estuvo 17 años, de 1977 a 1994, al lado de Fidel Castro. Juan Reinaldo Sánchez era su guardaespaldas favorito. Su sombra. Gozaba de su plena confianza. El encargado de llevar la «libreta», un cuaderno en el que anotaba día a día, hora a hora, todo lo que hacía el líder cubano, lo que comía, con quién se veía, un extracto de sus conversaciones. Organizaba la seguridad en sus viajes al extranjero. Le protegía incluso cuando practicaba una de sus actividades preferidas, la pesca submarina, ahuyentando a tiburones, morenas y barracudas.

Sánchez le consideraba un dios por el que estaba dispuesto a dar su vida. Pero cuenta que el mito se derrumbó cuando descubrió, a finales de 1988, que Castro «estaba metido en el tráfico de cocaína hasta el punto de dirigir operaciones ilegales a la manera de un verdadero padrino». Más que un medio de enriquecerse era «un arma de lucha revolucionaria», pues la droga desestabilizaba a la sociedad estadounidense y servía para financiar la subversión. Poco después el general Arnaldo Ochoa, considerado un héroe nacional, era fusilado como máximo responsable del narcotráfico. Según Sánchez, fue Castro quien decidió su ejecución, tras un juicio que teledirigió, para cubrirse las espaldas y eliminar a alguien que sabía demasiado.

En 1994 quiso jubilarse, dejar de servir al Comandante, pero fue acusado de traición y pasó dos años de cárcel. Entonces se juró que contaría quién era el verdadero Castro. El resultado es La vida oculta de Fidel Castro (Península), en el que dibuja un perfil demoledor del dictador cubano, ya en su ocaso, con 88 años. Un hombre egocéntrico, manipulador, inflexible, calculador, cínico, obsesionado por grabar todas las conversaciones, incluidos los encuentros sexuales de personalidades extranjeras que visitaban Cuba. «Es muy persistente, cuando quiere algo lo logra de la forma que sea, no da su brazo a torcer, no reconoce sus errores, es extraordinariamente manipulador, reiterativo y obsesivo», señala Sánchez a Extra. «Tiene un gran poder de convencimiento y seducción, es extremadamente inteligente y no tiene escrúpulos cuando está en juego su persona o la revolución», añade.

Una isla paradisíaca para él

Aunque Castro siempre quiso dar una imagen de austero y sacrificado revolucionario, presumía de ganar 900 pesos al mes -unos 25 euros-, de poseer tan solo una modesta cabaña de pescadores y de que nunca tomaba vacaciones, su vida estaba rodeada de lujos, mientras la inmensa mayoría de sus compatriotas padecían penurias sin fin. Según cuenta Sánchez, el expresidente posee una isla paradisíaca con fabulosos fondos marinos, Cayo Piedra, para su uso y disfrute, desconocida para los cubanos, con piscina de agua dulce, delfinario, helipuerto, restaurante flotante, rampa de lanzamiento de misiles, refugio antiaéreo, guarnición permanente y hasta un criadero de tortugas, cuya carne le gusta mucho. Uno de sus pocos visitantes asiduos era García Márquez. Además, tiene más de 20 mansiones diseminadas por toda Cuba, cuatro yates de paseo, dos barcos de pesca y otras embarcaciones. Sánchez explica que «para él la riqueza constituye ante todo un instrumento de poder, de supervivencia política, de protección personal».

«Hay una gran contradicción entre su discurso público y su actuación», sostiene. «Pedía sacrificios a los cubanos, mientras llevaba una dolce vita de gran capitalista sin limitaciones de ninguna clase, con todos los placeres a su alcance, desde el jamón de pata negra al whisky de 20 años», añade. Revela la existencia de la «reserva del Comandante», en la que acumula dinero y recursos extraídos de la actividad económica nacional, por la que no rinde cuentas a nadie. «Le ha permitido vivir como un rey sin preocuparse de los gastos», pero también mostrarse magnánimo para ordenar construir dispensarios, escuelas o carreteras, como si fuera un hacedor de milagros. En el 2006 le revista Forbes le colocó entre las diez mayores fortunas del mundo. Sánchez dice que nadie puede evaluar a cuánto asciende, pero sin duda es de varios miles de millones de dólares. Aunque, como señala, su propiedad más valiosa es la propia Cuba, que ha gobernado como «monarca absoluto» y donde ha sido durante décadas «la única persona que puede disponer de todo, apropiárselo, venderlo o darlo».

Como esposo y padre también ha dejado mucho que desear. «En 17 años nunca le vi dar un beso o tener un gesto de ternura con sus hijos, y cuando estos querían hablar con él tenían que pedir permiso a su madre», cuenta. Tras la enfermedad que le obligó a dejar el poder a su hermano Raúl, en el 2006, se acercó más a sus hijos, cuando ya le era difícil valerse por sí mismo.

Sánchez también relata detalles de su vida amorosa y familiar. Casado por primera vez con Mirta Díaz-Balart, de la que se divorció, y en segundas nupcias con la enseñante Dalia Soto del Valle, ha tenido varias amantes, la bellísima habanera Naty Revuelta, Celia Sánchez, su secretaria particular y confidente durante 30 años, Juanita Vera, su intérprete oficial, o la azafata Gladys y otras aventuras más pasajeras.

Tiene al menos nueve hijos de cinco relaciones diferentes, el más conocido Fidelito, de su primera esposa. Cinco de ellos con Dalia, con la que comparte su vida desde 1961, aunque los cubanos no conocieron de su existencia hasta que su marido fue hospitalizado en el 2006. En su libro destapa la identidad del hijo que tuvo con Juanita, de nombre Abel. También que Fidelito en realidad no es su primogénito, como se cree, sino Jorge Ángel, que nació unos meses antes de otra relación extramatrimonial. «No es un gran mujeriego, pero podía tener dos o tres mujeres al mismo tiempo», asegura Sánchez.

También cuenta aspectos del día a día que vio. En Punto Cero, la inmensa propiedad en La Habana donde reside, los Castro comían a la carta servidos por un mayordomo con librea. Cada miembro de la familia bebía leche de una vaca distinta, según sus gustos. Tenía una fábrica propia para helados, yogures y quesos. Dos de sus guardaespaldas eran elegidos por tener su mismo grupo sanguíneo, el A negativo, uno de los más raros. Desvela que Castro sufrió dos crisis de salud muy graves, una en 1983, a causa de una úlcera cancerosa en el intestino, que se reprodujo con más virulencia en 1992 y le llevó al borde de la muerte. Para que los cubanos no lo supieran, el régimen utilizó un doble, Silvino Álvarez, que disfrazado con una barba postiza, recorría La Habana en el asiento trasero de la limusina presidencial, saludando desde lejos al estilo de Fidel.

Fidel bebía bastante, sobre todo whisky Chivas Regal, pero ni de lejos como Raúl, que ha sufrido episodios agudos de alcoholismo. Para este, Fidel es un padre sustituto, pues el verdadero, el gallego Ángel, era «distante y brutal». Son uña y carne desde niños. El único de sus seis hermanos con el que se ha llevado bien. Raúl lo idolatra. Fidel tiene todos los talentos de los que él carece: carisma, visión política, facilidad de palabra. Pero es duro, metódico y organizado. La única persona en la que Fidel confía cien por cien. Incluso tras sucederle, Raúl le sigue consultando todos los asuntos importantes.

Da cuenta de la existencia del campo de Guanabo, donde se entrenaban guerrilleros y terroristas de todo el mundo, principalmente latinoamericanos, pero también de ETA. Asegura que Castro acogía a los etarras «con los brazos abiertos». «Enseñaban a los instructores cubanos algunas técnicas, como las bombas artesanales explotadas con mandos a distancia, que luego estos transmitían a los demás», afirma.

Encuentros sexuales con la mayor discreción

Cuando Juan Reinaldo Sánchez estaba haciendo el servicio militar le seleccionaron para trabajar para la seguridad personal de Castro. Primero se integró en el tercer anillo y trabajó, desde 1968, en la casa de Celia Sánchez, amante del líder, «a la que iba todos los días». De ahí saltó a la Unidad 160, donde se gestiona toda la logística, que alberga un museo de regalos, una sala de cine privada y la llamada «casa de Carbonell», donde Castro mantenía sus «encuentros extraconyugales con la mayor discreción».

Poco después pasó al segundo anillo y, tras un período de estudio en la escuela de especialistas en seguridad personal, entró en el primero, un grupo de entre 20 y 30 soldados de élite que tenían a su cargo la protección de Fidel las 24 horas del día. Cinturón negro de yudo, kárate y close-combat y uno de los mejores tiradores de Cuba, Sánchez iniciaba entonces un período de 17 años como guardaespaldas de Fidel.

Pero en 1988 todo cambió. Fue al escuchar cómo Castro autorizaba al ministro del Interior, José Abrantes, la entrada de un narcotraficante en Cuba. «El hombre por el que no solo estaba dispuesto a dar la vida, sino que deseaba hacerlo, se me derrumbó», asegura Reinaldo. Luego llegó el fusilamiento del general Ochoa. Sánchez quería dejar su trabajo, pero debía esperar a tener el tiempo de servicio requerido para jubilarse. En 1991 fue ascendido a teniente coronel. En 1994 su hija se fue al extranjero y su hermano huyó de la isla en una balsa. Ya no podía seguir apareciendo en público al lado de Fidel, porque eso perjudicaba su imagen.

Entonces le dieron a elegir otro destino dentro del sistema, pero Sánchez pidió la jubilación. Lo detuvieron y fue condenado a dos años de prisión por insubordinación. Sufrió torturas y quisieron eliminarlo. Desde que salió de la cárcel, en 1996, fue sometido a vigilancia. Desempeñó diferentes trabajos y siempre eludió criticar a Fidel. Tras diez intentos infructuosos, logró por fin huir de la isla en una lancha, en el 2008, y desde entonces reside en Miami. Tiene 65 años.

Escrito en colaboración con el periodista francés Axel Gyldén, el libro de Juan Reinaldo Sánchez es también un ajuste de cuentas.

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