El país vuelve a situarse a las puertas de un Estado policial


el cairo / dpa

El sábado se vivieron escenas horribles en el hospital improvisado de los Hermanos Musulmanes ante la mezquita Rabia al Adawiya, en El Cairo: muertos a balazos y heridos envueltos en sábanas cubiertas de sangre, alineados sin fin. El Ministerio de Sanidad habló de al menos 80 muertos, pero los Hermanos Musulmanes del expresidente Mursi, de más de un centenar de víctimas de la violencia policial.

En las horas previas, los seguidores de Mursi se habían enfrentado con la policía. En batallas callejeras que duraron horas la policía disparó con munición real contra los manifestantes. Es posible que entre ellos hubiera gente armada. No se ha probado, aunque el ministro del Interior, Mohamed Ibahim, veterano general de la policía, aseguró que más de 50 agentes fueron heridos. Pese a ello, el alcance de la violencia policial parece desproporcionado. «No puede imaginarse que se produzcan tantos muertos sin un desprecio censurable de la vida humana», dijo Nadim Houry, de Human Rights Watch.

Esa intervención sigue un modelo bien conocido en Egipto: el uso brutal de fuerza fue un instrumento de dominio del expresidente Mubarak. Incluso después de dimitir Mubarak, esa violencia no desapareció de la vida cotidiana del país, ni durante el caótico dominio transitorio del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, ni durante el Gobierno de Mursi, primer presidente elegido democráticamente. Desde su derrocamiento por el Ejército, las fuerzas de seguridad retienen las riendas más fuerte que nunca y el 8 de julio ante un cuartel en El Cairo murieron más de 50 manifestantes cuando la policía militar abrió fuego en su contra.

Significativo es el hecho de que el levantamiento contra Mubarak comenzara un 25 de enero -día de la policía- como expresión del odio de la población a un Estado policial corrupto que desprecia la vida.

Hoy los egipcios parecen haberlo olvidado. Si se mira atrás, quedan dos largos años de transición sin éxito ni resultados. Y son los menos quienes se dan cuenta de la continua manipulación del «Estado profundo» constituido por el nepotismo del Ejército, la policía y los burócratas del régimen Mubarak. El comandante, Abdel Fatah al Sisi, orquestador del golpe contra Mursi y el hombre fuerte del país, es venerado como un dios.

El viernes, pocas horas antes del derramamiento de sangre en Ciudad Naser, Al Sisi llamó a millones de personas a salir a las calles para otorgar un «mandato» al Ejército para legitimar su «guerra contra el terrorismo», algo que todos comprendieron como un mensaje para una dura actuación contra los Hermanos Musulmanes, que con sus protestas permanentes molestan a la ciudad. Todo indica que Al Sisi se está apoyando en el aparato de poder del régimen de Mubarak restaurado al menos en parte. El ministro del Interior Ibahim anunció la creación de la policía política, encargada de «observar» a los partidos y formaciones religiosas.

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