Un poco de tierra con margaritas


Acaba de morir Luis Aragón. Estoy frente al poderoso océano «eternamente recomenzado», leo, paseo la salitre y el viento pondalianos. Desde la columna del diario me comunican su muerte un puñado de líneas apretadas y en ellas toda una vida, un torrente; un torrente que luego se fue achicando, adelgazando, hasta los centímetros cuadrados de actualidad que ahora le dedican los periódicos.

Entre Bretón y Aragón, dos fonéticos agudos, inventaron el surrealismo, le dieron dogma y sangre, le soplaron y lo echaron a los caminos del mundo. Hoy las campanas descenderán con el badajo a media asta hasta el Panteón. El Panteón era el domicilio de los dioses, una arquitectura circular para que todos los puntos equidistasen del centro y nadie se sintiese distinto. Pues Aragón era un dios y Elsa, su raposa, el círculo del eterno retorno, el amor que jamás concluye por los siglos de los siglos, amén. Elsa hacía ya muchos años que se había muerto una mañana de tirabuzones. Quizás Aragón estaba muerto desde aquella mañana surrealista.

¿Qué automatismos determinan desde los plintos la luz y la sombra...? El surrealismo fue un surrealismo y aún no se sabe cuál fue el primer vocablo o color que subió hasta la conciencia inconsciente para hacerse carne y habitar entre nosotros. El caso es que luego se derramó generosamente desde Eluard hasta Chirico, desde Ártáud hasta Dalí. Eran los 14 versos de un soneto. En el estrambote estaban, por eso de los automatismos y las libertades profundas, lo mismo Sade que Freud. ¿Cuántos quedan hoy de los Caballeros de la Tabla Redonda?

La necrología puso en ringlera a los surrealistas y los fue eliminando por la criba de Eratóstenes. Luego en los vacíos un responso y un hisopo de agua bendita. Ahora solo quedan sobrevivientes, como en los naufragios. Aragón se aseó, se puso el traje de franela, los zapatos de charol, la sortija de Elsa y se tendió en el ribazo a esperar la resurrección de la carne. Quizás ya estuviese muerto desde hace años, quizás desde hace años solo fuese una costumbre. Y hoy solo es un guarismo demográfico. «Lo que hace el alba -dice uno de sus versos- lo ignora el crepúsculo». El alba y el mediodía habían sido Elsa. El crepúsculo es un saquito de huesos mientras gime la raposa. En el crepúsculo todos los huesos y raposas son pardos.

¡Quién iba a decírselo a Luis Aragón, socialista de glóbulos rojos, que se moriría precisamente en el instante en que el socialismo pasea por el Trocadero con Mitterrand, y va y viene de Grecia a España a Suecia...! ¿Pero reconocería los rostros ahora que el socialismo es puro surrealismo, sin Marx, sin socialismo, sin proletarios, sin lucha de clases, sin revoluciones ni asaltos al Palacio de Invierno...? Pues, paciencia, Luis Aragón, su cuerpo dejarán no su cuidado y este océano pondaliano es a donde van los señoríos su vida a se acabar. El diario comunica tu muerte. Chirico no sé qué pintaría ni sé qué relojes arrugados dejaría caer Dalí desde las ramas. Yo apelmazaré un puñado de tierra con margaritas.

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