Los investigadores no renuncian a buscar las cajas negras del vuelo Río-París

El vuelo se estrelló el pasado uno de junio con 228 personas a bordo.


Los investigadores franceses no renuncian a encontrar las cajas negras del vuelo de Air France entre Río de Janeiro y París que se estrelló el pasado 1 de junio con 228 personas a bordo, informa hoy la prensa gala.

La Oficina de Investigación y Análisis (BEA), responsable de las pesquisas sobre la catástrofe, busca una empresa especializada en el rastreo de los fondos marinos para tratar de localizar los restos del aparato, que se presume que están a unos 4.000 metros bajo las aguas del Atlántico.

En un primer momento la búsqueda se centró en localizar la señal que emitían las cajas negras durante un mes, por lo que se acudió a los submarinos franceses del instituto IFREMER, especializado en estas funciones.

Pero ahora deberán buscar los restos del avión en la zona en la que se presupone que se hundió, por lo que el BEA baraja encargárselo a empresas que conozcan mejor los fondos marinos de la zona.

En particular, el rotativo «Le Figaro» asegura en su edición de hoy que el instituto Woods Hole, basado en Massachusetts, es el favorito para lograr el contrato.

Entretanto, los investigadores del BEA van a recalcular, a partir de los datos que barajan, la zona en la que pueden encontrarse los restos del barco, una labor que prevén tener acabada a finales de enero.

Así, las labores de búsqueda de las cajas negras pueden retomarse la próxima primavera.

Por otro lado, «Le Figaro» asegura que los investigadores han relanzado la pista de que las condiciones climáticas pudieron provocar el accidente.

Esta hipótesis, desvelada a una semana de que el BEA publique su segundo informe sobre el accidente, ha ganado peso después de que un avión similar al accidentado el pasado 1 de junio y operado también por la aerolínea Air France, sufriera un incidente provocado por el temporal el pasado 29 de noviembre.

El vuelo, que también cubría la línea entre Río de Janeiro y París, encontró una zona de fuertes turbulencias cuatro horas después del despegue, lo que obligó a los pilotos a iniciar una maniobra de descenso para buscar un pasadizo menos perturbado.

El incidente tuvo lugar a unos 18 kilómetros de la zona en la que los investigadores suponen que se perdió el vuelo del pasado 1 de junio.

La diferencia, según «Le Figaro», es que en el segundo incidente el avión no perdió las referencias procedentes de los sensores externos, lo que permitió a los pilotos conocer en todo momento la velocidad del aparato.

En el caso del vuelo accidentado, estos sensores no funcionaron correctamente a causa del hielo, lo que, según ciertas hipótesis, pudo provocar la catástrofe.

Aunque los investigadores no han confirmado la implicación de los sensores en el accidente, Air France aceleró a raíz del accidente el programa de sustitución de éstos por otros más modernos.

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