El complicado negocio de los secuestros

Las desapariciones forzosas por dinero y las decapitaciones fueron prácticas habituales de la oposición a Al Asad, pero los medios occidentales prefirieron no empañar la imagen heroica de los que luchaban contra el régimen


Es fácil olvidar que los secuestros en Siria no comenzaron con el Estado Islámico sino mucho antes en realidad, tan solo unos meses después de que se iniciase la revuelta contra el régimen de Bachar al Asad. Hace dos años eran ya algo habitual.

Las desapariciones forzosas se daban en ambos bandos, pero el secuestro por dinero se convirtió pronto en una práctica casi exclusiva de la oposición. Los medios occidentales preferían ignorarlo, sin embargo, para no empañar la imagen heroica que se quería dar de los que luchaban contra el régimen. Había ya decapitaciones filmadas, pero nadie hablaba de ellas porque las víctimas eran soldados sirios o miembros de las minorías religiosas. Los videos siguen en internet, nadie se ha molestado en bloquearlos. Incluso cuando los coches bomba estallaban en las calles de Damasco matando policías y civiles, la prensa, unánime, acusaba al régimen de bombardearse a sí mismo para desprestigiar a los revolucionarios. No hace mucho que a los voluntarios que iban a combatir a Siria, y que ahora se detiene como terroristas, se les entrevistaba con simpatía como luchadores por la libertad. ¿Alguien se acuerda?

Sería importante acordarse, porque los crímenes del Estado Islámico no pueden entenderse sin ese precedente ni separarse de ese contexto, por mucho que prefiramos tratarlos como una aberración que ha surgido repentinamente. Ni siquiera ahora es el Estado Islámico el principal actor en el negocio de los secuestros, sino que son el Ejército Sirio Libre, sobre todo, y otros grupos de la oposición, los que llevan a cabo el grueso de las abducciones. A menudo, les venden estos rehenes al Estado Islámico. De hecho, varios de los prisioneros occidentales que han sido decapitados (con toda seguridad es el caso de Steven Sotloff y James Foley, y posiblemente el de David Haines) proceden de este mercadeo entre el Estado Islámico y los llamados grupos moderados, a los que, a pesar de todo, se sigue armando con la esperanza de que se enfrenten al Estado Islámico y a Damasco al mismo tiempo.

Es una de tantas contradicciones de una intervención internacional que parece demasiado improvisada, sin un objetivo claro. No está teniendo tampoco grandes resultados de momento y, si hemos de confiar en la experiencia, eso significa que pronto empezará una huída hacia adelante, aplicando todavía más violencia e implicándonos más en un conflicto que, como demuestra el asunto de los secuestros, es demasiado complejo para ir a él armados solo con un par de eslóganes. Sobre todo cuando esos dos eslóganes ?«hay que destruir al Estado Islámico» y «Asad tiene que irse»- parece que requerirían estrategias opuestas.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
6 votos

El complicado negocio de los secuestros