¿Por qué Bergoglio, el papa Francisco, no entró en las quinielas?

El jesuita fue el segundo cardenal, después de Benedicto XVI, con más votos en el cónclave del 2005. Durante aquella elección, el argentino pidió a los purpurados que no le siguiesen votando porque no se sentía preparado para el pontificado. Su avanzada edad tampoco jugaba esta vez a su favor


Redacción

Diez nombres encabezaban la lista de las apuestas más fuertes que se atrevieron a predecir quién ocuparía el lugar de Benedicto XVI como nuevo papa: Angelo Scola, Sean O'Malley, Ravasi, Maradiaga, Scherer, Péter Erdö, Schönborn, Ouellet, Turkson y Tagle. De cerca les seguían otros cardenales como Timothy Dolan, Angelo Amato, Leonardo Sandri o Oswald Gracias. Y en el tramo final de las deliberaciones, especulaciones sobre unas supuestas filtraciones elevaron al español Santos Abril a los primeros puestos del ránking. Pero se equivocaban. Ni rastro de Bergoglio, el cardenal argentino que, curiosamente, fue el segundo purpurado más votado en el anterior cónclave, quedándose a las puertas de ocupar el trono de la Santa Sede.

Cuando el protodiácono saludó a los fieles en el balcón de la Basílica de San Pedro para disponerse a anunciar la identidad del nuevo papa, muy pocos se esperaban que tras la cortina iba a aparecer Jorge Mario Bergoglio. En realidad, muy pocos, incluso, sabían antes de las ocho de la tarde del miércoles quién era Bergoglio. Pero el que tras dirigirse a a los fieles anunció que adoptaría en su pontificado el nombre de Francisco no es ningún desconocido en el seno de la Iglesia católica, menos todavía en el sector latinoamericano, y su nombre fue uno de los más recurridos en las noticias que hace ocho años arrojaron luz sobre la elección de Benedicto XVI. Bergoglio fue entonces la alternativa a Ratzinger. El que acaparó los votos de quienes no estaban convencidos de elegir al alemán. El segundo. El que se quedó a las puertas porque prefirió echarse a un lado, cederle el paso al ahora papa emérito, pedirle al resto de cardenales que no le votasen porque no estaba preparado para continuar la lucha en el cónclave ni para ser papa. El que renunció primero.

Si en el 2005 Bergoglio fue la otra opción, ¿por qué nadie se acordó de él cuando Benedicto XVI decidió retirarse? Varias razones podrían explicar que su nombre quedase fuera de las quinielas. En primer lugar, su gesto del anterior cónclave fue entendido por los vaticanistas como la demostración de que realmente el argentino no quería ni podía asumir la responsabilidad de ser papa. Si entonces el ahora papa Francisco frenó a sus apoyos, todo parecía indicar que, si de nuevo aglutinaba un importante peso de votos, volviese a rechazar el cargo eclesiástico. Pero han pasado ocho años y lo que muchos se tomaron como una demostración de impotencia fue visto por otros como una muestra de humildad. Jorge Mario Bergoglio no hizo entonces más que allanarle el camino al papa emérito. Dejarle pasar primero.

En segundo lugar, su avanzada edad y frágil estado de salud no jugaban esta vez a su favor. Desde el momento en el que Benedicto XVI anunció su insólita renuncia, los expertos en temas del Vaticano pronosticaron que el nuevo papa debería ser un candidato fuerte, con buena salud, capaz de hacer frente a los retos que le esperan a la Iglesia en los próximos años. Bergoglio tiene 76 años y a los 21 perdió el pulmón derecho por una pulmonía. Más allá, no ha transcendido ningún problema importante de salud y quienes le conocen le tachan de persona enérgica, con valor y carácter determinante.

Es posible que, frente a la grave crisis que atraviesa actualmente la Iglesia -potenciada por los escándalos de corrupción y pederastia-, los cardenales hayan optado por una nueva vía, abrir las puertas al sector católico latinoamericano y refugiarse en un papado, que se prevé corto, de transición y cambio de aires. Lo que está claro es que la elección de Bergoglio supone un giro importante en el camino papal. El primer Francisco deberá simbolizar el puente de unión entre los dos grandes continentes católicos. Él mismo hizo referencia a su lugar de origen en su primera intervención como pontífice, con un lenguaje simple, despojado de cualquier artificio, anticipo de lo que parece que predominará en la etapa a la que se enfrenta a partir de ahora: humildad, fraternidad y sencillez. «Los cardenales han ido a buscar el papa casi al fin del mundo. Pero estamos aquí».

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