¿Por qué se suicidó realmente Virginia Woolf?

El 28 de marzo de 1941, con 59 años, la escritora británica se llenó los bolsillos de piedras y se sumergió en el río Ouse. No era la primera vez que lo intentaba. Los periódicos, citando mal su nota de suicidio, publicaron que no había sido capaz de enfrentarse a la brutalidad del mundo. Los motivos eran otros


La Voz

Virginia Woolf nació un 25 de enero, hace 136 años. Moriría 59 más tarde, con los bolsillos de su abrigo llenos de piedras, amontonadas allí por ella misma una luminosa mañana de primavera para sumergirse a continuación en las profundas aguas del río Ouse. Había cargado con ellas -tan pesadas aún invisibles- durante toda su vida, apodada la Cabra, ya sin rumbo desde cría. Perdió pronto a su padre y a su madre; tuvo que soportar, paralizada, que su hermanastro George manosease sus muslos, estigmatizándole para siempre el deseo masculino y, con él, también las relaciones sexuales -ausente el apetito junto a su marido, defensora del libertinaje, amante de la promiscua Vita Sackville-West, también escritora, abiertamente homosexual-. Sufrió jaquecas muy tempranas, siendo casi una niña; crisis nerviosas, periodos de anorexia; rechazaba su propia imagen en el espejo sumida en una profunda y muy tóxica depresión.

No era la primera vez que Virginia Woolf intentaba quitarse la vida: en 1904, la escritora londinense, responsable de una nueva subjetividad femenina, se tiró por la ventana con solo 22 años. En 1913, ingirió entre cucharada y cucharada del desayuno cinco gramos de veronal. Ninguno de los dos amagos se saldó con el éxito que ella buscaba: abandonar este mundo raro, insoportable para mentes apesadumbradas como la suya. «A veces retumba como un trueno dentro de mí el sentimiento de la total inutilidad de mi vida», le confesaba por escrito en 1930 a su gran amiga y sufragista Ethel Smyth, a quien tenía loca de amor.

El día que Virginia Woolf lo logró era viernes, 28 de marzo de 1941. A pesar de sus esfuerzos por mantenerla ocupada -quizá presintiendo la fatalidad, adivinando en sus gestos una melancolía demasiado madura-, su marido Leonard y su ama de llaves, Louie, fueron incapaces de evitar su huida. Dijo que iba a descansar media hora, pero se calzó sus botas, se abrigó y puso rumbo al río. Antes se había asegurado de dejar repartidas por toda la casa no una, sino varias cartas de suicidio dirigidas a su esposo y a su hermana Vanessa. Unos niños encontraron su cuerpo dos semanas después, arrastrado por la marea, cerca del puente de Southease. 

Fotograma de la película «Las Horas», en la que se recrea el suicidio de Woolf
Fotograma de la película «Las Horas», en la que se recrea el suicidio de Woolf

«Querido, quiero que sepas que me has dado felicidad absoluta. Nadie podría haber hecho más de lo que tú has hecho. Por favor, créelo», le escribió Virginia Woolf a su marido antes de morir. «Sé que nunca me voy a recuperar de esto: y estoy desperdiciando tu vida. Es una locura. Nada de lo que nadie me pueda decir me va a persuadir. Puedes trabajar, estarás mucho mejor sin mí. Ya ves que ni siquiera soy capaz de escribir esto, lo que demuestra que tengo razón -añadió en su despedida-. Todo lo que quiero decir es que hasta que esta enfermedad apareció, éramos perfectamente felices. Todo fue gracias a ti. Nadie podría haber sido tan bueno como has sido tú, desde el primer día hasta ahora». En una segunda nota, se confesaba «convencida» de que se estaba «volviendo loca de nuevo». «Siento que no podemos volver a pasar por terribles momentos como aquellos. Y no me recuperaré esta vez». Sin embargo, una mala copia de su mensaje reescribió los motivos que llevaron a la autora de Las olas, Una habitación propiaAl faro a hacer callar para siempre las voces de su cabeza y con ellas, su genialidad.

«Tengo la sensación de que me voy a volver loca de nuevo y ya no puedo continuar en estos tiempos tan terribles», citó en el Sunday Times of London el forense encargado de la autopsia de la escritora, relacionando directamente la muerte de Virginia Woolf con el conflicto bélico que hacía pedazos a Europa y sus desastrosas consecuencias en su población. «La señora Woolf era sin lugar a dudas de una extremada sensibilidad y se sentía más responsable que la mayoría de la gente ante la brutalidad de los hechos que están ocurriendo en el mundo en la actualidad», explicaba el médico en las mismas páginas. 

La errónea revelación no pasó inadvertida, desencadenando todo tipo de reacciones, entre ellas airados ataques a la chica Woolf. «Sufrió una depresión hace unos 25 años; los viejos síntomas volvieron a aparecer unas tres semanas antes de que terminara con su vida, y pensó que esta vez no mejoraría», se cansó de aclarar Leonard sin que nadie le escuchase. Virginia no se rindió, no era débil. Absorbía cualquier sensación que capturaban sus sentidos y, con ella fresca, aporreaba eufórica las teclas de su máquina de escribir, adicta a las palabras. Pero fue incapaz de lidiar más tiempo con ese monólogo interior que tan bien plasmó en sus textos, hoy historia de la literatura universal. Sabía lo que venía, conocía bien la asfixia de la pena negra de la depresión. Y, antes que volver a sentirla, prefirió no sentir nada nunca más.

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