«No habrá interviú, le daré un caldiño»

Á. M. Castiñeira REDACCIÓN / LA VOZ

HEMEROTECA

Pérez Lugín se planta a traición en la «casona» de su amiga Filomena Dato para entrevistarla, pero la poeta, harta de la prensa y de la crítica, rehúye con grelos

03 mar 2018 . Actualizado a las 05:00 h.

Los versos de Filomena Dato regresaron el pasado martes a Moruxo. En el cementerio bergondés donde descansa la poeta se celebró un acto muy sencillo para recordar a una pionera. Solo Rosalía se le adelantó a la hora de componer en gallego, aunque, en parte, la eclipsó la fama de sus amigas Pardo Bazán y Sofía Casanova.

Entre sus admiradores se contaba Alejandro Pérez Lugín, que aprovechó en 1912 una de sus habituales estancias en A Coruña para llevar a la escritora ourensana a las páginas de La Voz. El periodista madrileño se empeñó en hacerle una entrevista, de modo que, en un día de perros, echó mano de «Foguete», su cochero habitual, para «dar un paseo por la Mariña». «También le es humor», refunfuñó el hombre. «Es, hombre, es».

Con Lugín no se sabe si se está leyendo el periódico o un pasaje de La casa de la Troya: «La lluvia, menudita a ratos, y a ratos violenta, cae insistente sobre estos campos de inefable belleza, siempre húmedos y sedientos siempre. Gotean las nubes, los árboles sin hojas [...], los ladradores perros de palleiro se acurrucan silenciosos bajo las pallozas. En algunas casas unas mujeres curiosas se asoman a la puerta al sentir el cascabeleo de los caballos. “Quen é?”, pregunta desde dentro una voz femenina. “Non sei, será un médico”. Foguete, que ve pasar, desconsolado, una tras otra las tabernas del camino sin que yo le diga palabra, me interpela inquieto, desde el pescante: “¿Y luego, señor? ¿No le pide el cuerpo nada?”».

«¿Escribir? ¿Para qué?»

Después de tres horas en coche, «que se cuentan por tres minutos en este camino ideal», se plantó ante el atrio «de la casona de Filomena Dato Muruais, la tierna poetisa de las Mariñas». Y, consumida ya una columna de las dos que tenía el texto, empezó la pretendida entrevista. Lugín golpeó «impaciente el aldabón de la casa amiga». «¡Abran, que traigo más hambre que un estudiante al salir de clase!», voceó. A lo lejos, con tono «amable», le respondió una mujer:

«-¿Y qué milagro es este?

»-Le vengo de interviú, Filomena.

»-¿Interviú con quién, hombre de Dios?

»-Con usted [...].

»-No diga disparates y suba. No habrá interviú, pero le daré un caldiño de grelos que es gloria mismamente, y no habrá perdido el viaje».

Ambos entraron en una de esas grandes salas «de las viejas casas señoriles aldeanas». Mientras se acomodaban, él empezó a procurarse la entrevista.

«-Cuénteme cosas mientras llega ese caldiño, Filomena.

»-¿Cosas de qué?

»-De sus libros, de sus trabajos, de lo que escribe y lo que prepara».

No le hizo falta más retranca. Filomena se soltó con una respuesta entreverada de desencanto: «No escribo nada, no preparo nada. ¿Escribir? ¿Para qué? La escritura solo produce disgustos. Disgustos si se acierta, disgustos de todos modos [...]. Mi último libro, Fe, me ha enseñado a aborrecer la vanidad de la letra de molde [...]. Yo sabía que a estas alturas de descreimiento e indiferencia un libro de poesías místicas es un libro absurdo y esperaba por ello los palos y las burlas de quienes por su desgracia no conservan viva la fe de sus primeros años, pero [...] los periódicos católicos de la corte y de otras partes han guardado silencio; ni una palabra; ni siquiera un cortés acuse de recibo. ¿Cree usted que vale la pena escribir para que los de uno le traten así? No hablemos más de esto; ¿qué se le va a hacer?».