Fin de viaje para el psiquiatra que se quedó sin licencia


Corrían rumores por Sarajevo, donde ejerció como psiquiatra antes de que le retirasen la licencia por estafa, de que a Radovan Karadzic se le suicidaban las pacientes. Y que la muerte de una de ellas, casada con el primer ministro de Bosnia, fue uno de los motivos de la guerra.

Incluso su matrimonio con Ljljiana, que vestía y calzaba de Chanel en Pale, la aldea capital de los serbios separatistas de Bosnia, fue también accidentado.

La había dejado embarazada, decían las malas lenguas, y su padre obligó al joven Karadzic a casarse con ella a punta de pistola. Nació una hija, Sonja, que siempre iba vestida de negro, con las uñas y los labios negros.

En una ocasión, sin saber quién era, le comenté que en Pale cobraban demasiado a los periodistas... Ella, que era la encargada de la oficina de prensa, me espetó que me fuera con los musulmanes.

Radovan Karadzic jamás fue un líder. Era el mono nacional-radical de Slobodan Milosevic, el presidente serbio, y de Ratko Mladic, su hombre al mando de las huestes militares separatistas de Bosnia.

El ahora apresado y trasladado a La Haya era el protagonista de todos los chistes. Legitimado por los negociadores de la ONU y de la Unión Europea, y en consecuencia por la prensa.

Finalmente, Karadzic se va a donde tiene que estar, pero de vacaciones se encuentran todos los políticos, funcionarios, y mediadores como, por ejemplo, Yasushi Akshi, enviado especial del secretario general de la ONU, por aquel entonces Butros Ghali, durante la guerra de Bosnia.

Todos lo consideraban una pieza en aquella guerra atroz, lo legitimaron, hablando, reuniéndose, negociando con un bufón, un enfermo criminal que se creía Nerón. Como él, reduciendo Sarajevo, una ciudad intelectual y pluralista en el corazón de Europa, a cenizas.

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