Juego de tronos 6x09: «Cuernos, cuernos, cuernos» y dos escenas que invitan al desasosiego

La espectacular batalla por el Norte y momentos muy inquietantes protagoniza el extraordinario noveno episodio de la sexta temporada de la popular serie de la HBO. OJO, este artículo contiene SPOILERS


La Voz / Redacción

Han vuelto a hacerlo. Un año más, el noveno episodio de la temporada de Juego de Tronos fue memorable, extraordinario, digno de premio. Los responsables de la adaptación de los libros de fantasía de George R.R. Martin volvieron a confiar en el mismo director del espectacular Hardhome (el noveno de la quinta temporada) para emocionar a los seguidores de la serie. Y lo consiguieron. Bajo la batuta de Miguel Sapochnik, han grabado un capítulo de producción lujosa (con más de 600 extras), el que relata la ansiada «batalla de los bastardos» por el dominio del norte entre el sádico Ramsay Bolton y los hermanastros Jon Snow y Sansa Stark. El tráiler nos había dejado con muchas incógnitas. Sesenta minutos después, muchas han sido resueltas. De manera inequívoca. Y el norte, regado con mucha sangre, las recordará. Pero también han surgido otras de gran calado. ¿Se desvelarán en el último de la temporada, Vientos de invierno?

OJO. A partir de aquí, este artículo contiene spoilers. 

El capítulo no arranca en el norte. Sino en el este. En el continente de Essos. Allí, en la Bahía de los Esclavos, la ciudad de Meeren sufre el asedio de la gran flota de los esclavistas. Llueve fuego sobre la urbe. Y llueven las palabras de la boca de Tyrion Lannister, gobernante accidental en ausencia de la reina Daenerys.

El enano rinde cuentas a su señora. Ella anuncia su plan. Quiere crucificar a los amos. Él intenta frenarla. Le habla del secreto del último rey Targaryen, Aerys, padre de la madre de dragones. De su hermano Jaime, el matarreyes. Le cuenta los motivos que le llevaron a cometer regicidio. Y le pide otra aproximación al problema, que intente negociar con los atacantes. Ella accede. Y comienza un extraño parlamento.

Los esclavistas reciben con estupor la demanda de rendición. Pero pronto perciben que ya no es tiempo de palabras. Solo importa una: «dracarys» («fuego de dragón»). Drogon entra en escena, con la poderosa Daenerys como jinete. Sus dos hermanos también se unen a la batalla con terribles consecuencias para los asediadores, que pierden el combate y gran parte de su flota. Los hijos de la arpía también pasan a la historia, masacrados por la horda dohraki que comanda la khaalesi. El epílogo es también para recordar, con gusano gris como justiciero.

En ese momento la acción se traslada al norte. Pero pasan otras cosas interesantes en Meeren en este capítulo. Otra negociación, pero de diferente signo, se produce en la sala del trono. Por un lado, Daenerys y Tyrion, por el otro, los hermanos Greyjoy. El mutilado -una vez más, excelente Alfie Allen- recibe una dosis de escarnio de parte del Lannister. Pero en seguida las mujeres toman las riendas. Hablan de la amenaza del nuevo rey del trono de Piedramar, Euron, del que dicen que exigirá un matrimonio a la Targaryen. Intercambian propuestas. Incluso coquetean. Y llegan a un acuerdo. Los cien barcos que hurtaron Theon y Yara de la flota del Hierro serán para Daenerys a cambio de su apoyo para reconquistar las islas. 

Negros presagios cerca de Invernalia

Cerca de Invernalia se produce un encuentro cargado de tensión. Jon y Sansa parlamentan con Ramsay. Es la primera vez que la Stark vuelve a ver a su marido, al hombre que la maltrató, la vejó y la humilló. Él suena razonable. Les invita a rendirse. Jon responde con otra invitación. Propone un duelo que pueda ahorrar cientos de vidas. Pero el hijo de Roose Bolton no acepta. Y esgrime, con la cabeza del huargo Peludo como prueba, una amenaza sobre la vida del hijo pequeño de Ned Stark, Rickon, prisionero en el castillo que ocupan los soldados de la casa del hombre desollado. 

Sansa no se arredra. En su cabeza y en su espíritu no queda nada de la antigua chica tonta que provocó la caída de su casa. Ahora es una gran jugadora del juego de tronos, más dura que su hermanastro Jon, y habla como tal. Dice a Ramsay que morirá «mañana». Él deja ver su verdadero yo y promete que todos acabarán siendo «comida para perros». 

La acción se traslada al War Room del antiguo campamento de Stannis Baratheon. Allí Jon, Davos y Tormund llevan la voz cantante, aunque al salvaje se le atragantan términos como doble maniobra envolvente o pinza. Sansa espera a que terminen. Interpela a su hermanastro. Le reprocha que no tome en cuenta su consejo. Y que vaya a plantar batalla en inferioridad numérica. También reinvidica, de forma dolorosa, su experiencia con el enemigo. «No le conoces», le espeta antes de demostrar, otra vez, como ha cambiado. Sabe que Rickon está perdido. Y deja claro que nunca volverá con Ramsay. Al menos no con vida. No le cuenta nada a Jon del misterioso mensaje que envió con un cuervo a un destino desconocido. ¿A dónde fue? 

La escena pasa a ser protagonizada por dos secundarios de lujo, Davos y Tormund. Intercambian opiniones sobre la mejor forma de afrontar una batalla. El salvaje bebe. Y el Caballero de la Cebolla pasea. Hablan sobre los señores a los que sirvieron. Sobre el rey más allá del muro, Mance Rayder, sobre Stannis, Y sobre Jon.

El antiguo comandante de la Guardia de la Noche visita a Melisandre, ausente del concilio bélico. La sacerdotisa roja no levanta cabeza desde que descubrió que se había equivocado de elegido del Señor de la Luz. De su chistera solo sale un escueto consejo: «no pierdas». Él le ordena que si muere, no lo reviva. Negros presagios en el bando de los Stark. 

En su caminata, Ser Davos recorre el campamento. Llega a los restos de una pira. Allí encuentra el juguete en forma de venado que él le había regalado a Shireen Baratheon, la pequeña princesa inmolada por su padre a sugerencia de Melisandre a mayor gloria del dios de los sacerdotes rojos. No dice nada. No hace nada. Por ahora. Ese descubrimiento puede traer cola. Él quería a la niña como si fuera su hija. Y no sabe nada de su funesto destino. Pase lo que pase en la batalla de los bastardos, la paz no durará mucho. 

Llega el día de la batalla. Aparece el pequeño ejército leal a los Stark. Las tropas de los Bolton los esperan en un campo en el que arden varios hombres desollados. La cámara hace hincapie en la gran cantidad de arqueros que ha desplegado Ramsay. El bastardo tiene un plan. Y lo pone en marcha.

Aparece Rickon Stark, prisionero. Lo libera. Y lo conmina a escapar mientras él le dispara una flecha tras otra. Provoca la intervención de Jon, que cabalga para rescatar a su hermanastro. Cuando está a punto de conseguir su objetivo, Ramsay lo mata. Y gana el juego.

Jon carga contra los Bolton. De forma épica. Y de forma estúpida. El antiguo comandante de la Guardia de la Noche pierde su montura. Está solo contra la caballería de los Bolton. La escena es memorable. Recuerda a la del final de la tercera película de El Señor de los Anillos. Cuando Aragorn inicia un ataque desesperado contra las hordas de Mordor. Entonces todos los soldados siguieron al héroe. Aquí también. La carga de los leales a los Stark salva a Jon. Y comienza la fase más espectacular de la batalla

«Cuernos, cuernos, cuernos»

El supuesto hijo de Ned Stark (ver teorías) muestra su maestría en el campo de batalla. Su espada de acero valyrio hace estragos en las filas rivales. Llueven las flechas. No las de los Stark, que no quieren matar a los suyos. Pero sí las de los de Ramsay. Impertérrito, ordena cargar a sus reservas. También lo hacen desde el otro bando. Los números mandan. Y las tropas de los Bolton consiguen embolsar al ejército Stark y lo cercan con un muro de escudos y armas.

Con gran maestría, el director retrata la desesperación de las atrapadas fuerzas de Jon, pisoteado y preso en una avalancha. Parece que todo está perdido para la causa de los Stark. Y el agobio crece en el espectador... Hasta que, por fin, suenan los cuernos. 

«Cuernos, cuernos, cuernos». Le sirvieron a Tolkien para retratar uno de los momentos culminantes de El señor de los anillos, la llegada de los jinetes de Rohan a la batalla de los Campos del Pelennor. Y le sirven aquí a Sapochnik para introducir de forma épica en escena a uno de los dos ejércitos intactos que quedan en los siete reinos, el de los caballeros del Valle de Arryn, el que controla Meñique. El que pone a disposición de Sansa para ganar la gran batalla de Invernalia.

HBO prometió un episodio espectacular. Y ha cumplido con creces. Además, se despejan las teorías. La chica Stark envió aquel cuervo al hombre que la salvó de Desembarco del Rey, le enseñó a jugar al juego de tronos y luego la vendió a Ramsay. Y la jugada le ha salido bien. Muy bien. El norte es suyo y de su hermanastro. ¿Pero a qué precio? Baelish, que traicionó a Ned Stark, solo tiene una causa, la suya. Y no presta sin interés de usura. Sansa sabe que esos caballeros no están ahí porque ella lo vale. La duda, como decía Josep Pla, es saber quién paga. Y cuánto. 

La carga del último gigante

El bastardo de Bolton huye despavorido del campo de batalla. Vuelve a Invernalia, donde pretende, sin ejército, organizar una defensa. Lo persiguen, entre otros, Jon, Tormund y Wun-Wun. En una carga gloriosa, el último gigante hace añicos el portón del hogar ancestral de los Stark, pero muere, asaetado como un puercoespín.

La última flecha la lanza Ramsay, que ya no puede huir más. Y tiene que verse las caras con Jon. Este coge un escudo, bloquea todos sus disparos y lo machaca a puñetazos. Pero no lo mata. Aparece Sansa en escena. Y su hermanastro se detiene. Sabe que él no tiene derecho a cobrar esa muerte. Se para. Y el estandarte del lobo vuelve a ondear en Invernalia. Los Stark han vuelto. 

La gran venganza de Sansa Stark

Cuentas pendientes. Davos mira de forma enigmática a Melisandre mientras aprieta el juguete que encontró en la pira de Shireen. Esa trama dará juego. ¿Y qué pasa con Ramsay? Sansa le pregunta a Jon. Se ve al personaje más sádico de Juego de tronos encadenado en las mazmorras. Llega ella, su mujer. Él intenta manipularla, una vez más. En cierta forma sigue dando miedo. Hablan.  

-Ramsay: «No puedes matarme. Ahora soy parte de ti».

-Sansa: «Tus palabras desaparecerán. Tu casa desaparecerá... Todo recuerdo de ti desaparecerá»

Se oyen aullidos. Son los perros de Ramsay. Los que usaba para cazar mujeres y para eliminar a sus rivales. Él entiende lo que va a pasar. Pero niega la realidad. Dice que los canes son fieles y nunca lo atacarán. Sansa, fría como un témpano, le revela que llevan una semana sin comer. Y pasa lo que tiene que pasar: muerte, justicia, venganza. Por la boda roja. Por sus hermanos. Por su madre. Y por ella. «El Norte recuerda». 

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