Día Internacional de la Mujer: el dilema de ser madre, ¿un derecho o un deber?

Antinatalistas y madres arrepentidas ponen sobre la mesa un debate social del que durante años nadie se atrevió a hablar y que cobra actualidad con la celebración del 8 de marzo. ¿Es egoísta no tener hijos? ¿Es nuestra obligación perpetuar la especie?


El Día Internacional de la Mujer conmemora cada 8 de marzo la lucha por los derechos de las mujeres, por su participación en la sociedad, en pie de igualdad con el hombre, y por su desarrollo íntegro como persona.

En el año 2017, en los países desarrollados, se apoya y se aplaude a la mujer trabajadora, independiente, dueña de su propio cuerpo. Ser madre es una decisión libre, responsable y consciente. Un derecho del que cualquier mujer que así lo desee puede disfrutar. En soledad o en pareja, sin que nadie tenga lo más mínimo que reprochar. Cuándo y cómo quiera. ¿Pero lo es igualmente no ser madre, renunciar voluntariamente a serlo, despreocuparse sin remordimientos por el reloj biológico? ¿O es realmente un deber, una exigencia cultural, tener hijos? ¿Es nuestra obligación como humanos multiplicarnos, es la maternidad la esencia de la vida de una mujer? Pero si una mujer es «solo» madre, ¿no censura la sociedad que deje de lado su realización profesional, incluso personal? ¿Y qué pasa con aquellas que se arrepienten, con las que a pesar de amar a sus hijos preferirían no haberlos tenido, con las que se atreven a reconocer que su vida es ahora peor que antes?

La socióloga israelí Orna Donath abrió la caja de los truenos el pasado octubre con la publicación de Madres arrepentidas, un estudio sobre la maternidad desafecta que este Día Internacional de la Mujer 2017 conviene recuperar para reflexionar sobre las exigencias sociales y los derechos femeninos. Los 23 testimonios reunidos por la académica no son el único tema que quema, que escuece. Tampoco suelen ser bien digeridas las opiniones de las antinatalistas y las experiencias de las que en alguna ocasión han sido atacadas con el calificativo de «malas madres». ¿Por qué «malas»? Por no entender la maternidad -o no ponerla en práctica- de la manera tradicionalmente conocida/establecida. Todas sus razones y todos sus argumentos han generado, de golpe, un intenso y polarizado debate social que hasta ahora nadie se había atrevido a abordar. No, al menos, de manera tan directa, tan cruda y tan real.

A pesar de que hoy, 8 de marzo de 2017,  Día Internacional de la Mujer, se celebra la lucha plurisecular de la mujer por intervenir activamente y no como mera espectadora en la sociedad, a día de hoy la brecha de género es profunda todavía, abismal en determinadas culturas. Económicamente, profesionalmente. Y no solo eso. En ciertos países la presión social para tener hijos llega a ser un auténtico calvario. Las mismas declaraciones que la natalista Europa -en particular, Alemania- asimila incómoda, levantan ampollas en el país de Donath (y de sus entrevistadas). En Israel fomentar la natalidad es una cuestión de Estado. Con la media de nacimientos más alta de los países desarrollados -más de tres hijos por mujer-, tener un solo retoño equivale casi a ser repudiada de la sociedad. ¿Qué es lo que cuenta la socióloga que tanta alarma está generando?

A día de hoy, 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, arrepentirse de ser madre sigue viéndose como algo monstruoso. Lo demuestra la manera en la que la sociedad occidental ha encajado declaraciones como «me consumen, me agotan, me cansan el cuerpo, la mente y el alma, no tengo lugar para nada más, no tengo nada porque me falta energía» o, entre las más devastadoras, «si murieran mis hijos sería un alivio». Sentencias como estas se suceden constantemente en el ensayo de Donath, quien advierte de que no son estos casos una generalización de un sentimiento común, sino justamente lo contrario, la voz de situaciones particulares que, por no ser como el resto, se han mantenido hasta ahora en el más estricto silencio. Consumiendo a sus dueñas, convencidas de que ese sentimiento no es el correcto. De que no está bien. 

Aunque la natalidad en España -la más baja de la Unión Europea- está muy lejos de la de Israel, la tesis desarrollada por Donath ha causado un profundo alboroto también en nuestro país, que hoy celebra el Día Internacional de la Mujer 2017. A ella se suman el movimiento, de momento minoritario, antinatalista, que considera que no es justo obligar a una persona a nacer en un mundo lleno de sufrimiento. Las razones de sus adeptos para no tener descendencia responden básicamente a principios ideológicos y éticos. No engendrar a más «esclavos del sistema». No traer a más personas a un planeta con recursos finitos. Pero ¿y si una mujer no quiere tener hijos simplemente porque no le da la gana, porque ya es feliz así, sin necesidad de entregar su vida a otros? ¿Es egoísta? ¿O lo es más si decide tener descendencia solo para, algún día, no sentirse sola? 

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