Donde el niño aprendió a ser genio

La Escuela de Artes y Oficios de A Coruña abría a La Voz las puertas de las aulas en las que empezó a pintar uno de los artistas más geniales del siglo XX


Redacción / la Voz

Uno de «estos largos crepúsculos» del verano, «bellos y apacibles», las puertas de la Escuela de Artes y Oficios de A Coruña se abren para un periodista de La Voz, que atraviesa el umbral del «enorme bloque de piedra» donde los alumnos viven «en gestación de ideas y formación de [...] primera cultura». Es la escuela «un establecimiento mixto del carácter de las antiguas de bellas artes y de las modernas industriales».

Lo acompaña el director del centro, Federico Motta, que lo invita a recorrer las aulas. «En esta clase trabajan las alumnas de Dibujo Artístico, por la mañana. Son más de sesenta. Por la noche vienen los varones, cerca de un centenar», explica mientras contemplan la primera. En la siguiente aparecen «vitrinas con un débil germen de museo de física; una mesa, cubierta de zinc; una amplia chimenea al fondo». Se comprueba una lamentable «pobreza de elementos», culpa de la «falta de apoyo de las corporaciones que sostienen el establecimiento».

En la clase de Ornamentación por Estilos se ve «una mesa, unos caballetes, varios cuadros en los muros [...]. Tiene apariencia de estudio de pintor. Contra la pared y en los caballetes [...], algunos trabajos de alumnos distinguidos. Son carteles artísticos, proyectos de frontispicios, frisos decorativos, etcétera. Hay desenvoltura, aciertos de composición, hasta atrevimiento en algunos».

Al llegar al taller de modelado, alegran la vista «una Venus de Milo, un Apolo, el Discóbolo, cabezas escultóricas, vaciadas de modelos clásicos, torsos, piernas y brazos, distribuidos aquí y allá como si en lo alto se hubieran despedazado una docena de estatuas y cayesen los miembros, buscando una posición artística y huyendo de reunirse otra vez».

Asiduidad de las muchachas

El periodista curiosea un poco y acaba fijándose en los muchos «nombres de mujer ocultos entre las flores». El director le explica: «Sí. No es solo en esta clase. En todas. Las muchachas demuestran mucho más amor al trabajo. Su asiduidad es mayor que en los varones. Hay que decirles, al terminar el curso: ‘‘Se acabó, hasta el año que viene’’».

Siguen por los pasillos, «en cuyos muros cuelgan los enormes cuadros del Carducho, representando la vida de san Bruno, el monje blanco», y llegan a un aula «muy amplia» en la que «nada menos que 126 alumnos asisten a la cátedra de Corte y Confección». «Muchos trajes que se ven lucir en los paseos, que parecen obra de una buena modista, lo son de sus portadoras y de aquí han salido», asegura Motta. «Pero fijaos bien -advierte-. Esas planchas, el material para confección, todos los elementos de trabajo han tenido que costeárselos las mismas alumnas [...]. No se había concedido consignación para esta clase».

Continúan. «Abren otra puerta del claustro», que da a una sala «reducida entre dos patios». «Es la clase de D. Isidoro Brocos», con el que veinte años antes, cuando la escuela no era aún de artes y oficios, sino solo de bellas artes, había estudiado un chiquillo que se convertiría en uno de los pintores más geniales del siglo XX, aquel del que, con motivo de su primera exposición, cuando tenía solo 13 años, La Voz dijo: «Continúe de esa manera y no dude que alcanzará días de gloria».

En el periódico del 14 de junio de 1893, entre la relación de «alumnas y alumnos que por sus trabajos obtuvieron premios y calificación de sobresaliente», aparece su nombre: «Dibujo de Figura y Adorno: D. Andrés Torrente López y D. Francisco Fernández Díaz, premio; D. Juan Dopico Sánchez, D. Rafael Vega Sánchez, D. José M.ª Fernández Varela, D. Rodolfo López Arístegui, D. Pablo Ruiz Picasso y D. Juan Pazos Rivas, accésit».

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