Un beatle de cinco años

Decían que era el Mozart gallego, pero a Pepito Arriola su talento precoz lo convirtió, además de en portentoso pianista, en fenómeno de masas


Redacción / la Voz

En el verano de 1900, poco antes de cumplir cinco años, José Rodríguez Carballeira es el Mozart gallego. Ya «ha dado en París su primer concierto», informa un telegrama en La Voz. «El éxito alcanzado por el privilegiado niño -sigue- ha sido superior a toda ponderación». Por aquel entonces, Carlos Peñaranda acude a un recital suyo en Madrid y escribe para el periódico: «Demostró, ante escogido y entusiasmado auditorio, cómo, a los cuatro años, se puede ser consumado pianista, no solo por la ejecución maravillosa, si se considera, sobre todo, la pequeñez de aquellas manos, sino que, principalmente, por el profundo sentimiento del arte, que, más que estudio, es revelación o colosal instinto de un talento precocísimo y privilegiado».

Pero José, el músico, es también Pepito. Pepito Arriola, el fenómeno de masas. Si se anuncia su visita a Centroeuropa, se recibe un «conmovedor mensaje de los niños alemanes [...], prueba evidentísima de la simpatía intensa que nuestro interesante pianista ha despertado y de la ansiedad con que se le aguarda». Si el pequeño ferrolano, betanceiro casual por nacimiento, visita A Coruña, y decide darse una vuelta por el Relleno, «como no puede menos de suceder [...], atrae a los suyos, es decir, a la nube de infantiles paseantes que brincan en las carreras del paseo. No hay clases entre sus admiradores. La simpatía brota por igual del niño de almidonados cuellos y rizados bucles que del minúsculo golfo descalzo de pie y pierna, desgreñado y casi desnudo».

Una estrella

Como si hubiesen pasado de golpe seis décadas, como si fuese una estrella de la música popular, un beatle, «todos le cercan, todos se disputan el privilegio de una frase o de una sonrisa suyas. Uno le ofrece barquillos, otro un terrón de azúcar, aquel otro presente, y a todo corresponde Pepito, devolviendo cariño por cariño, alegremente, satisfecho por hallar un ambiente de que gusta».

Por supuesto, «alguno de sus pequeños admiradores guarda como reliquia inestimable un caramelo obtenido de manos del [...] pianista».

Cuando un periodista acude a verlo a la fonda en la que se aloja, se lo encuentra «charlando, jugando, demostrando una viveza muy en armonía con sus poderosas facultades». Pepito «tiene una cháchara muy agradable y entretenida», aunque no deja de ser un niño «con un ceceo muy propio de su edad y que imprime una gracia especial a sus frases».

«Ya conozco la clave de do», dice mezclando «algunas palabras en alemán y en francés, haciendo gestos de cómica gravedad», mientras se muestra impaciente por que llegue el tren en el que viaja su profesor, un joven alemán, de apellido Roeb, «que percibe de la infanta Isabel 300 pesetas mensuales» por enseñar al joven músico.

La multitud ávida

Pepito -al que estos días la Real Filharmonía dedica un disco y una gira que comenzó anteayer en Ferrol y terminará el 19 en Vigo-, nunca llegará a ser Pepe. No al menos para el gran público, que, más que su música, solo parece adorar su precocidad: «Salió a paseo nuestro infantil huésped, acompañado de su madre, de su tía y del profesor. Una multitud ávida de conocerle le seguía, empujándole, apretándole, no permitiéndole andar [...]. Será cosa de que la madre de Pepito tenga al niño encerrado en casa o lo saque disfrazado de tal manera que nadie le conozca». Pero no: será el tiempo el que acabará pasando a cobrarse la fama de un «tierno artista [que] saborea la música tan en serio como el hombre más sesudo y aficionado».

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