Gabriel García Márquez y las manías de un genio

A. Robles

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Isabel Steva Hernandez (Colita)

El genio colombiano, máximo exponente del realismo mágico reclamaba algunas exigencias a la hora de sentarse a escribir

06 mar 2018 . Actualizado a las 11:28 h.

De él se ha dicho que es un genio. No cabe duda. De las manos de Gabriel García Márquez salieron las páginas mágicas que componen Cien años de soledad, El amor en los tiempos del cólera o Crónica de una muerte anunciada. La pluma magistral del máximo exponente del realismo mágico consiguió colocar sus obras entre las grandes de la historia de la literatura. Sus palabras consiguieron, consiguen y conseguirán hipnotizar a lectores de todo el mundo que siguen enfrentándose a sus clásicos con la misma intensidad que lo han hecho generaciones anteriores. Gabriel García Márquez decía que no había hecho otra cosa en su vida que escribir historias «para hacer más feliz la vida a un lector inexistente», y con ese deseo escribió también Cien años de soledad, novela magistral del siglo XX.

Gabriel García Márquez era un genio. Y sus genialidades, como tantas otras, traían consigo sus manías. Y sus fetiches. Porque mientras su pluma componía las páginas de los grandes títulos de la historia, Gabriel García Márquez tenía algunas exigencias. Al genio no le valía sentarse a escribir de cualquier manera. Los que lo conocieron delatan al literato como un hombre rendido a la superstición. García Márquez necesitaba una flor amarilla encima de su escritorio para poder trabajar. Este objeto compartía protagonismo con tintas y papeles. Se hacía casi tan necesario como ellas. 

Y no era la única manía que perseguía a Gabriel García Márquez. El escritor contaba con una curiosa lista de objetos y animales a los que prefería tener más bien lejos. Los caracoles, los pavos reales y las flores de plástico copaban los primeros puestos en esa lista. Para Gabriel García Márquez eran fuente de problemas, traían consigo la mala suerte. Las manías marcaron su obra literaria. Porque Gabo, como los suyos acostumbraban a llamarle, tenía muy claro cómo se tenían que hacer las cosas. Se negó a releer cualquier obra que ya hubiera sido publicada, con todo lo que eso conllevaba. Una vez puestos en circulación, sus libros jamás eran corregidos. Quizás por ello se tomaba todo el tiempo necesario para escribir sus obras. Tras Cien años de soledad hay más de 18 años de trabajo mientras que para Crónica de una muerte anunciada invirtió la friolera de tres décadas.

Pero a Gabo se lo perdonamos todo. Porque sus rarezas fueron probablemente parte importante del producto final, un buen puñado de genialidades de la literatura. Ocurrencias que hoy merecen un pequeño homenaje, porque tal día como hoy -hace 91 años- Gabriel García Márquez llegaba a un mundo que todavía no conocía todo lo que de sus manos iba a salir. Google lo celebra, a su peculiar manera, con un Doodle lleno de color.

Macondo mágico

Macondo nació de Gabriel García Márquez. En el diccionario de la Real Academia Española figura como un árbol semejante a la ceiba, pero en el mundo literario todas las miradas dirigen a Gabo. Macondo es sinónimo de Caribe, de mariposas amarillas y sobre todo de realismo mágico.

Cuando ese nombre saltó a la palestra de la literatura universal, muchas personas se interesaron en viajar a Colombia para recorrer sus calles polvorientas y beber ron al son del vallenato. Algo harto imposible, si se tiene en cuenta que Macondo no figura en los mapas, y podría ser cualquier pueblo del norte de Colombia.

Todo parece indicar que Macondo está inspirado en Arataca, un municipio del departamento de Magdalena donde nació Gabriel García Márquez. Fue allí donde alimentó su mente infantil con la magia que rondaba su cabeza y que fueron la génesis de muchas vivencias de la familia Buendía en Cien años de Soledad.

En su obra Vivir para contarla, su libro de apariencia autobiográfica, García Márquez recuerda un episodio que vivió cuando su madre lo llevó a Aracataca, tras varios años de ausencia, para vender la casa donde él pasó su infancia. El joven García Márquez encontró un pueblo solitario y polvoriento que le sirvió para recrear años después a Macondo, la «capital» del realismo mágico de su obra.