El hombre que estafó al Banco de España

Un falso cliente logra apoderarse de 78.500 pesetas en la sucursal de A Coruña sin que nadie lo descubra. Parece obra de un delincuente profesional, pero no lo es


Redacción / la Voz

Un dandi «de baja estatura, barba rubia recién recortada, cara ancha, vestido con una americana y sombrero hongo» se presenta en la sucursal del Banco de España en A Coruña y se dirige al director para abrir una cuenta. Aparenta «unos 40 años» y dice llamarse José Pérez Fernández. Con el director, «señor Suárez-Figueroa», mantiene, «poco más o menos», la siguiente conversación:

«-¿Reside usted en La Coruña?

»-Accidentalmente.

»-¿Pertenece usted al comercio?

»-Pertenecía y pertenezco. Fui viajante de numerosas casas de comercio y en todas he dejado a buena altura mi nombre. Hoy, cansado de correr tierras, decidí establecerme en Betanzos [...].

»-¿No conoce usted en La Coruña a alguien que le preste el conocimiento necesario?

»-Aquí... ¡A nadie...! Soy forastero, según indico a usted [...].

»-Y en Betanzos, ¿tiene usted relaciones?

»-Hombre... Verá usted... ¡Ah, sí! El jefe de la estación puede dar conocimiento de mi firma, si usted quiere.

»-Bueno, basta».

Una vez el director accede, Pérez, «llamémosle así», entrega 1.000 pesetas, «o sea la cantidad que como mínimo se admite en tales casos». Tres días después, habiendo hecho solo un par de movimientos de pequeñas sumas, cruza la puerta del banco con 78.500 en el bolsillo.

«Al efectuar el arqueo», el cajero es «el primero en advertirlo. Tanto la entidad como el Gobierno Civil intentan «guardar reserva» acerca de lo sucedido, «pero como secreto encerrado entre más de uno o de dos ya deja de serlo...». «Un robo hábil que reúne además excepcionales circunstancias de audacia se cometió ayer en la sucursal del Banco de España en La Coruña», dicen las primeras líneas de las cuatro columnas que La Voz le dedica a la noticia en primera plana.

Antes de que caiga la noche, la Guardia Civil da en Curtis con el tal José, que resulta llamarse Saturnino Díaz Fernández. «No se trata de un delincuente vulgar. Hasta ahora fue [...] un hombre honrado. Es fabricante, y en Orense su nombre y sus negocios son muy conocidos». El robo es una respuesta desesperada a «reveses de fortuna, desgracias que fue imposible evitar» y con las que «comenzaron los ahogos y los apuros» para su economía. Lo explica «entre sollozos». Pide telegrafiar a su esposa, y acepta que los guardias, «compadecidos de su suerte», paguen «a escote el importe del despacho».

El plan

Pero ¿cómo consuma la estafa? El primer día, tras dejar su nombre en el libro de firmas, baja a la caja a depositar las 1.000 pesetas de su primer ingreso. Allí le dan «una factura de entrega» en la que se estampa «el sello de goma que dice Conforme o Cobrado». «Es natural que el depositario, una vez la factura en su poder, vaya a la ventanilla del oficial, señor Pérez Vizcaíno, para que cubra el resguardo que firma después el cajero». Aunque nuestro hombre, «dueño de la factura, con el sello y la rúbrica del encargado», sale del banco y regresa más tarde para obtener el definitivo resguardo de las 1.000 pesetas y subir al primer piso para que el encargado de las cuentas corrientes tome nota de la entrega, «sentándosela en el libro». En ese intervalo, aprovecha Saturnino para «tomar copia exacta del sello y de la firma».

Continúa «trabajando con cautela para asegurar mejor el buen éxito del golpe». Al día siguiente vuelve al banco y utiliza un talón para retirar 750 pesetas. «Este tiene un ángulo» que «se corta y se devuelve al interesado, para que en la caja a donde el talón se envía le sea entregada la cantidad que retira». 24 horas después ingresa 822 pesetas. Y ya no juzga necesario «andarse con más preparativos».

Al tercer día vuelve con «una factura de haber entregado la bonita suma de 85.000 pesetas [...]. Lleva estampado el sello de Cobrado idéntico al que en la primera entrega se le había puesto [...]. También lleva fingida la rúbrica del encargado de caja». Pero, «sin pasar ante este para nada», se dirige al oficial «para obtener el resguardo». Conseguido, completa «todos los requisitos que van apuntados» y se queda, «con la mayor frescura, dentro de la misma sucursal».

Se sienta en el bajo ante una mesa y saca su libro talonario. «Con pulso firme», cubre el talón y retira la suma. Sube a la intervención, donde le entregan «la mencionada esquina». Baja a cobrar a la caja y se esfuma.

Saturnino no les miente a los guardias que lo capturan. Está en la ruina. Mientras cumple condena en la cárcel de Burgos, pasado casi un año del robo, comienza en Ourense el «juicio de quiebra de don Pedro Saturnino Díaz Fernández».

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