Rubén Darío y la música de sus versos

El virtuosismo juguetón y alegre de que hacía gala el poeta orfebre nicaragüense, de cuyo nacimiento se cumplen hoy 146 años, resultaba especialmente grato regalado al oído, entre las sábanas, en la última lectura antes de que se apagase la luz de la lamparita de la mesilla


A Rubén Darío (Metapa, hoy Ciudad Darío, 1867-León de Nicaragua, 1916) se le considera habitualmente como a un gigante del modernismo, un renovador del lenguaje de la poesía en español, patriarca de la lírica hispanoamericana. Pero también se tiene a Rubén Darío, de cuyo nacimiento se cumplen hoy 146 años, por una isla en el proceloso océano de las letras castellanas, como a un referente ensimismado que no sirve para lubricar el titánico engranaje del idioma. Tópicos y etiquetas que dificultan una comprensión natural, un acceso a la escritura de Rubén Darío despojado de prejuicios y lugares comunes.

El lastre del preciosismo de Rubén Darío y el efecto negativo de las reacciones que suscitó el ocaso de aquella poderosa corriente estética no ayudan a mejorar su posición, a desnudar de oropeles una estatua que permanece extrañamente reluciente en su pedestal del Parnaso. Y, sin embargo, la musicalidad de su verso sigue vigente del mismo modo que su prodigiosa utilización de la palabra. Buena prueba de ello es cómo ha logrado colarse en el imaginario popular y en sus canciones, hasta el punto de que los anónimos rapsodas y degustadores han perdido el hilo de su origen. Su disfrute es lo que importa.

Lo sabe tanto el sello madrileño Rey Lear -para el que Luis Alberto de Cuenca reunió en el 2007 un puñado de pequeños cuentos en verso, que defiende como parte relevante de su educación sentimental y que «los españolitos de mi generación nos sabíamos de memoria», editado con ilustraciones del simbolista Gustave Moreau- como la casa pontevedresa Kalandraka, que publicó hace unos años una bonita versión ilustrada de Sonatina. Es esta pieza un proverbial ejemplo de cómo una obra pasa a formar parte del patrimonio íntimo de su público. Algo parecido a lo que sucedió con los que crecieron y acabaron por creer que el preludio del Te Deum del compositor francés Marc-Antoine Charpentier era sólo la sintonía de la conexión televisiva con Eurovisión. [La princesa está triste... ¿Qué tendrá la princesa?/Los suspiros se escapan de su boca de fresa,/que ha perdido la risa, que ha perdido el color./La princesa está pálida en su silla de oro,/está mudo el teclado de su clave sonoro,/y en su vaso, olvidada, se desmaya una flor. (comienzo de Sonatina, de Rubén Darío)]

Quizá alguien disienta y afirme que es más fácil para un niño entrar en los senderos de la poesía leyendo a Gamoneda. Y quizá, por ello, desprecie el virtuosismo juguetón y alegre de que hacía gala el orfebre nicaragüense Rubén Darío y que tan grato resultaba regalado al oído, entre las sábanas, en la última lectura antes de que se apagase la luz de la lamparita de la mesilla. Tanto como Salgari, sir Henry Rider Haggard, Las mil y una noches o Stevenson, pero ninguno tan musical.

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