Siria: tres años de una revolución fallida

En este tiempo se han registrado 146.000 muertos, dos tercios de ellos civiles; 2.563.434 refugiados y 5,5 millones de niños afectados

Manifestación en París, en el tercer aniversario de la guerra siria, durante la que se desplegó una gran bandera del país.
Manifestación en París, en el tercer aniversario de la guerra siria, durante la que se desplegó una gran bandera del país.

Hace ahora tres años, en pleno auge de lo que ya se conocía como la Primavera Árabe, un grupo de activistas sirios decidieron convocar una manifestación de protesta en Damasco a través de las redes sociales. En Túnez había caído el dictador Ben Alí, en Egipto Hosni Mubarak. ¿Por qué no Bachar al Asad?

La fecha que eligieron fue el 15 de marzo, que ha quedado como la del comienzo de un conflicto que todavía continúa. Como suele suceder con esta clase de simplificaciones, sin embargo, la fecha es engañosa. Aquella manifestación convocada por medio de Facebook fue en realidad un fiasco -no asistieron más de veinte personas-. Las redes sociales, la juventud urbana y las aspiraciones democráticas tuvieron un papel escaso en el drama que siguió, una guerra civil feroz entre un régimen dictatorial y una sublevación armada yihadista que ha causado ya más de 100.000 muertos, más de dos millones de refugiados y una destrucción inimaginable. Ese 15 de marzo es, pues, más bien el aniversario no de lo que fue sino de lo que hubiésemos querido que fuera.

El régimen recupera terreno

Aquellos errores iniciales de análisis hacen más difícil entender la situación actual, que sin embargo es consecuencia de una lógica implacable. Una revuelta pacífica no hubiese podido quizá provocar la caída de un régimen como el sirio, más violento y cohesionado que el de Mubarak, Ben Alí o incluso el del libio Muamar el Gadafi. Pero era también inevitable que una insurrección de un cariz tan violento y sectario como la que realmente se produjo alienase a sectores importantes de la sociedad; no solo cristianos, kurdos o alauíes, sino también suníes laicos. Es lo que sucedió a partir del mes de abril del año pasado, cuando las guerrillas afiliadas a Al Qaida, que habían tomado el control de la revuelta mucho antes, amenazaron seriamente con tomar Damasco. Esto provocó una reacción desesperada del régimen y sus aliados -Rusia, Irán, Hezbolá-, pero sobre todo forzó una redistribución de los apoyos, arrojando a los brazos del régimen a muchos que hasta entonces habían sido neutrales o incluso contrarios a Al Asad. En agosto de ese año, ni siquiera Estados Unidos estaba dispuesto ya a intervenir militarmente en favor de los rebeldes, aun contando con una justificación tan poderosa como el uso de armas químicas contra civiles por parte del régimen.

Aquel fue el momento definitorio del conflicto. Desde entonces ha seguido un lento y doloroso camino, pero siempre en la misma dirección. Aunque a menudo se hable de estancamiento, desde hace un año el régimen no ha dejado de recuperar terreno. La división y enfrentamiento interno entre los rebeldes es consecuencia de esta dinámica, una lucha en retirada que ya enfrenta incluso a distintas facciones de Al Qaida. Es este desequilibro, ligero pero constante, el que ha llevado al régimen a despreciar la oportunidad de un acuerdo con la oposición exterior en la conferencia de paz de Ginebra. Es una temeridad. Al Asad está tan confiado que espera poder celebrar unas elecciones este verano. Tres años después, cree haber vencido. Desgraciadamente para Siria, una guerra así no termina nunca de ganarse ni de perderse del todo. Esta es la triste constatación de este tercer aniversario del conflicto: la fecha de comienzo es discutible; la de su final, imposible de conocer.

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