Albert Camus, el absurdo extranjero

Se cumplen cien años del nacimiento del literato francés, autor de «La peste» o «El extranjero»

Albert Camus
La Voz

Albert Camus, uno de los grandes autores del siglo XX, reconocido con el Premio Nobel en 1957 «por su importante producción literaria, que con una seriedad clarividente ilumina los problemas de la consciencia humana», nació hace hoy cien años, un aniversario redondo que recuerda cómo la vida del francés, autor de El extranjero o La peste se truncó en la cumbre de su carrera de la «forma más idiota».

Albert Camus murió el 4 de enero de 1960 en un trágico accidente de tráfico, al estrellarse a 180 kilómetros por hora el Facel-Véga en el que viajaba como copiloto desde el sur de Francia hacia París. Un par de días antes, Camus había escrito, con respecto al accidente que acabó con la vida del ciclista Fausto Coppi, que no hay forma «más idiota» de morirse que en la carretera.

Cuando el coche que conducía su amigo Michel Gallimard -sobrino de su editor, Gaston Gallimard- se salió de la carretera a un centenar de kilómetros de la capital y chocó contra un árbol, Albert Camus llevaba consigo en un maletín varios documentos, cuadernos y un manuscrito de 144 páginas. Ese último texto del autor de Calígula no se publicaría hasta 1995 y con el título de El primer hombre, forjando un relato inacabado y en clave autobiográfica en el que Albert Camus regresa a su infancia de pied-noir en la Argelia colonial. «La memoria de los pobres está menos alimentada que la de los ricos, tiene menos puntos de referencia en el espacio, puesto que rara vez dejan el lugar donde viven, y también menos puntos de referencia en el tiempo, inmersos en una vida uniforme y gris», observa Albert Camus en uno de los fragmentos de esa obra póstuma.

Albert Camus (1913, Mondovi -actual Drean- Argelia) nació hace exactamente un siglo en el seno de una familia muy humilde de colonos franceses. Su padre, excombatiente en la Guerra franco-prusiana, falleció en la Primera Guerra Mundial, sin apenas conocer a su hijo. Su madre, de origen menorquín, analfabeta y casi sordomuda, tuvo que ponerse a limpiar casas para sacar a sus dos hijos adelante. El premio Nobel se crió pobre, aislado y febril en la colonia francesa. Alentado por sus profesores, se matriculó en Filosofía, pero la tuberculosis le impidió finalizar sus estudios.

Fundó entonces Albert Camus una compañía de teatro, se afilió durante dos años al Partido Comunista y trabajó como periodista, antes de mudarse a París en 1940 para incorporarse a la redacción de Paris-Soir y ejercer como lector de textos en la editorial Gallimard. Con 29 años publicó su obra más aplaudida, El Extranjero, y una reflexión en primera persona sobre las consecuencias morales del asesinato y la indiferencia ante la muerte, que arranca con las indolentes frases: Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé.

En los años siguientes, Albert Camus escribió la obra de teatro El Malentendido y el ensayo El Mito de Sísifo que, junto con Calígula, abundan sobre la filosofía del absurdo. El escritor francés parte de las influencias de los filósofos existencialistas Kierkegaard y Nietzsche para analizar el vano esfuerzo del ser humano por encontrar el significado de la vida.

María Casares, la pasión gallega de Albert Camus

En París, durante la ocupación nazi, Albert Camus militó en La Resistencia y fundó el periódico clandestino Combat. Fue en esos años cuando conoció a su amante más célebre, la actriz gallega exiliada en Francia María Casares, hija del presidente del Gobierno de la Segunda República Española Santiago Casares Quiroga.

Siempre repeinado y con un cigarrillo apoyado en la comisura de los labios, el llamado Humphrey Bogart de la literatura trabó amistad con el filósofo Jean-Paul Sartre en 1943 y mantuvo con él una relación de diez años que, tras la publicación del artículo Les Temps Modernes, desembocaría en una agria batalla filosófica con marcado trasfondo político. Aunque ambos pensadores se reivindicaban de izquierdas, Sartre defendía la violencia para alcanzar la revolución social mientras que Camus, acusado de estático, entendía que el fin no justifica los medios. «Me decían que eran necesarios unos muertos para llegar a un mundo donde no se mataría», resumía el escritor, que en 1957 y, contra pronóstico, ganó el Premio Nobel de Literatura. Tenía 44 años.

Entonces Albert Camus vivía ya instalado en el gran desgarro que le produjo la guerra de independencia de su Argelia natal (1954 y 1962). Anhelaba que la tierra que le vio nacer, donde los atardeceres apacibles se mezclaban con los colores mediterráneos, dejara atrás el sistema colonial, pero sin desligarse de la Francia que educó su talento. Dos años antes de que terminara esa barbarie, Camus falleció, a los 46 años, al romperse el cuello en un accidente. La muerte de Albert Camus dejó viuda a su segunda esposa, Francine, y huérfanos a sus dos hijos gemelos, Jean y Catherine. Aunque conoció numerosas amantes, la verdadera mujer de su vida fue su bondadosa y esforzada madre, reconocen sus hijos.

Quienes le conocieron, como el periodista Jean Daniel, fundador de Le Nouvel Observateur y amigo del Premio Nobel, dicen que «para saber lo que es un hombre feliz hay que haber visto a Camus delante del mar y el sol».

La vigencia de «El extranjero»

Lo cierto es que a día de hoy, la novela más emblemática de Albert Camus es todavía uno de esos enigmas literarios cuyo éxito nos congracia con todo lo que no sabemos de nosotros mismos. Publicada en 1942, en pleno fragor de la Segunda Guerra Mundial, El Extranjero se nutre de toda la fuerza del absurdo que regía las vidas de los europeos en aquellos años. Pero no se queda ahí. Porque Mersault, el protagonista de la novela, además de ser un «héroe del absurdo» (entronizado por muchos críticos), es también el vivo retrato de lo que cada uno de nosotros tenemos de solitarios, de náufragos, de desorientados, de seres que nos sabemos condenados a muerte. ¿Absurdamente? Albert Camus se proclamó siempre «absurdista» frente a los que preferían ser calificados de existencialistas, pero nunca estuvo seguro de la palabra que verdaderamente lo definía. Humanista le llamaron otros, y él no lo rechazaba, pero ¿qué era eso de ser humanista en un mundo absurdo?

Mersault, el antihéroe indiferente e insensible de El extranjero, es un álter ego del sensible y diferente Albert Camus de la negación. Y para que no nos quepa la menor duda, el escritor nos sumerge desde la primera línea en el territorio del absurdo, en donde habita el «todo da igual». Así, a Mersault le da igual que haya muerto su madre, que le otorguen o no un traslado a París o acabar casándose con María, etcétera. La respuesta es siempre la misma: que da igual. Como le da igual haber matado a un árabe y ser condenado a muerte por un tribunal burgués que juzga más su vida que su crimen. Él sabe ya que está condenado a muerte, como lo están todos sus jueces y todos los seres humanos en general. «Yo sólo sé que el hombre muere y no es feliz», dirá el escritor tratando de explicar sus propias limitaciones cognitivas... y, de paso, las de los demás.

El extranjero ofrece un retrato del hombre moderno atrapado en una existencia que no controla ni dirige. Por ello nos es tan fácil entenderlo. Como nos es fácil entender al Camus que, frente a los valores vacíos de una burguesía reprimida y represora, defendía la «libertad absurda». La única de la que tenemos una constancia clara de que existe. Porque no hemos dejado de ser extranjeros de paso en este mundo.

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