La última victoria de Laura Pollán


Pocas veces la noticia del fallecimiento de alguien en Cuba corre por las redes sociales y los medios de comunicación del mundo con la velocidad que lo ha hecho la de Laura Pollán. Y es que en Cuba parece que nunca pasa nada.

La líder de las Damas de Blanco, ese grupo que, contra viento y marea, desde la primavera negra del 2003 marcha con gladiolos por la Quinta Avenida habanera de una manera silenciosa para reivindicar libertad para los presos disidentes, se ha ido. Y lo ha hecho con una importante misión cumplida. Los 75 disidentes detenidos entonces han sido excarcelados, incluido su marido, Héctor Maseda, en febrero. Pero ella y las otras damas siguieron arriesgando su integridad por otros presos políticos, sufrieron violentos actos de repudio y agresiones.

Con su marcha, el grupo queda un tanto huérfano, aunque su espíritu está claro que permanecerá en Berta Soler y en las demás hermanas de lucha por la libertad de conciencia y los derechos humanos.

La popularidad de Laura Pollán, profesora de literatura, traspasó las férreas fronteras cubanas con métodos pacíficos frente al régimen represivo, y con perseverancia, como hace unos meses me confesó.

Y ayer, esta mujer tan tenaz como delicada compartió con ese régimen que le impidió salir de la «cárcel grande», como ella le llamaba a Cuba, la bandera patria, sobre su féretro, y el himno nacional. Un homenaje desde el corazón. Se lo merecía. Se fue con una última victoria: las damas desfilaron a su casa sin ser hostigadas como otras veces. Y personal de la Sección de Intereses de EE.UU. Los castristas no estuvieron. Lo mejor que podían hacer.

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