El mundo de hoy cumple cien años

El atentado de hace un siglo en Sarajevo proporcionó el pretexto para desencadenar la Primera Guerra Mundial


Redacción / La Voz

Fue la línea divisoria entre el mundo de ayer que describió Stefan Zweig y el que todavía habitamos un siglo después, el inicio de la guerra civil europea que duró hasta 1945 y que desbarató el dominio sobre el planeta del que había disfrutado el Viejo Continente desde la era de los descubrimientos, a finales del siglo XV. La Gran Guerra, como se la conoció hasta que la entrada de EE.UU. en 1917 la convirtió en Guerra Mundial, costó la vida a 10 de los 65 millones de combatientes movilizados por los 70 países beligerantes, acabó con la de otros 10 millones de civiles y dejó 21 millones de heridos, 4 de ellos inválidos totales, y 6 millones de huérfanos.

Fueron 52 meses de matanzas que, según el historiador Arno Mayer, dieron la puntilla al viejo orden de la aristocracia. La contienda derribó cuatro imperios (austrohúngaro, alemán, zarista y otomano), precipitó el declive del británico y redujo la hegemonía de la monarquía al extinguir los reinados de los Habsburgo, los Hohenzollern, los Romanov y del sultanato osmanlí. Para Julián Casanova, inaugura el «embrutecimiento» del siglo XX pues suprimió la frontera entre población civil y militar, difuminó la que había entre enemigo interior y exterior y produjo los primeros exterminios masivos por razones étnicas, como el cometido por Turquía en Armenia.

Iba a ser la guerra para acabar con todas las guerras, pero en realidad fue el comienzo de una forma de combatir más letal, en la que el heroísmo caballeresco del siglo XIX se desvaneció bajo las «tempestades de acero» urdidas por la tecnología y la industria bélica. Surgen armas nuevas como las químicas, los submarinos, los tanques, la aviación o la artillería de largo alcance, y con ellas, modalidades inéditas de sufrimiento como la lucha en las trincheras, los bombardeos aéreos o la política de tierra quemada en los frentes, que se tradujo en deportaciones de cientos de miles de personas y en confiscaciones masivas de propiedades y cosechas.

En opinión de Borja de Riquer, equivalió a un «suicidio económico» puesto que aplastó a los vencedores bajo una deuda de 250.000 millones de dólares de la época, 50 veces más de lo calculado al principio. La Urkatastrophe, como la llamaron los alemanes, la madre de todas las catástrofes, fulminó la primera globalización y abrió las puertas al siglo americano con el ascenso de EE.UU. a la condición de potencia dominante. Al tiempo, puso patas arriba el mapa de Europa con el triunfo de la revolución bolchevique, la creación de una decena de países, entre los que sobresalen Polonia y Yugoslavia, y la irrupción de los extremos que conduciría a los totalitarismos nazi, fascista y comunista.

Su onda expansiva aún retumba hoy. Las tragedias de Irak, Siria y Ucrania, el interminable conflicto palestino-israelí, la pesadilla de los Balcanes, el genocidio de Ruanda o la destrucción del Líbano, provienen de decisiones tomadas por los vencedores de acuerdo con una lógica colonial que se despreocupó de si eran correctas o justas.

«La boca de los cañones»

Suele situarse el origen de tantas calamidades en el atentado que perpetró en Sarajevo un día como hoy de hace cien años el joven nacionalista serbiobosnio Gavrilo Princip y que costó la vida al heredero de la corona austrohúngara, Francisco Fernando, y a su esposa Sofía. En parte es cierto. El archiduque era el principal escollo de los militaristas en la corte de Viena y su asesinato dejó vía libre a los delirios del partido belicista, desatando los apetitos de las fuerzas beligerantes. Pero también hay algo de simplificación retrospectiva. Esas fuerzas ya existían con anterioridad, tenían una escala que sobrepasaba al imperio de los Habsburgo y habían azuzado crisis más graves sin mayores consecuencias. Hoy se tiende a pensar que el magnicidio no llevaba inscrita la guerra en su código de forma inevitable, sino que fue el pretexto del que se colgó la decisión de entablarla.

Los que lo vivieron en tiempo real tampoco imaginaron el cataclismo que se avecinaba. Como prueban las páginas de La Voz, la conmoción que causó el atentado fue tremenda, pero se desvaneció a los pocos días con la sensación de que dejarían, como mucho, «una nube negra». «Es tan grave, tan grave, la responsabilidad que contraería ante la Humanidad el hombre que desencadenase una catástrofe en Europa, que no es lógico pensar en una fácil perturbación de la paz», escribe avanzado el mes de julio Camilo Barcia, uno de los articulistas de referencia del periódico en ese momento.

Cuando el 4 de agosto empiezan a «hablar los bárbaros instintos imperialistas por la boca de los cañones», tanto él como Bartolomé Calderón o Emilio H. del Villar, las otras grandes firmas de la época, van más allá de Sarajevo y sitúan las causas del estallido en la enemistad irresuelta que dejó la guerra franco-prusiana de 1870, en el expansionismo alemán, en el rígido alineamiento de la diplomacia del Káiser con los intereses de Viena o en la contradicción entre el principio de las nacionalidades y el imperialismo.

Sesenta mil libros después, el origen de la contienda sigue siendo una cuestión controvertida. ¿Tuvo la culpa Serbia por no desentrañar las conexiones de Princip con las cloacas de su servicio secreto? ¿La tuvo Austria por abalanzarse sobre los serbios pese a que habían aceptado la práctica totalidad del ultimátum infumable que les presentaron? ¿Ha de asignársele a Alemania por dar un cheque en blanco a sus socios de Viena, en lugar de contenerlos? ¿Le corresponde a Rusia por escalar el conflicto, ordenando la movilización cuando austrohúngaros y serbios se dirigían a un enfrentamiento local? ¿Y Francia? ¿No alentó a rusos y serbios con la idea de encerrar a los alemanes y devolverles de ese modo la humillación de la guerra franco-prusiana? ¿Cómo pudo ignorar Guillermo II que traspasaba una línea roja al invadir Bélgica? ¿No debió el Reino Unido rebajar la adrenalina en ese momento, toreando el ímpetu bélico de Alemania en vez de ir al choque con ella?

Tres etapas

Han sido multitud las respuestas que se han dado pero, según la historiadora Annika Mombauer, pueden agruparse en tres grandes etapas. La primera se pone en marcha inmediatamente después de que los vencedores vertieran toda la culpa sobre Alemania en el tratado de Versalles y se resume en la frase del primer ministro británico, David Lloyd George, según la cual Europa se habría hecho un lío, empujada por fuerzas impersonales como el nacionalismo, el militarismo, el imperialismo, la carrera de armamentos, las rivalidades económicas, el diseño equivocado del sistema de alianzas o la ineptitud de sus elites.

Esa primera visión empieza a cambiar al término de la Segunda Guerra Mundial, con las obras del historiador A. J. P. Taylor y del periodista Luigi Albertini. El primero atribuyó la contienda al ansia de «supremacía continental» de Alemania y el segundo, al «carácter ofensivo» del plan Schlieffen por el que se guió la estrategia militar de Berlín y que estipulaba la rápida ocupación de Francia para concentrar el esfuerzo bélico en el este, evitando así el combate en dos frentes simultáneos. A principios de los sesenta, el alemán Fritz Fischer convirtió este punto de vista en la explicación dominante al documentar que el núcleo duro germano albergaba la voluntad de ir a la guerra, que la había planificado y la buscó deliberadamente, tanto por razones internas, para frenar el ascenso del socialismo, como en busca de objetivos agresivos de política exterior similares a los perseguidos por los nazis pocos años después.

Hoy se piensa que las responsabilidades están más repartidas. No se exonera a Alemania por apretar primero el gatillo, pero se tiene en cuenta que también sus enemigos de la Triple Entente confiaban en la guerra como forma de contener las ambiciones de Berlín y no hicieron nada por evitarla. Es lo que afirma Christopher Clark cuando sugiere que, si hubiese sido un crimen de Agatha Christie, todos tendrían una pistola en la mano. Había un sentido fatalista de que era en ese momento o nunca. Tal era la fe en la fuerza que se consideraba inevitable el choque y no se le dio la menor oportunidad a la diplomacia.

De todos modos, la cuestión sigue siendo un campo sembrado de minas. La teoría defendida por este último historiador, según la cual los pocos centenares que tomaron las decisiones lo hicieron de forma inadvertida, como sonámbulos influidos por errores de apreciación, prejuicios y miedo, ha sido respondida de inmediato por otros autores que argumentan que conocían el terreno que pisaban y que actuaron de forma premeditada y calculada, bajo la creencia compartida de que sus intereses nacionales estarían peor protegidos si no presentaban batalla. «La única explicación que no resulta creíble es que se trató de un accidente», sostiene Max Hastings. Todos consideraban la guerra un instrumento político útil y tenían la convicción de que debían adelantarse para dar el primer golpe.

Eso aclara también por qué lo que iba a durar unas pocas semanas se prolongó cuatro años pavorosos: nadie disponía de plan de retirada. Como tampoco nadie quería dar a beneficio de inventario las pérdidas sufridas, todos siguieron apostando con las vidas de los inocentes hasta que en Europa no quedó sitio para abrir más cementerios.

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