Locas carreras tras los Reyes

Antes de que Melchor, Gaspar y Baltasar aceptasen exhibirse en espectaculares cabalgatas, auténticas multitudes se echaban a la calle en busca de sus majestades

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Redacción / la Voz

Melchor, Gaspar y Baltasar no han sido siempre tan amigos como ahora de desfilar a caballo, en camello o apoltronados en una carroza entre multitudes que los esperan antes de que caiga la noche más mágica. Preferían pasar desapercibidos, cosa que les resultaba harto complicada en muchos pueblos y ciudades. Como sus majestades de Oriente no se dejaban ver, la gente se empeñaba en recorrer las calles en su busca, en medio de un gran alboroto.

El paradigma lo encontramos en Madrid: «Todos los años se repite el espectáculo [...]. Ha sabido imponerse y orgulloso hace alarde de su poder y vive en las costumbres [...] para burla de tontos, ganancia de taberneros, regocijo del escándalo y desesperación de vecinos pacíficos. Siempre es lo mismo. La fiesta se reduce a las curiosas escenas que pueden ofrecer numerosos grupos de hombres alegres y mujeres nada tristes que gritan sin orden ni concierto y recorren los principales sitios [...] en precipitada carrera, llevando por trofeo una escalera, por música el desapacible y áspero ruido que latas y cencerros producen al rodar sobre las desiguales piedras de la calle, por adorno hachones encendidos, por ídolo una enorme bota de Valdepeñas y por pendón un robusto asturiano». Al grito de «¿Por dónde vienen?», la multitud se pasa «toda la noche en busca de los Magos, pero con tan mala fortuna que aún no hay quien haya logrado echarles el ojo encima. Lo que sí acontece es que aun cuando todas las patrullas los buscan [...] en las primeras horas de la noche, acaban por convencerse de acuerdo con los agentes de orden público, que vienen por la prevención y allí van a buscarlos».

Tal es el escándalo, que las autoridades deciden cortarlo de raíz. «Las cuadrillas que gustan de ver venir a los Reyes Magos no podrán alborotar hoy en la Puerta del Sol ni en las calles adyacentes. O se van al hipódromo, o no hay borrachera acompañada de cencerros, escaleras y hachones encendidos», explica la crónica de 1883.

Si esta es una de las «públicas diversiones» que van contra «el tiempo y la civilización», también abundan iniciativas más aplaudidas para festejar la llegada de sus majestades. Informa Bernárdez, corresponsal en Vigo, un 5 de enero: «Por la tarde se celebró en el Teatro García Barbón la fiesta organizada por el Ateneo local, para solaz de los niños».

La feliz novedad

Aunque nada como la fiesta callejera. Quizás por eso empieza a calar la feliz idea de invitar a los Reyes a desfilar. Ya en 1909, la Liga de Amigos de La Coruña «prepara un atrayente festival público. No cuesta nada; no se asusten ustedes. Trátase de una fastuosa cabalgata [...]. Figurarán una o dos carrozas alegóricas a la regia y tradicional visita. En una irán los Reyes: tres magníficos soberanos, con lujosísimos trajes [...] que formarán época. Harán su entrada entre acordes de músicas, luces de bengala y clamoreos populares». En esta ocasión, se sabe que los Magos «traen el propósito de repartir a domicilio juguetes a los niños que viven en las calles del trayecto señalado». Para ello, los padres deben avisar con antelación a la Liga, que custodiará los paquetes «convenientemente lacrados ostentando el nombre del niño que ha de recibir el regalo [...] ¡La novedad que significa que los Reyes vengan de veras, en forma real y efectiva a entregar los juguetes a los chicos!».

En años siguientes hay noticia de cabalgatas en toda Galicia. En Santiago, «el paso de la comitiva fue presenciado por inmensa multitud que elogió el festejo»; en Ribadeo «iba delante un auto con la estrella, a la que seguían gran número de automóviles particulares; una banda de música; los Reyes Magos montados en dos soberbios caballos, acompañados de sus pajes; cuatro grandes camiones llenos de juguetes y el pueblo cerrando».

Pero a las cabalgatas, en plena época dorada, y a la festividad misma del 6 de enero, les surge una amenazadora competencia. Un artículo de 1931 lo denuncia: «Cada año que pasa hay menos nacimientos y más árboles de Navidad [...]. Los pastores se van para no volver, como se irán dentro de nada los Reyes Magos sustituidos por el Padre Noel [...]. ¿De dónde nos habrán traído, santos cielos, este anciano de luenga barba nevada tan parecido a los nigromantes de nuestros cuentos infantiles?».

Errado pronóstico, para regocijo de acérrimos y resistentes monárquicos.

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