Gammy, entre la ciencia, el amor y el vacío legal

El rechazo de una pareja a su hijo con Down parido por un «vientre de alquiler» pone de relieve el valor de la maternidad, que muchas parejas desean sin pensar suficientemente el precio que tienen que pagar


La ciencia lo ha cambiado todo, y las leyes del libre mercado son la guinda del pastel. La historia de Gammy, el bebé de siete meses con síndrome de Down abandonado por sus padres australianos en Tailandia y dejado a cargo de su madre de alquiler, es tan terrible como puede llegar a ser el binomio ciencia-desamor adobado con una legislación insuficiente, un punto de miseria y bastante descontrol gubernamental. Es la otra cara de la moneda del matrimonio carballés que no dudó en comprar en Colombia al hijo de otra pareja para poder hacer realidad el sueño de ser padres, sin pasar por los trámites -duros, engorrosos y selectivos- de un proceso legal.

La maternidad subrogada es un invento relativamente nuevo, nacido del avance de las técnicas de fertilización in vitro. Consiste en que una mujer -que sea madre de al menos un hijo propio- geste el embrión de una pareja, y entregue al niño a sus padres una vez dé a luz. Ella, esta madre siglo XXI, es un «vientre de alquiler» porque no pone material genético; es decir, el óvulo y el espermatozoide que se convierten en el bebé son aportados por otros. Muchas veces son los padres que después educarán al niño quienes dan sus gametos -el caso típico es una mujer que ha tenido cáncer y ha perdido su útero, pero o bien mantiene los ovarios o se extrajo antes del tratamiento óvulos suficientes para ser madre en el futuro-, pero en otras ocasiones la familia final solo aporta medio ADN. Es el caso de los homosexuales -que necesitan donaciones de semen o de óvulos, según sea su género- o de parejas en las que la edad (o enfermedad) de la mujer impide poder aprovechar sus óvulos.

Hay muy pocos países en el mundo que regulan esta práctica, siendo California (Estados Unidos) la versión más sofisticada de la misma y la India -y países del sudeste asiático- la opción low cost. En la todopoderosa California las cosas están muy controladas, pero también son caras, hasta 120.000 euros puede costar un nacimiento con todas las garantías; en la India, en cambio, la cosa baja hasta los 30.000. La tailandesa Pattaramon Chambua, la madre subcontratada de Gammy, dice que cobró 11.000 euros, pero claro, en este rosario en pro de la maternidad hay muchas estaciones en las que dejar el dinero.

la gestante no decide nada

El caso de Gammy es un ejemplo de cómo puede salir todo mal, empezando por el padre, D.J.F., australiano de 56 años que jamás debería haber sido padre, ya que pesan sobre él 22 condenas por abusos sexuales a menores. Además, la maternidad subrogada en Tailandia está en un limbo legal, porque en California, por ejemplo, Pattaramon Chambua habría tenido que abortar a Gammy. Según trascendió, durante el embarazo vieron que el niño tenía Down, por lo que la mediadora de la operación y los padres contratantes le exigieron abortar. Pero ella es budista y no quiso hacerlo. Si Pattaramon hubiese vivido en Los Ángeles habría tenido que aceptar el aborto, porque en su contrato se especificaría que ella no podía tomar ninguna decisión con respecto a los fetos que gestase. El descontrol se confirmó con la salida del país de D.J.F. y su mujer con su hija sana dejando al mellizo abandonado a su suerte. Y, finalmente, Chambua ha comenzado a recibir ayuda por una campaña en Internet y dispone de unos 170.000 euros, que en Tailandia temen que hayan sido clave para el amor que muestra por el bebé.

Y es que no hay duda de que la pobreza es el telón de fondo de esta triste historia, y Tailandia, que quiere estar en el grupo de cabeza, ha anunciado la investigación de una práctica alegal en el país; este esfuerzo ha sacado a la luz, por ejemplo, el caso de un japonés que tenía diez hijos de madres de alquiler. Los nueve bebés y sus gestantes vivían en un piso -la décima, embarazada, también- y los había de hasta dos años, una suerte de harén maternal casi inexplicable.

El instinto de reproducción-supervivencia va impreso en los genes y tal vez sea esa necesidad antropológica la que justifica la decisión de los carballeses José Mato y María José Tasende que, tras un intento fallido de ser padres por maternidad subrogada en Colombia, decidieron comprar el bebé de la que había sido su vientre de alquiler cuando se quedó embarazada, de forma natural. Pagaron dinero por un niño y quisieron sacarlo ilegalmente del país, pero Mato fue detenido en el aeropuerto. Este caso, siendo muy diferente al de Gammy, tiene ciertos paralelismos, como la desesperación por ser padres, la miseria de una mujer que quiere ganar dinero, una restrictiva legislación en sus países de origen y cierta permisividad en el Estado de salida del bebé, aunque Colombia demostró estar a años luz de Tailandia.

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