Los sabios y los santos tienen alma de mujer


Las mujeres españolas tenemos algunos defectos, pero los varones españoles tienen muchísimos más. Existen y andan por esos mundos de Dios algunos hombres que gastan corsé, polvos, carmín, esencias, pomadas... que pasan la noche atormentados con vendas que sujetan mil papelitos que al día siguiente convierten el cabello, la barba y el bigote en artísticos bucles. Se dice de público y se cuchichea en tertulias caseras que algunos vejestorios, ex elegantes, verdaderos recuerdos del tiempo viejo, y aun gomosos, verdaderos adefesios de los presentes días, colocan en las mejillas, para evitar añejas o prematuras arrugas, un soberbio solomillo de vaca, más propio para la deglución estomacal que para el refresco de la piel.

Pues bien, la mujer detesta esas ridiculeces y protesta contra esos afeminamientos, hasta el punto de que los zahiere con sus burlas y los satiriza sin piedad. La infeliz que, atormentada por el deseo natural de novio o de marido, se ve precisada a aceptar alguno de esos figurines, tiene que hacer uso de todas sus armas para defenderse de la compasión y hasta de la chacota de todas sus compañeras.

La mujer tiene corazón de artista, conoce sus defectos y hasta los finge a veces, obligada por la atmósfera mefítica que respira y que la rodea; pero nunca podrá amar, repugnará siempre esos seres moralmente deformes y deformemente raquíticos. Todas las grandes acciones donde primeramente repercuten es en el corazón de la mujer.

Nosotras admiramos siempre los santos, los sabios y los héroes y es que los héroes, los sabios y los santos tienen alma de mujer. No crea usted que esto es una afirmación mía y sin fundamento: la ciencia lo afirma y el célebre doctor Viguera demuestra como los hombres más grandes del mundo tienen mucha afinidad con la mujer. (...)

Luego probaré como esos vicios no existen, y el sexo fuerte es la causa de que parezca que los hay. Quiero pasar por alto ese período y limitarme a la mujer, ya esposa, ya madre. Hay hombres a los que no le gusta (y a mí tampoco) la vida colegial; y desean a los niños colocados al lado de la madre, rodearlos de su solicitud, de su bondad, de su cariño, pero no piensan en que esa madre que va a ser tan buena institutriz de sus hijos, que esa mujer, que un hombre honrado y trabajador ha elegido para su eterna compañera y para madre de sus hijos, que esa madre intachable y adorable por todos conceptos, ha tenido también juventud y con ella todos esos defectos que algunos vituperan. Abrigo la certeza de que, salvo muy pocas y lamentables excepciones, no hay hombre o mujer que al recordar las virtudes de esos santos que con tanto fervor veneramos en nuestros altares no sienta acudir a su memoria la imagen de su madre. Sacerdotes, maestros y sabios no son capaces de grabar en nuestras almas juveniles las grandes verdades con la profundidad y claridad que una madre nos inculca sus santos y sabios consejos.

En cuanto a héroes, no hay madre que no lo sea, y todas se considerarían dichosas dando hasta su última gota de sangre por evitar un dolor al hijo de sus entrañas. Si recorremos la historia observaremos que, por lo general, rodea a la mujer una página de gloria.

Las biografías de los hombres que más se han distinguido en la vida nacional deberían completarse con la biografía de su madre o de su mujer para cerciorarnos a quién debe la corona de laurel.

Afortunadamente, son muchos hombres los que no atacan nuestra capacidad y nuestras aptitudes para las ciencias, y aunque Descartes ya afirmó que la mujer es más apropósito que el hombre para el estudio, el célebre y docto Colegio de Antioquía demostró que el talento no tiene sexo; y con que la mujer, a pesar de sus detractores, puede llegar a las celebridades más grandes de su siglo. Así lo hicieron muchas, como Madame de Stael (con su cráneo pequeño para más tormento de la ciencia), ostentando el dictado de Musa décima, como Sor Inés de la Cruz; ya explicando Retórica, como la hija de Nebrija, en Alcalá; o comentando los clásicos, como Luisa Medrano, en Salamanca; ya dando a conocer el sistema de Newton en Francia, como la marquesa de Chatelet; fundando asilos para hijos de lavanderas y cigarreras, como la virtuosa princesa Doña María Victoria, o el Hospital de niños en las Peñuelas, como Doña María Hernández... y saber labrar los pañales de su hijo, hacer los calcetines a su esposo, repasar y remendar la ropa blanca y de color, fregar los ladrillos y el fogón de la cocina, confeccionar un almuerzo, preparar y espumar el cocido, y rezar como Dios manda.

Por Rafaela Placer Ourense (1872-1910). una de las primeras gallegas en acceder a la universidad

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