Verano de ricos, verano de pobres

La Voz da un giro a la crónica estival de sociedad y se va en busca de la vida en las barriadas, porque «menos utilidad acaso puede sacarse del chalé que del rancho»


Redacción / la Voz

«El verano es una actualidad [...], ya que la fiebre informativa hace tema de crónica lo mismo de la vida política que de los cambios atmosféricos». Igual que lo hace, seguramente más que cualquier otra época, de la gente. El famoso, el rico, que se dice en la época, da saltos por las columnas de la prensa: llegan las buenas familias a sus quintas estivales, se celebran bodas y fiestas varias... De todo ello quiere el público detalles, aunque no suponga más que la parte emergida de la sociedad.

«No vemos qué razón abona que sean solo los ricos el objeto de la curiosidad pública, sobre todo cuando tanto y tan edificante hay que enseñar en la densa penumbra en que se mueven los pobres», dice la carta de presentación de una serie que La Voz empieza a publicar el 2 de agosto de 1902, con un titular que se repite en varios capítulos: «Pobres y ricos».

Líneas abajo, el periódico insiste en que «para lo que las crónicas periodísticas deben tener de artístico, hay arte en el rancho como en el chalé; para lo que deben tener de útiles, menos utilidad acaso puede sacarse del chalé que del rancho». En este caso, el rancho (no confundir con la casona rodeada de mil cabezas de ganado), en su acepción de «choza o casa pobre» que recoge el Diccionario.

La primera crónica de la otra sociedad viene de una barriada coruñesa conocida como Buenos Aires, «a dos pasos de una fábrica, teniendo por fronterizos lujosos hoteles y aromosos jardines», formada por «una serie de viviendas para obreros que forman contraste violento por lo pobres, por lo olvidadas, por lo mezquinas».

El agua, potable por fuerza

El alquiler «no es nada barato». Son unos «32 o 36 reales cada mes», una «futesa para muchos», aunque «un capital, una horrible carga, para los que cuentan día tras día cómo transcurren los del mes».

«La barriada es de tablas». «¿Comodidades? ¡Dios las dé! Dos alcobas, una cocina y un retrete adosado al muro [...]. ¿Agua? Un pozo hacia el centro de las viviendas [...], bajo un alpendre. Es potable cuando la necesidad fuerza a los vecinos a beberla». «No es necesario decir más».

Si acercamos la mirada al «portón siempre abierto» de cualquier rancho, podremos ver que «en alguno viven seis u ocho personas». Echemos «un vistazo ligero» dentro de uno. «Aquí, en el [...] número 21, oscuro, estrecho, una pobre mujer, Manuela Seijas, viuda, atiende al cuidado de cinco hijos. Fue cigarrera. Estuvo loca y ya no volvió a la fábrica. Su marido murió ahogado [...]. Se llamaba Francisco. Era cocinero... ¡Pobre hombre! Todos los vecinos dicen que era muy bueno?». «¿Como vive esta familia? A la señora Manuela le dan cinco duros mensuales como limosna sus antiguas compañeras [...]. ¡Imagínense ustedes el verano de esta infeliz!».

En el 13 vive «un peón de albañil que gana ahora ocho reales». Tiene cinco hijos. También «vive con su mujer, ¡y comen y visten y alientan!».

«Número 14 [...]. Felipa Rey, casi ciega, vive con tres hijos, de los cuales uno, Manolo, está muy enfermo de los ojos. Felipa es viuda».

Al otro lado de la calle, en el 2, se aparece «otra infeliz mujer consagrada en absoluto a sus hijos. Tiene tres. El marido se fue hace años a la Argentina, dejándola abandonada, y ella, valerosa, educa y mantiene a los tres rapaces, trabajando sin cesar».

De vuelta a los impares, esta vez al 11, «en la salita trabajan tres mujeres. La madre, anciana, aún tiene ánimo para ir a la fábrica; una hija, costurera, trabaja en casa, y una nieta, recogida por amor de Dios, ayuda como puede haciendo puntilla de Camariñas. Las tres se las arreglan animosas, quién sabe si hasta satisfechas de su suerte».

Ante el pozo, un hombre explica: «Pues sí, señor, el pozo ese es para nosotros, amarrados al banco del trabajo, la playa y el balneario y todo...». «Eso. ¡La mar con arenas!», añade otro.

«Y así y todo, el verano tiene una ventaja para estos desgraciados: es una delicia comparado con el invierno».

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