John Harrison, el inventor del cronómetro marino al que nadie creyó

Sus relojes marinos permitieron en el siglo XVIII determinar la longitud recorrida a bordo de un barco, pero su propósito de construir un cronómetro perfecto que se retrasara menos de un segundo en 100 días lo convirtió en hazmerreír de la época. El tiempo, 250 años después, le ha dado la razón

John Harrison, el relojero que protagoniza el doodle de Google

John Harrison sufrió la injusticia de los tiempos que le tocó vivir, como otros tantos precursores y grandes genios a los que la historia hizo justicia mucho más tarde, cuando ellos ya no podían disfrutar en vida de sus éxitos y reconocimientos públicos. John Harrison solo recibió mientras vivió las mofas y burlas de otros científicos que menospreciaron sus trabajos y denostaron sus estudios, a pesar de que con ellos cambió el mundo. Pero ni él disfrutó de la fama ni sus detractores tuvieron oportunidad de tragarse sus palabras y retractarse por el escarnio público al que sometieron a John Harrison. Todos los que se rieron de él no pudieron ver que como su colección de relojes se exponía en el Museo de Ciencias de Londres. El inventor echó mano de su ingenio y se propuso sacar adelante una tecnología que, en su época, el siglo XVIII, revolucionaría la forma de navegar. Este ingeniero británico fue el primero en idear un reloj marítimo de alta precisión, un artilugio que entonces permitió determinar la longitud a bordo de un barco cuando se han recorrido largas distancias. A pesar de que su hallazgo abrió un camino de infinitas posibilidades, John Harrison no conoció en vida el reconocimiento que tanto merecía. Fue ridiculizado por sus coetáneos, que lo ningunearon y pusieron en duda sus inventos. 

Hubo que esperar nada más y nada menos que 250 años para que la ciencia demostrara que John Harrison tenía razón Años antes de su muerte, en el año 1776, John Harrison plasmó en un completo y detallado escrito las instrucciones para poder crear un reloj mecánico prácticamente perfecto, un aparato que solo se retrasaría menos de un segundo en 100 días. No cayó demasiado bien la noticia entre la gente de su época. Hasta pocos días de su muerte, su escrito provocaba risas y bromas en las calles. Hubo que esperar nada más y nada menos que 250 años para que la ciencia demostrara que John Harrison tenía razón. Carpintero nacido en una familia humilde de Londres, John Harrison firmó su nombre en las páginas de la historia gracias a sus relojes marinos, capaces de determinar la posición exacta de un barco, considerado uno de los grandes problemas de la época en la que vivió. Sus cacharros permitieron a muchos marineros del siglo XVIII orientarse en el vasto mar de la forma más precisa que habían conocido hasta ese momento. Sus relojes, que le permitieron llenarse el bolsillo con una gran cantidad de dinero después de ganar un concurso de la Marina Británica, le dieron la fama en su momento; pero no fueron suficientes para ganarse el respeto de la comunidad científica.

Años después de sorprender a todos con su método marítimo para determinar la longitud recorrida a bordo de una embarcación, John Harrison intentaba volver a dejar sus contemporáneos con la boca abierta pregonando los provechos de su reloj perfecto, una idea por la que sería ridiculizado.

El aparato contaba con un mecanismo de péndulo en arco que le permitía retrasarse menos de un segundo durante 100 días, toda una hazaña en su momento. No le creyeron. Ridículo y absurdo, fueron los calificativos más suaves que pudo escuchar de su cacharro. El libro en el que dejó plasmadas sus instrucciones cayó en el olvido hasta que, en el año 1970, el relojero Martin Burgess recuperó las directrices de John Harrison y construyó el reloj tal y como el maestro había dictaminado. En el 2015 llegaría la redención del relojero. El Real Observatorio astronómico de Greenwich, en Reino Unido, confirmaba que John Harrison tenía razón. La primera prueba demostraba que el reloj solo se retrasaba 0,87 segundos en 100 días. La segunda, más precisa y detallada, demostró que el reloj era aún más preciso: se retrasaba tan solo 0,67 segundos en 100 días.

Y la de John Harrison no era una proeza cualquiera. Porque los primeros relojes mecánicos de una precisión parecida a la del de John Harrison no llegarían hasta el siglo XX, a pesar de que el carpintero londinense ya sabía cómo diseñarlos dos siglos antes. Tuvo que esperar 250 años, pero su proeza consiguió finalmente el reconocimiento que merecía, entrar en el libro Guiness de los récords.

Los relevantes descubrimientos de John Harrison fueron de tal escala que su vida fue llevada al cine en la película Longitude, en el año 2000, de la mano del director Charles Sturridge, que se basó en la obra Longitud. La verdadera historia de un genio solitario que resolvió el mayor problema científico, de Dava Sobel. 

La tragedia familiar que sufrió a John Harrison

John Harrison, además de sus problemas profesionales, también vivió varias tragedias personales. Se casó con Elizabeth Barrel y juntos tuvieron un hijo. Cuando el pequeño tenía siete años su mujer enfermó gravemente y murió. Contrajo de nuevo matrimonio con Elizabeth Scott, con la que tuvo dos hijos, William y Elizabeth. Su primogénito, pereció al poco tiempo de cumplir 18 años.

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