La insólita procesión del Encuentro

Fervores ajenos a los propios de la Semana Santa se adueñaron en el pasado de funciones que llegaron a adquirir un «carácter singular, asaz bullanguero»


Redacción / la Voz

La del Santo Encuentro fue en tiempos una procesión de «carácter singular, asaz bullanguero», que hoy se vería como un espectáculo insólito si no se hubiese desprendido de ciertas tradiciones. Repasaba el periodista coruñés Galo Salinas en un artículo de 1925 el catálogo de trastadas de la Semana Santa que había reunido en su niñez, y que tenían su punto álgido en la madrugada del Viernes Santo, cuando «los igorotes urbanos y los apaches rurales entretenían las horas nocturnas en repicar con los eslabones o piedras a las puertas de las viviendas causando no pocos contratiempos».

Hay que retroceder unos años, cuando los hechos estaban aún frescos en la memoria, para obtener una descripción más detallada de las escenas a las que se refería Salinas. «¡Qué escenas, Dios santo!», lamentaba en 1893 un columnista de La Voz.

«Todavía recordamos -decía- aquellos usos que nos ponían al nivel de la Zululandia: todavía recordamos las farsas inocentes que precedían, a guisa de preparativos, a la procesión del Santo Encuentro». Y entraba en materia: «Antes, el día de Viernes Santo se celebraba de una manera muy prosaica y grosera [...]. Una cáfila de turbulentos muchachos y de mozos de la hez del pueblo aprestábanse en la noche del Jueves Santo a recontar las monedas de que podían disponer, dormían en los atrios de las iglesias, cuando no dentro de los mismos templos, y se concertaban y constituían compañías cuya misión era la poco santa de embriagarse perdidamente en la mañana del viernes».

Aquel botellón pionero empezaba a las tres de la madrugada, cuando «sonaba en las calles el fúnebre toque de los clarines, que la gente perdida traducía así:

»Anís, anís,

»caña, caña.

»Tomaremos la mañana

»con anís y buena caña».

«Bien alumbrados ya»

Era la señal que estaban esperando. «Toda la turba desperezábase y comenzaban las libaciones de aguardiente. Los tenduchos donde se expende este liquido abríanse a aquella hora». El siguiente acto de la función daba comienzo cuando los actores estaban «bien alumbrados ya». Se iba «toda aquella tropa diseminada en grupos calle por calle, despertando a los vecinos».

Y ¿qué hacía la autoridad? «Era día clásico y [...] no podía entonces imponerse a las costumbres». Es decir, «los serenos solían asistir impávidos a este espectáculo, y si intervenían en él era para aceptar el trago de aguardiente que el más atrevido del grupo les ofrecía».

Al alba, cuando los fieles «acudían solícitos a oír la palabra del sacerdote, el sermón de las tres caídas, como entonces se le llamaba», las «hordas de beodos se burlaban» del cura y «coreaban con chistes del peor género» sus palabras. Igualmente «era motivo de ludibrio» el paso de San Juan, «que a lo mejor no aparecía cuando el predicador lo evocaba, por la sencilla razón de que los que lo conducían estaban atracándose de aguardiente».

Peor incluso era cuando los participantes en la farra pasaban de la palabra a la obra para sabotear la santa celebración. Algunos «de genio maleante y avieso solían acudir [...] con gruesas barras de jabón, con las que [...] embadurnaban las losas y cuando las señoras que alumbraban a la Virgen daban la vuela a la calle, resbalaban, caían y chillaban al compás de carcajadas que los autores del suceso proferían celebrando el salvaje chiste».

Por suerte, «todo eso pasó. Las costumbres se han refinado, y aunque se camina, como algunos creen, al término de la incredulidad, nadie, absolutamente nadie, puede negar que el progreso, tan vilipendiado y escarnecido por los mojigatos empedernidos, ha prestado servicios inapreciables a la religión».

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