Equinoccio de primavera: Mitos y realidades de la estación más aclamada

Esta estación siempre promete cosas que no puede cumplir. Ni es sinónimo de buen tiempo ni gusta tanto como se piensa


La Voz

Ha llegado el Equinoccio de primavera, una estación que se vende sola. Seguro que al otoño o al invierno les le gustaría ser primavera. Normal, porque se han dicho sobre ella multitud de cosas bonitas. Por ejemplo que mientras ella exista, seguirá existiendo también la poesía. Y la verdad es que no fueron pocos los artistas, poetas y escritores que se inspiraron a lo largo de la historia en el equinoccio de primavera para sus composiciones, como el principal símbolo de la plenitud de la naturaleza. Pero, todo sea dicho, la estación de las luces también tiene muchas sombras. Por eso, para conocerla como realmente es, necesitamos desmontar el equinoccio de primavera parte por parte. 

Un hueco en la historia 

¿Sabía usted que a la historia le faltan 11 días? En el año 1582, el día después del cuatro de octubre no fue el cinco, sino el 15. La decisión la tomó el papa Gregorio XIII para ajustar el calendario al inicio astronómico de la primavera, conocido como equinoccio de primavera. La estación llega cuando el sol, moviéndose sobre la eclíptica, la línea por la que transcurre alrededor de la Tierra, atraviesa el punto Aries. Cada vez que lo cruza ha pasado lo que se llama año Trópico, que son exactamente 365, 24 días. Pero como no es un número entero surge el problema. En el concilio de Nicea, celebrado en el año 325, se ordenó que comenzase el 21 de marzo. Fue la primera reforma del calendario impulsada años atrás por Julio César. Se estableció además que cada cuatro hubiese uno con 366, los bisiestos. Pero la media anual pasó a ser de 365´25 sobrepasando la duración del año Trópico. Ocurrió entonces que el inicio en lugar de retrasarse se adelantaba, no mucho, pero en 1582 el equinoccio de primavera tuvo lugar el 11 de marzo. El problema se solucionó eliminando once días al calendario. Se decidió también que los últimos años de cada siglo que no fuesen divisibles por cuatrocientos dejarán de ser bisiestos: 1700, 1800 o 1900. Y de esta forma poco a poco vamos ajustando nuestro calendario a la duración exacta del año Trópico.

El golfista que quisocambiar la hora

Con la llegada del equinoccio de primavera también cambiamos la hora. De esta forma intentamos que el horario civil, el nuestro, se adapte al solar. Es decir, que cuando salga el sol también lo hagamos nosotros. Pero no siempre fue así. En el año 1905 un famoso constructor inglés, Willam Willet, solía cabalgar muy temprano con su caballo. Un buen día cayó en la cuenta de que la gente siempre estaba durmiendo, de que nadie disfrutaba de aquellas horas de sol. Aunque lo que de verdad le molestaba era que anocheciera tan pronto cuando practicaba su deporte favorito, el golf. Así que decidido se plantó delante del gobierno británico y propuso cambiar la hora. Imagínense la situación. Al principio, como era de esperar, no le hicieron caso. Decidió entonces publicar su propuesta y el debate no fue poco. Pero en 1916, durante la Primera Guerra Mundial, Guillermo II de Alemania, intentando ahorrar energía, decidió seguir su consejo. Después lo hicieron el resto de países europeos. España la cambió en 1918. El ahorro fue tan espectacular que muchos decidieron mantenerlo después de la Gran Guerra. Por cierto, Willet falleció un año antes de que los alemanes adoptaran el cambio de hora.

Día igual a noche

Las cuatro estaciones que conocemos existen porque nuestro planeta está inclinado unos 23 grados, y esto supone que los rayos solares no llegan con la misma intensidad. Este viernes, 20 de marzo, tiene lugar el equinoccio de primavera. La palabra procede del latín y significa día igual a noche. Y aunque la luz le ha estado ganando terreno a la oscuridad desde el solsticio de invierno es a partir de ahora cuando lo hará más rápidamente. Cada día que pasa el astro rey sale antes y se pone después, aproximadamente unos cinco minutos. Pero no solo eso, también calienta más. El motivo es que en el equinoccio de primavera el Sol está cada vez más alto sobre el horizonte. Y como sus rayos son más perpendiculares, ocupan un área pequeña y por tanto hace más calor. Sin embargo en invierno el sol está más bajo y sus rayos son más oblicuos. Ocurre entonces que como tiene que distribuir la misma cantidad de calor en un área mayor hace más frío.

No todo es buen tiempo

Si usted tiene menos de treinta años seguro que asociará el equinoccio de primavera con el buen tiempo. Pero si no, quizá pueda recordar cuando las primaveras eran frías. Si analizamos los registros de las últimas cuarenta comprobaremos que los meses de marzo, abril y mayo durante las décadas de los 70 y 80 han terminado con anomalías negativas, por tanto, con temperaturas más bajas que la media. Pero las estaciones de los años 90 y 2000 han tenido anomalías positivas. Esto sugiere que, aunque la memoria meteorológica es bastante selectiva y suele retener lo más reciente, no todo lo que es primavera es buen tiempo. De hecho, en el 2013 se rompió la tendencia positiva. La gran pregunta que nos hacemos ahora es: ¿volveremos a tener otras veinte estaciones frías? Lo único cierto es que, en cuanto a la atmósfera, estos son unos meses muy variables ya que el aire cálido de los anticiclones comienza a hacer acto de presencia y el frío de las borrascas se retira hacia el norte. Durante esa transición el tiempo anda revuelto.

La hormona de la felicidad se dispara

Si tuviésemos que relacionar cada estación con un estado de ánimo podríamos vincular, por ejemplo, el invierno con la apatía. Normal, con tanta lluvia. Y de la misma forma la primavera con la excitación. Lógico, con esos colores tan vivos. Pero no todo es tan simple y los expertos tienen mucho que decir en este tema. Primero, la psiquiatría de nuestra comunidad tiene más que comprobado que hay muchos gallegos que disfrutan de las precipitaciones. Segundo, en la estación que da comienzo en el equinoccio de primavera, si nos sentimos mejor no es porque llueva o deje de llover sino porque hay más luz. Esa luminosidad aumenta los niveles de serotonina, la hormona de la felicidad que a su vez activa una especie de reloj interno (núcleo supraquiasmático ) que altera nuestro ánimo. Estamos más energéticos. De hecho hay una expresión que trata de reflejar lo que ocurre: «la primavera la sangre altera». A pesar de todo los psiquiatras aseguran que estos meses experimentan un notable aumento de las depresiones. Da la sensación de que cuando llega la primavera solo puede haber un único sentimiento, el de alegría. ¿Pero qué pasa con los que están sufriendo? Pues que esa idea generalizada de felicidad puede hacerles sentirse mucho peor. Conclusión, no trate de imponerle la estación a nadie. 

Inadaptados primaverales

Además de lo dicho anteriormente, el equinoccio de primavera tiene otra cara oculta. Se llama astenia. Es posible que no sepa de qué le hablamos. No es muy conocida porque en la comunidad científica hay mucha controversia en torno a su existencia, ya que no está considerada como una enfermedad, simplemente es un trastorno adaptativo. Como no hay enfermedad, no hay tratamiento, ni farmacológico ni psicoterapéutico. Sin embargo, los síntomas son comunes, numerosos y duraderos, hasta dos semanas. Los «síntomas» son sensación de fatiga, falta de energía, dificultades para conciliar el sueño o la pérdida de apetito. Dicen los expertos que la astenia suele surgir justo cuando comienzan a aumentar las horas de luz e independientemente de que llueva más o menos. Suele notarse más durante las primeras horas del día, afecta sobre todo a mujeres y puede llegar a empeorar ciertas patologías previas como la depresión o la ansiedad. El remedio para este desequilibrio propio del equinoccio de primavera es muy sencillo. Llevar a cabo lo que debería hacerse todo el año: deporte, ocio y una alimentación rica en fibrasy líquidos.

Una estación explosiva para los alérgicos

Es curioso cómo el alimento más sano que existe en la naturaleza, el polen, puede ocasionar tantas molestias. Estos próximos meses serán explosivos para quienes sufren alergia. La gramínea es el que más afecta a los gallegos y el que genera esos síntomas tan comunes como son estornudos, ojos rojos y llorosos o problemas respiratorios. A esto hay que sumar otro inconveniente, los ácaros del polvo. Estos microorganismos, que sobreviven en condiciones húmedas y por eso campan a sus anchas por Galicia, podría ser un gran problema. Con todo, feliz equinoccio de primavera.

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