Hollande cerca a Valls con sus fieles

El nuevo equipo económico intentará conciliar la austeridad con el crecimiento

Royal y su predecesor, Philippe Martin, al asumir su cargo de ministra de Ecología y Energía.
Royal y su predecesor, Philippe Martin, al asumir su cargo de ministra de Ecología y Energía.

París / Colpisa

El Gobierno de Manuel Valls es un equipo dominado por los hombres de confianza del presidente François Hollande en el terreno económico. Formado por ocho hombres y otras tantas mujeres, el paritario Gabinete nombrado ayer es uno de los más reducidos en la historia de Francia. Sin presencia de los ecologistas, se caracteriza por su profesionalidad, experiencia y veteranía con solo dos caras nuevas, incluida Ségolène Royal, la rehabilitada expareja del jefe del Estado.

El presidencialista régimen de la V República se traduce en el control por los fieles de Hollande de los puestos clave. Jean-Yves Le Drian se mantiene en Defensa, Stéphane Le Foll conserva Agricultura -además de asumir la portavocía-, Michel Sapin se hace cargo de Finanzas, Bernard Cazeneuve pasa a Interior y François Rebsamen entra en Trabajo.

Extraños compañeros

Frente a esta constelación de estrellas hollandesas, Valls se tiene que contentar con las recientes alianzas urdidas con Arnaud Montebourg y Benôit Hamon para derrocar a Jean-Marc Ayrault, su rival común. En apariencia son extraños compañeros de cama pues ambos representan a los sectores más a la izquierda del Partido Socialista, mientras Valls es el jefe de filas de su minoritaria ala más a la derecha. Pero el pacto contra natura entre el social-liberal y los intervencionistas ortodoxos es una prueba añadida del pragmatismo, la habilidad táctica y las convicciones cambiantes de Valls. Las promociones de Hamont a Educación y de Montebourg a Economía contribuyen a contentar a las voces que reclamaban atención al desencantado electorado de izquierdas.

Otro guiño a los sectores críticos es la permanencia en Justicia de Christiane Taubira, icono de la progresía gala por haber legalizado las bodas gay y bestia negra de la Francia católica. Son formas de compensar la espantada de Los Verdes por cálculos electorales disfrazados de incompatibilidad con Valls.

Mientras Laurent Fabius en Exteriores, Marisol Touraine en Asuntos Sociales y Aurélie Filippetti en Cultura conservan sus carteras, la atención es acaparada por la novedad de la bicefalia instaurada al timón de la economía francesa. Sapin, viejo amigo de Hollande con el que hizo mili, asume Finanzas, mientras Montebourg añade a Economía la cartera de Industria.

Es la primera vez en la historia reciente en la que no hay en París un Ministerio de Economía y Hacienda. En la innovación se ve un plagio del modelo alemán donde esos puestos suelen ser ocupados por personalidades de partidos diferentes en función de las frecuentes coaliciones. Pero también se percibe la tendencia en el ADN político de Hollande a la síntesis y el juego de equilibrios. El reparto tácito de papeles atribuye al reformista Sapin el rigor contable y al dirigista Montebourg la pelea con Bruselas por el crecimiento

En el telón de fondo del duopolio se transparenta la estrategia oportunista de Hollande consistente en aprovechar el largo vacío de poder en Bruselas por las elecciones europeas y el relevo del equipo Durão Barroso para forzar una vez más la indulgencia hacia los incumplimientos franceses.

Según Le Figaro, el presidente socialista «podrá jugar su nueva complicidad con el italiano Matteo Renzi y, si hace falta, agitar un veto contra el nombramiento de un jefe del Ejecutivo europeo que no sea bastante comprensivo». Las discusiones con Alemania prometen soltar chispas con un Montebourg que a finales del 2001 comparaba a Angela Merkel con Bismarck por su defensa del euro fuerte.

Bernard Cazeneuve, el nuevo ministro del Interior, es la gran sorpresa del menú cocinado por Hollande y Valls. Un hombre de compromiso después del intento de ambos por imponer a su patrocinado. Valls quería a Jean Jacques Urvoas, diputado de Finisterre y uno de sus fieles. Hollande apostaba por François Rebsamen, alcalde de Dijon y amigo personal, que se había preparado para un cargo que le birló hace dos años el hábil Valls, que ahora lo vetaba como sucesor por temor a las comparaciones.

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