Mursi midió mal sus fuerzas


«Justicia y Libertad», el nombre del partido que llevó al poder a Mursi, resulta ahora un tanto irónico, porque con sus últimos decretos, el presidente parece dispuesto a limitar la libertad de la justicia. Ha cesado al fiscal general y se ha puesto por encima de las resoluciones judiciales.

Ni siquiera Mubarak había llegado a tanto, aunque la comparación es engañosa, porque Mubarak nunca necesitó llegar a tanto. Los jueces eran de los suyos, y bastantes siguen siéndolo. Solo una parte de la judicatura manifestó en el régimen anterior algún afán de independencia, y el máximo representante de ese sector es el actual vicepresidente de Mursi y ministro de Justicia, el arquitecto de estos polémicos decretos.

¿Qué es lo que pretenden? Lo mismo que el golpe anterior al ejército: desactivar las minas que dejó la transición tutelada. Es cierto que los tribunales no han dejado de frenar las reformas en la medida de sus posibilidades, y se disponían, casi con toda seguridad, a disolver la Asamblea Constituyente. Al actuar como lo ha hecho, Mursi sigue la lógica de todas las revoluciones: anteponer la legitimidad de lo nuevo frente a la legalidad de lo viejo.

Pero incluso la legitimidad de las revoluciones tiene sus grados, y Mursi no dispone de credenciales suficientes para saltarse la ley, aunque sea la de Mubarak. Representa a un movimiento político que despierta suspicacias, quizás exageradas pero comprensibles, y, sobre todo, ganó su sillón presidencial por un margen muy escaso de votos. No es Nasser, no es un líder carismático que pueda unir a su pueblo, y los disturbios que se han extendido por el país son la demostración de que ha medido mal sus fuerzas.

Es verdad que muchos de los que se manifiestan (ciertamente los que quemaron una sede del partido islamista) son quizá fieles del antiguo régimen. Uno de los «decretazos» de Mursi ordena repetir todos los juicios en los que policías y funcionarios de Mubarak fueron absueltos. Pero la mayoría de los manifestantes representan a los partidos laicos, hasta ahora divididos y desorientados. Estas protestas parece que les han unido, finalmente. Y ese sería el único aspecto positivo de todo este asunto.

Quizá Mursi, con su torpeza, y sin pretenderlo, le ha rendido un servicio a la democracia en Egipto: despertar a la oposición.

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