edimburgo / enviada especial

Escocia se queda en el Reino Unido pero ya nada será igual. Venció el no de forma contundente, con más de diez puntos de ventaja y un histórico 84,6 % de participación. Lo bendicen los mercados y la Unión Europea. La paradoja es que el triunfo de la continuidad ha pisado el acelerador del cambio político. La costura escocesa se ha tensado tanto que el Reino Unido tendrá que reinventarse y se enfrentara a un proceso de descentralización. Westminster negociará con Holyrood el traspaso de poderes prometido si ganaba el Better Together. Y en su primera intervención tras el referendo, el primer ministro británico, David Cameron, ha reconocido que Londres también deberá replantearse su relación con Irlanda del Norte, con Gales y con Inglaterra. Los ingleses son los únicos que no tienen Parlamento autonómico y Cameron cree que ya es hora de que también «voten sus propias leyes». Sus rivales en la batalla también abren una nueva etapa. Alex Salmond, primer ministro de Escocia y líder de «Yes Scotland», por la mañana reconoció los resultados y por la tarde anunció que renunciará a su cargo en noviembre, en el congreso en el que saldrá un nuevo número uno del Partido Nacionalista Escocés.

El sí se impuso en solo cuatro de las 32 demarcaciones electorales. Venció en la mayor, la de Glasgow, con el 53,5 % de los votos y curiosamente, la mayor abstención (el 25 %), y en su cinturón, North Lanarkshire y West Dunbartonshire. Y logró su mejor resultado en Dundee (57,3 %). Precisamente Dundee y West Dunbartonshire arrastran los mayores índices de desempleo de Escocia. Por otra parte, en Glasgow y en Dundee el porcentaje de jóvenes es mayor, lo que confirma la tendencia apuntada durante la campaña: el sí ha calado entre los votantes de menor edad.

Todo lo demás fue para los unionistas, con diferencias notables en Edimburgo (61,1 % de apoyos) y en Aberdeen (58,6 %), la capital petrolera del país. El no arrasó en el sur, en las poblaciones fronterizas con Inglaterra.

Los resultados fueron desgranándose en una noche interminable. Hasta las seis y ocho minutos de la mañana, hora británica, no se confirmó el triunfo del no. Las lágrimas llegaban a los independentistas concentrados ante el Parlamento, donde tocaron gaiteiros durante toda la madrugada. También hubo sollozos en los pubs que habían permanecido abiertos toda la noche. Como sucedió durante la campaña, los unionistas fueron más discretos también en el triunfo: se alegraron sin exhibiciones. La ciudad amanecía resacosa, pero obcecada en la normalidad en su primer día sin parafernalia electoral. «Parece el día después de Navidad», comentaba la señora Carter, una sonriente jubilada. Sobre todo para ella, que lucía una pequeña pegatina del no. En las cafeterías se compartían penas y chascarrillos. Un taxista tarareaba el Rule Britania mientras esperaba clientes.

Unionistas e independentistas volvían a debatir, pero sobre las consecuencias de los resultados. Coincidían en que ha llegado la hora de un cambio. Lo hacía incluso sir Alex Ferguson, el exentrenador del Manchester United, que hizo campaña por el no, pidiendo más autogobierno para Escocia.

Los partidos nacionalistas integrados en la Alianza Libre Europea, entre los que figura el BNG, ofrecían una rueda de prensa matinal para reconocer los resultados y aplaudir de nuevo el hecho de que se celebrara el referendo.

Los nacionalistas escoceses antes de la votación ya se habían comprometido a aparcar el debate soberanista al menos durante una generación si ganaba el no, una idea que recordó ayer también David Cameron. «Es una vez en la vida», apuntó en su comparecencia.

Todo sucedía mientras Edimburgo volvía a ponerse en funcionamiento como cualquier otro día. Las prisas de los ejecutivos, la música de los tacones de las invitadas a una boda caminando por Royal Mile, y la solemnidad de un coche fúnebre cruzando Leith.

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Escocia empuja al Reino Unido al cambio