La venganza de la contrarrevolución en Egipto

La celebración del tercer aniversario de la revolución del 25 de enero del 2011, que acabó con la caída de Mubarak, provocó un nuevo baño de sangre en las calles egipcias


El Cairo

Si quedaban dudas sobre la fuerza motriz detrás de los acontecimientos que vive Egipto, hoy parece claro que una de sus principales causas es el afán revanchista de quienes se alinearon hasta el último minuto con el depuesto presidente Hosni Mubarak.

La celebración, ayer, del tercer aniversario de la revolución del 25 de Enero de 2011, que acabó con la caída de Mubarak, provocó un nuevo baño de sangre en las calles egipcias, con al menos 49 muertos e innumerables heridos.

Pero, más allá del tétrico recuento, el día dejó una inquietante constatación: las víctimas de la represión policial y de la ira popular son las mismas que las huestes del mubarakismo pusieron en su punto de mira en los dieciocho días de aquellas revueltas de 2011.

No se antoja casual que el blanco de las palizas propinadas por civiles y de la acción brutal de los antidistubios (islamistas, jóvenes revolucionarios y periodistas, tanto egipcios como extranjeros) sean quienes hace tres años ya sufrieron en sus carnes los coletazos de un régimen agonizante.

El contraste vivido en las últimas horas entre la actualidad y el pasado no puede ser más agudo.

Si en 2011 los jóvenes de la revolución incendiaban con antorchas las comisarías de policía, ayer las madres sacaban fotos a sus hijos junto a los agentes, los mismos a quienes Mubarak tuvo que retirar de las calles para intentar aplacar la ira de Tahrir.

Hace tres años, en la ya icónica plaza colgaban rótulos que pedían la pena de muerte para el ministro del Interior y sus colaboradores.

Ayer, los manifestantes enarbolaban carteles de felicitación a las fuerzas de seguridad por el Día de la Policía, en una ironía macabra: las protestas de 2011 se convocaron precisamente en esa jornada como forma de protesta contra la brutalidad policial.

Mientras, sin hacer ruido y casi de puntillas, las figuras del antiguo régimen son paulatinamente rehabilitadas e insertadas de nuevo en el espinazo del Estado egipcio.

Evidentemente, no todos quienes han participado en las celebraciones son nostálgicos del antiguo régimen, y bastantes de ellos piensan genuinamente que Egipto camina hacia la democracia.

Sería interesante saber cuántos de quienes se manifiestan ahora para apoyar al Ejército y pedir a su jefe, Abdel Fatah al Sisi, que se presente a las presidenciales votaron hace solo un año y medio por el islamista Mohamed Mursi.

El pueblo egipcio, atribulado por décadas de pobreza, desgobierno y ausencia de expectativas, es ahora mismo un cuerpo extremadamente volátil, más proclive a unir sus fuerzas con quien tiene el mando que a embarcarse en nuevas batallas idealistas.

Los tres años desde la caída de Mubarak han sido un periodo de enorme castigo para los egipcios, que han sufrido la funesta situación económica y ahora la reaparición del terrorismo. La gran mayoría solo desea recuperar la estabilidad.

Pero es en ese magma de descontento donde campan a sus anchas los resentidos, con la aprobación tácita de las autoridades, que muchas veces miran a otro lado ante los desmanes y los justifican por mor de la situación excepcional que sufre el país.

El desencanto reinante por la evolución de la transición egipcia ha hecho bajarse del tren a muchos de aquellos jóvenes que estuvieron en primera fila contra Mubarak y su corte cleptócrata.

Contra esos, y contra cualquiera con el que guarden cuentas pendientes, se revuelven ahora los contrarrevolucionarios, en un caldo ultranacionalista al que no son en absoluto ajenos el actual Gobierno y los medios de comunicación egipcios.

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