Un regalo para los intereses salafistas


Una vez más, hoy, un viernes, será la prueba del nueve. Es el día en el que se dirimen las cuestiones políticas en los países musulmanes, en especial en los de Oriente Medio, cuando la gente se reúne en las mezquitas. Veremos hoy si las protestas callejeras por esa película ofensiva para el islam (y también para la historia del cine, todo sea dicho) se extienden, o si pierden fuerza, en cuyo caso probablemente se apagarían en pocos días.

Pero es importante entender que si se agravan los disturbios no será ya exactamente por la película sino porque resultan útiles en la lucha política de esos países en particular. Túnez, Libia, Yemen y Egipto, donde ha habido cambios de régimen recientemente, se encuentran en una situación de inestabilidad, y en todos estos países existe una facción salafista radical que aspira a tomar el poder. Un asunto como el de la película, que toca tantas cuerdas sensibles (el islam, Estados Unidos) es un regalo para la demagogia.

Lo que no quiere decir que los salafistas estén utilizando este asunto cínicamente ni que la película tan solo ofenda a los salafistas. Ofende a todos los musulmanes, incluso a los más moderados. De hecho, las primeras manifestaciones en Bengasi, El Cairo y Saná reunieron a gente de todo tipo (no mucha, por cierto, para ciudades de ese tamaño).

Pero fue la llegada de los salafistas, fáciles de reconocer por su indumentaria, la que transformó las protestas en revueltas, en oportunidades para mostrar ira no solamente contra Estados Unidos sino contra los Gobiernos de sus propios países.

Es fácil que pase desapercibido el hecho de que esos Gobiernos son islamistas (incluida hasta cierto punto Libia, donde los partidos laicos lo son solo a medias). Esto es lo que convierte a esta crisis en algo novedoso y, quizá, clarificador. Hasta la primavera árabe, islamistas y salafistas, aunque guardando las distancias, mantenían una cierta alianza, de la misma manera que sus enemigos también tendían a confundirlos.

Ahora las cosas son distintas: no solo representan partidos claramente diferenciados en las nuevas e imperfectas democracias árabes, sino que pugnan por un mismo imaginario colectivo, el del islam político, lo que los condena, inevitablemente, a distanciarse cada vez más y a polarizarse.

En Túnez, el Gobierno islamista se enfrenta ya abiertamente a la minoría salafista que lo acusa de antiislámico. Evidentemente, no lo es. Simplemente, ahora es el gobierno, y el gobierno, que a veces corrompe, casi siempre modera. En Egipto, el Gobierno de Mohamed Mursi ya se vio sometido a la misma prueba recientemente cuando los salafistas intentaron una insurrección en el Sinaí. Fue aplastada sin contemplaciones.

Es cierto que este último episodio de la película blasfema es un reto todavía mayor, puesto que afecta a un aspecto enormemente simbólico para el islam político como es la figura del profeta. Pero la lógica política dicta que un gobierno tiende a afianzar su poder por medio del pragmatismo, lo que empujaría a Mursi, lo quiera o no, hacia la moderación. Ahora solo falta ver si la lógica política acierta.

Los disturbios resultan útiles en la lucha política abierta tras la primavera árabe

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
0 votos

Un regalo para los intereses salafistas