Carlos Fuentes, el boxeador de las palabras

El escritor mexicano, nacido hace hoy 85 años, fue un implacable látigo de la corrupción y el sistema político mexicano


Redacción

Carlos Fuentes siempre tuvo una escritura coral en su cabeza. Pero en sus últimos trabajos fue siempre a más. Con su muerte, a los 83 años, el idioma español perdió el año pasado a una de la voces más singulares, críticas, vigorosas y originales de literatura hispana del siglo XX y a uno de sus intelectuales más lucidos. Geógrafo de las letras, indesmayable narrador, diplomático de carrera, voz crítica donde las haya, comprometido con la izquierda, Fuentes fue un implacable látigo de la corrupción y el emponzoñado sistema político mexicano, en especial en los años de plomo del PRI. En el último tramo de su vida alzó su voz con desesperación contra la dictadura del narcotráfico que en un guerra infame se ha llevado por delante la vida la decenas de miles de personas en los últimos años.

De los cinco grandes nombres del llamado bum latinoamericano -Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, Carlos Fuentes y Guillermo Cabrera Infante- tal vez Carlos Fuentes sea el que haya tenido menor fortuna crítica (lo que no significa que no goce de un enorme prestigio internacional), probablemente porque su condición de diplomático no contribuyó a forjarse esa imagen de autor bohemio y atribulado que, al menos en los inicios de una carrera literaria, todavía constituye un reclamo comercial más que eficaz. Pero Carlos Fuentes (México D. F., 1928) ha aportado tres títulos fundamentales para comprender la narrativa en español del último medio siglo: La región más transparente (1958), Cambio de piel (1967) y Terra Nostra (1975).

Carlos Fuentes bordó La Región más transparente y desnudó La frontera de cristal, las miserias y lo imposible del cóctel tex-mex. También tiene su libro sobre el amor, Diana o la cazadora solitaria. Es un sólido escritor que trasciende el bum. Hombre complejo de biografía intensa y desoladora. ¿Quién puede sobrevivir a la muerte de un hijo?

Estamos ante un autor, Carlos Fuentes, con bigote de mariachi y pinta de galán maduro de telenovela, que sabe interrogar e interrogarse sobre el mundo latino. Veranea como un rico en Baleares, pero detrás del papel couché y la piscina hay dónde rascar. Tras echar una mirada más familiar en Los años de Laura Díaz o hacer un juego literario de sabor presidencial en La silla del Águila, este escritor sólido, corajudo, se enfrenta de nuevo a los demonios más íntimos de su país, que en el fondo son los de cualquier país en este mundo de vértigo, sin direcciones. Hay en Todas las familias felices de todo: rancheros apocalípticos, hombres humillados, aspirantes a artistas, el horror acartonado de los reality shows, sadismo, gais, mujeri(egos), mariachis... Un ejército de pobres de corazón y de almas solitarias toman las páginas de la que fue una de las últimas obras de Carlos Fuentes, que fue haciendo cada vez más honor a su apellido, semejándose a una fuente de la que manaban historias sin parar, una fuente que no se secó hasta hace un año.

En este libro se alterna el material más inspirado de Carlos Fuentes, las alas más poéticas, con el peso del plomo de la prosa más tranquila. Pero, como sucedía con su libro de relatos El naranjo y en general con toda la obra de Fuentes, hay páginas por las que merece mucho la pena la lectura. Carlos Fuentes no es un artista que empezó ayer por la tarde. Premio Cervantes, Príncipe de Asturias y a las puertas del Nobel de Literatura, al mexicano le sobra oficio y lamento para escribir bien. El espejo de la memoria, a pesar de estar quebrado, vibra en Todas las familias felices, relatos punteados por coros sin puntuación, donde introduce la verdad más desnuda, más poética. El mexicano escribe a su manera, como un Sinatra de vuelta de todo. No hay diálogos al uso. Dinamita las puntuaciones y las frases que dicen los personajes se reflejan al estilo del norteamericano de la pradera, Cormac McCarthy, a lo bestia. Sin más. «Yo vengo de una familia en la que cada miembro dañaba de algún modo a los demás. Luego, arrepentidos, cada uno se dañaba a sí mismo», explicaba Carlos Fuentes para justificar estos retratos con familias que, como todas, siempre esconden algún cadáver en el armario.

El autor parece querer decir que el que esté libre de pecado tire la primera piedra. Es un libro que pretende reflejar la realidad de su país, las famosas venas abiertas de América Latina que había descrito Eduardo Galeano. Creía Carlos Fuentes que todo seguía igual: «Cuando yo nací, hace ya unas décadas, la mitad de los mexicanos vivía en la pobreza. Hoy, la mitad de los mexicanos sigue viviendo en la pobreza. Eso no puede ser». Sirve el autor su lamento en carne humana, del niño que mendiga a la hija violada. La frontera es un carnaval, un esperpento.

Además de fustigar lo peor de la idiosincrasia mexicana que lo conformaba, Carlos Fuentes fue uno de esos grandes autores de la otra orilla -él acuñó la expresión de «las dos orillas del español»- que modernizaron el idioma que compartimos quinientos millones de seres humanos y situaron en el mundo a una de las generaciones de narradores más brillantes y universales del sigo XX. Reconocido padre de la modernidad de la narrativa mexicana, logró junto a otros grandes del bum, según Juan Goytisolo, que «la literatura española entroncara de nuevo con la modernidad» siglos después de que «España diera la espalda a la cultura universal durante siglos».

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