En el coto de caza de los submarinos

En plena Gran Guerra, cañonazos a lo lejos anuncian la pronta llegada de náufragos a las costas gallegas. Ya en tierra, los marinos relatan su lucha contra los «U-boot»


Redacción / la Voz

Media tarde en Corme un día de 1917. El pueblo está enfrascado en sus quehaceres. De pronto, «de la parte del Roncudo», procedente del mar, se oye «un vivo tiroteo de cañones». «Veremos si como consecuencia de este bombardeo llegan algunos infortunados náufragos», dice el corresponsal de La Voz. Es el inicio de una historia que se repite a menudo desde hace un par de años. Y va para largo. Submarinos alemanes campan a sus anchas por las aguas gallegas. «Que se arríen los botes sin prisa, porque los comandantes de los torpederos ingleses andan dormidos», se jacta un capitán germano.

Pasa un día. A Fisterra llegan dos botes con 28 hombres. Parte de la tripulación del Sydney, carguero francés que descansa ya en el fondo del mar. «Vienen casi extenuados de fatiga, pues tuvieron que luchar largo tiempo con las olas [...]. Carecen de ropas, de víveres y sobre todo de agua». El primer oficial, el señor Beuxieme, informa: «Un submarino alemán [...] se nos presentó a una o dos millas de distancia [...]. El capitán dispuso que se forzase la máquina, y con toda velocidad, el Sydney trató de alejarse [...]. El sumergible [...] apresuró la marcha sin dejar de bombardearnos [...]. Aunque teníamos pocos proyectiles, se hizo funcionar el cañón». El duelo termina cuando la munición del mercante se agota. Alemanes armados con mosquetones suben a bordo, detienen al capitán y ordenan arriar los botes. Acto seguido, colocan explosivos en las bodegas del barco y los hacen estallar.

Carta manuscrita de un marino español lanzada al mar en una botella y que llegó, muy deteriorada, a las autoridades marítimas en Galicia.
Carta manuscrita de un marino español lanzada al mar en una botella y que llegó, muy deteriorada, a las autoridades marítimas en Galicia.

El relato podría ser el de cualquiera de los miles de marineros que, tras vérselas con los U-boot, acaban en Galicia. Llegan de todas las nacionalidades: «Vivero parece hoy un pueblo cosmopolita: hay rusos, suecos, noruegos, daneses y alemanes. Hasta ayer hubo también ingleses y franceses». Y los vecinos se vuelcan con ellos. En Camariñas, «hubieron de repartirse en diversas casas [...], en las que se les trata lo mejor que se puede».

La mayor parte tocan tierra agotados por la tensión de la lucha y tras muchas millas a remos. Los del Columbian recuerdan así la persecución por parte de un sumergible: «La noche a bordo [...] fue horrible. Nadie durmió, ni siquiera cenó. Todos los tripulantes nos habíamos colocado los salvavidas». Los del Borgholm explican cómo, antes de hundirlo, se conceden «unos instantes a la tripulación para echarse de las literas y picar los cabos de los botes, en los cuales se colocaron como les fue posible y en ropas menores».

Fiesta en el sumergible

Hay buques que tienen más suerte. Es el caso del Sardinero, vapor español reconocido por el U-23. «El comandante del submarino examinó la documentación del barco, y en la patente, con su firma, estampó la palabra confianza y devolvió los papeles». Aunque una bandera neutral no garantiza nada. El primer oficial del Manuel, otro carguero, es conducido a un submarino, donde se le pregunta, «en inglés mezclado con palabras francesas [...], de dónde procedían y adónde se dirigía [...]. Comprobados estos extremos, el jefe de la nave alemana dispuso que [...] fuesen a bordo del Manuel tres marineros alemanes y un oficial [...]. Eran portadores de tres bombas explosivas».

Aun así, el trato es diferente según la procedencia. A los náufragos del Fulton y del Danstad «se les dieron dos comidas compuestas con macarrones y dulce por la mañana y té con pastas después del mediodía. La vida a bordo del submarino fue amena. Confraternizaron noruegos y germanos habiéndoseles permitido hasta un rato de baile y canto. Se amenizó la improvisada fiesta con un fonógrafo y un acordeón [...]. Después el jefe alemán hizo una fotografía». También tras echar a pique el estadounidense Actakon, los alemanes «escogieron a los españoles y se los llevaron al submarino, donde se les agasajó con cigarros y unas copas, y allí estuvieron mientras [...] algunos de los marineros norteamericanos fueron, obligados, transportando [...] algunas de las provisiones que el barco llevaba».

Entre tanto esto ocurre mar adentro, «algunos desocupados se entretienen en ir» a lugares como el cabo Roncudo, «provistos de gemelos [...], para observar las diarias correrías de los submarinos. He ido yo también a dicho sitio en varias ocasiones», reconoce el corresponsal.

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