El nuevo papa: Las monjas cantan «Papa novo, ¿chi será? Chi lo sa»

Un humo negro negrísimo, de tinta de calamar, puso fin a una jornada de grandes expectativas


Roma / Enviado Especial

Con una paciencia franciscana, miles de personas aguardaron ayer en la plaza de San Pedro la primera fumata, a pesar de que en su fuero interno sabían que lo más probable era que fuese negra. Pero la fe mueve montañas y María, una brasileña de 67 años, no solo confiaba en que saliese humo blanco por la chimenea de la Sixtina, sino que esperaba ver a su compatriota Odilo Pedro Scherer asomarse al engalanado balcón central de la basílica. María, con la bandera verde y amarilla de su país a modo de capa, explicaba que «no Brazil as misas son máis alegres» y consideraba que eso debe trasladarse sin demora a Europa. Quizá no haga falta: unas monjas mataban el tiempo entonando una canción con el siguiente estribillo: «Papa novo, papa novo, papa novo ¿chi será? Chi lo sa, chi lo sa, chi lo sa...».

Nadie sabe quién será y pocos se atreven a apostar por un cardenal. Los católicos más fieles consideran de mal gusto dar nombres y se limitan a pedir un papa «de Cristo» o un papa que sea «santo padre». ¿Pero no era eso el pontífice?

Tampoco hay que extrañarse. Que haya devotos en el Vaticano es tan consustancial como que haya pizzerías en Roma. Y los hay de todos los continentes -aunque se nota el predominio de latinoamericanos y asiáticos- y de todas los estratos sociales, desde el pijo con chaleco de aluminio y mocasines Hogan al eremita que, sin nada más encima que una estameña basta, acampa entre la columnata de Bernini.

Por la mañana, tras una noche pasada por agua, un sol celestial asomaba a primera hora en la plaza del Vaticano. Pero fue empezar la misa Pro Eligendo Pontifice y desatarse la madre de todas las tormentas. Truenos, diluvio, granizo... Un clima invernal para inaugurar el segundo cónclave del milenio, del que todos esperan que salga el papa que lleve la primavera a la Iglesia.

La gente respondió desde primera hora, y 50 minutos antes de empezar el oficio apenas quedaban asientos libres en la nave central. Los purpurados, ocultos tras un telón en la zona donde se ubica la Piedad de Miguel Ángel, se preparaban para la procesión hasta el altar. Fue un momento extraordinario, con la basílica cegadora, completamente iluminada. Por primera vez en este cónclave los príncipes de la Iglesia desfilaban todos juntos, tan cerca del público que casi se podía intercambiar confidencias con ellos.

El fervor religioso era patente en las numerosas personas que entonaban los himnos en latín con la misma familiaridad que un adolescente canta el Gagnam Style. La misa duró dos horas, peccata minuta para lo que les esperaba por la tarde. Entre aguaceros intermitentes, cientos de personas siguieron la entrada de los cardenales en la Sixtina y no perdieron comba de un solo juramento.

Luego, poco a poco, los cientos se convirtieron en miles y a las siete de la tarde San Pedro estaba a reventar. El frío, la humedad, el cansancio... No hay misericordia. Por fin, alguien grita, de la chimenea sale un humo negro, negrísimo, casi tinta de calamar, y la plaza exhala un suspiro. Estampida general y una mujer que exclama en perfecto castellano: «¡Qué rabia!».

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