El calendario gregoriano: ¿Es eficaz nuestra manera de medir el tiempo?

Un año, 365 días. Siete meses de 31 días, cuatro de 30 y uno de 28 (de 29 cada cuatro años). Y cuatro estaciones sin fecha regular de inicio ¿Compensa adaptarse a un sistema tan complejo?

Calendario gregoriano: ¿Por qué medimos el tiempo así?

Cuando hace exactamente 434 años Portugal, España, Francia, Italia, los Países Bajos y Luxemburgo abrazaron el calendario gregoriano, hicieron desaparer de golpe diez días. En 1592, los españoles se acostaron el 4 de octubre y se levantaron a día 15 del mismo mes. El salto temporal nada tuvo que ver con fenómenos paranormales, más bien con la rebeldía de un papa reformista que, atento a los informes de un grupo de científicos de la Universidad de Salamanca, decidió darle carpetazo a la cuenta sistematizada del transcurso del tiempo instaurada por Julio César en el año 46 a.C. y adoptar una nueva medida que compaginase la dimensión física y astrológica -el movimiento del Sol y con él, la variaciones de temperatura y luz- y la humana, la social: el calendario gregoriano

El nuevo calendario gregoriano, bautizado así por tal pontífice -Gregorio XIII-, sustituyó al Juliano, el primero en decantarse por medir el tiempo en función del aparente movimiento del astro rey. Lo hizo a partir de la idea de que la Tierra tardaba más o menos 365 días en dar una vuelta completa al Sol; es decir, que por cada rodeo que daba a la gran estrella, giraba 365 veces sobre sí misma. Ese «más o menos» fue su perdición. Creyendo que el planeta azul tardaba exactamente 365,2422 rotaciones en volver al mismo punto, el sistema implantado por el político y militar romano acordó que cada cuatro años, para subsanar ese margen, se contarían 366. Nacieron así los años bisiestos -los que tienen un día más en febrero- con la intención de corregir el desfase. Pero los decimales estaban mal calculados.

Calendario gregoriano: calendarios y cartografía

Lo que hizo el calendario gregoriano fue afinar las medidas como más le convenía entonces a la Iglesia, máxima autoridad en el siglo XVI. El nuevo método para llevar la cuenta del paso del tiempo decidió hilar fino, consciente del desajuste entre las fechas del almanaque y los equinoccios. Haciéndole caso a los investigadores salmantinos, mantuvo los años con 365 días y conservó los bisiestos cada cuatro años, pero estableció prescindir de ellos cuando acabasen en dos ceros (cada centenario) y cuando la cifra fuese divisible por 400. Esta reforma, promulgada por medio de la bula Inter Gravissimas, hizo que solo fuese necesario modificar un día cada 3.372 años.

La implantación del calendario gregoriano precisó una zancada temporal importante: arrancar diez hojas del almanaque y empezar a contar desde el día 15 de octubre. La elección de las fechas no fue casual, eran los días en los que había menos festividades de santos. Además, esta manera de medir el tiempo fue considerada durante años un arma papal por los enemigos del Vaticano. Los ingleses, enfadados, bloquearon su parlamento cuando Gran Bretaña decidió adoptar el gregoriano como calendario civil en 1752. Fue el último de los grandes estados occidentales en hacerlo. Ni siquiera Voltaire, poco amigo de la Iglesia, comprendía la indignación de sus vecinos. «Estos ingleses prefieren que su calendario esté en desacuerdo con el Sol antes de darle la razón al papa».

Sin embargo, el cálculo del calendario gregoriano, que prometía puntualidad durante tres mil años, fue perdiendo peso con el paso del tiempo, cuando la sociedad comenzó a sospechar que también los movimientos de la Tierra eran irregulares. Lo son. Desacelera su baile en solitario y, por tanto, su paseo alrededor del Sol debido a la influencia que sobre ella ejerce la Luna, inclinando con las mareas su peso hacia uno u otro lado. Su falta de precisión no es su único inconveniente

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Los diez días que nunca existieron En 1582, el día después del 4 de octubre no fue el 5 sino el 15. Esta drástica medida se tomó para ajustar el calendario ya que se año la primavera comenzara un 11 de marzo.

Entraña también algunos problemas en este calendario gregoriano el hecho de que el inicio de las estaciones del año coincida con los solsticios de junio y diciembre, y con los equinoccios de marzo y septiembre, pues el desplazamiento del eje de rotación de la Tierra hace que obligatoriamente las fechas en las que arranca el otoño, el invierno, la primavera y el verano tengan que ir cambiando. Simplificando: cada año nuestro planeta tarda unos 20 minutos más en llegar al punto de su órbita que marca el inicio del estío, con lo que el principio de las estaciones va sufriendo un desfase que, de no ser corregido, acabaría provocando un intercambio de posiciones entre el invierno y el verano. 

El calendario gregoriano es también blanco de críticas por su manera de repartir las estaciones. No son pocos los que consideran que sería mucho mejor que el solsticio de junio marcase la mitad del verano y no el inicio, que los días comenzasen a menguar a mitad del estío para que la luz alcanzase su punto álgido en plenas vacaciones y no en su arranque.

Otros rechazan este sistema porque está asociado con creencias religiosas compartidas solo por un segmento de la humanidad y su irregular instauración en los diferentes países europeos ha provocado todo tipo de confusiones, como por ejemplo creer que Cervantes y Shakespeare murieron el mismo día cuando en realidad el escritor español lo hizo diez días antes que el británico. 

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