China se hace fuerte en África

Extiende su influencia gracias a importantes inversiones y a la protección política que brinda en los foros internacionales


Hechos prácticamente simultáneos, como su veto a imponer sanciones al presidente de Zimbabue y el rechazo al procesamiento del de Sudán por los crímenes de Darfur, ponen de manifiesto las complicidades de China con regímenes autoritarios manchados con sangre y subrayan, a la vez, la amplitud de un fenómeno que discurre en paralelo: el avance imparable de su presencia en África.

Es cierto que, en gran medida, se debe a la necesidad acuciante de materias primas y de recursos energéticos derivada de las elevadas tasas del crecimiento chino. África proporciona el 20% del petróleo que consume el dragón. Es su reserva de carbón, cobre, cobalto, titanio, estaño, uranio y otros productos no tan importantes para su industria, pero sí para su boato, como los diamantes, las maderas preciosas y el marfil.

Pero algunos analistas como Robert Kagan o Mark Leonard van más allá y, juntamente con la dimensión económica, observan en esa ganancia de posiciones el despliegue de una estrategia diplomática a largo plazo, dirigida a recomponer la relación de fuerzas en el mundo.

En su opinión, la idea tan extendida según la cual, a medida que queme las etapas de su desarrollo, China se irá occidentalizando y convergiendo con las pautas que hoy dominan el globo es una ilusión. Como hicieron todas las potencias en auge del pasado, los chinos también quieren cambiar y moldear el sistema internacional a su conveniencia, para salvaguardar mejor sus intereses.

Su aspiración a un orden mundial diferente, basado en la primacía indiscutible del estado nacional frente a las injerencias de la globalización, ha ampliado la gama de opciones de numerosos Gobiernos de África, Asia Central, América Latina e incluso Oriente Medio, que ya no se encuentran tan obligados como antes a someterse a las instituciones y los mandamientos del Consenso de Washington para obtener financiación. Peor aún: exigencias como aceptar la democracia liberal, respetar las reglas del Estado de derecho y reducir el peso del sector público, sin las cuales acceder a los préstamos del Fondo Monetario Internacional es más complicado, se han convertido en rémoras frente a lo que autores como García Encina denominan el «paquete completo» y otros, el «Consenso de Pekín». Una combinación de dinero fácil, ayuda tecnológica, asistencia militar, indiferencia por lo que hacen en casa y protección política en el Consejo de Seguridad de la ONU con la cual China no ha cesado de ganar aliados en el continente.

Planes Marshall

Se alude a los vínculos forjados en la época de la descolonización, cuando Mao apostó por los movimientos de liberación africanos, y a la ceguera de Europa y Estados Unidos, que solo dejaron tierra quemada detrás de sus safaris, para explicar la fuerza de atracción china. Pero los dirigentes africanos no son una excepción. También ellos miran más al futuro que al pasado.

Y lo que los empuja a seguir la estela de Pekín es un negocio en apariencia seguro. Se canaliza a través de un Foro de Cooperación en el que participan 45 países del continente y diversas organizaciones regionales como la Unión Africana. Y se traduce en la creación de varias zonas económicas que vienen a ser como planes Marshall a pequeña escala con una doble función. Permiten disfrutar de los beneficios del modelo de crecimiento chino a los países en los que se sitúan y dotan a Pekín de una cadena de franquicias a través de la cual aumenta su influencia.

El primero, en construcción, se halla en el denominado cinturón de cobre de Zambia y estará especializado en la transformación de metales. El segundo, de carácter comercial, acogerá cuarenta empresas chinas, se ubicará en la República de Mauricio y dotará a Pekín de un mirador sobre el Índico. Del tercero se sabe que tendrá vocación naviera y que existe una puja reñida para conseguirlo. Y es que ahora son pocos, muy pocos, los africanos que prefieran no ser arrastrados por la locomotora china. La democracia y los derechos humanos pueden esperar.

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