Llegan los carros automóviles

Con el cambio de siglo estalla en Galicia la revolución del transporte de viajeros: aparecen las diligencias con motor. Son rápidas y cómodas... si no hay percances


Redacción / la Voz

Con el siglo XX a la vista, «el progreso se impone, aunque sus manifestaciones lleguen a esta tierra con deplorable retraso». A mediados de 1900 las carreteras gallegas se llenan de «carros automóviles» que llevan de aquí para allá a los antiguos clientes de las diligencias, famosas por «el fastidiosísimo viaje [...], encajonado horas y horas en incómodo carricoche, que con trepidación temible y horrísono chirriar de ejes y muelles cruzaba la carretera levantando nubes de polvo». Dos compañías compiten en la ruta entre Santiago y A Coruña -«cuesta el viaje en berlina 14,50 pesetas, y 10 en el interior»-, y ya «se ha solicitado autorización por la empresa de automóviles de Vigo para establecer una línea entre Baamonde y Ribadeo».

Las nuevas máquinas son rapidísimas. Cubren la distancia de la urbe compostelana a la herculina en un pispás: «Hora de salida: siete de la mañana. Ídem de llegada: once y media de ídem».

Falta, de todas formas, corregir algunos problemas técnicos que traen de cabeza a los mecánicos. «El vehículo de la empresa de los Automóviles Gallegos que salió de Santiago ayer mañana sufrió un percance poco antes de Carral, análogo al experimentado días pasados por un carruaje de los Compostelanos. El eje motor del automóvil se le rompió, quedando el vehículo paralizado».

Falta también que el público vaya acostumbrándose. Hay quien, con no se sabe muy bien qué objetivo, se da al sabotaje. De él es víctima un carruaje que «al pasar por el kilómetro 8 de la carretera de La Coruña a Pontevedra» se da de bruces con «dos piedras de grandes dimensiones frente al estanco de la travesía de Altamira [...]. Pudo evitarse un accidente desgraciado, advirtiendo a tiempo los conductores el inesperado obstáculo. Que las referidas piedras [...] habían sido colocadas con criminal intención lo prueba el hecho de que frente a la entrada [...] del estanco de referencia había como una docena de personas presenciando el paso del vehículo, sin preocuparse para nada». 

Alquilador enfadado

A veces, el asunto parece más fortuito que intencionado, como es el caso de «dueños de los carros que el martes último se hallaban detenidos a la bajada de la cuesta de Alvedro y que fueron causa de que se detuviesen los automóviles que por allí pasaban, evitando esta detención rápida un desgraciado suceso».

Y otras, las que no se acostumbran son las bestias (ni sus dueños), quizá recelosas de la competencia. «Un automóvil se cruzó cerca de Vilaboa con Manuel Fariña López, alquilador, que conducía del ronzal a un pollino en el cual venía hacia La Coruña una mujer. Se asustó el animal; se apeó la mujer, no menos asustada, y se negó a continuar el viaje borricalmente. Montó en cólera y montó en el pollino el alquilador, que estaba borracho, y acelerando la marcha cuanto pudo llegó a la plaza de Pontevedra, en donde ya estaba el automóvil detenido. Se dirigió hacia él, y con un garrote que llevaba comenzó a descargar golpes sobre el vehículo [...]. Rompió varios cristales y produjo el natural sobresalto a algunos viajeros que todavía se hallaban dentro del coche. Fue detenido».

Hasta es problema la bisoñez del pasaje, causa de un «sensible accidente» cerca de Santiago. «Al llegar el vehículo al alto de la Sionlla, quiso el conductor efectuar un cambio de velocidad. Los viajeros asustáronse, creyendo que el conductor no podía detener el automóvil, y algunos de ellos, perdiendo la serenidad, se arrojaron a la carretera. Uno de los viajeros resultó con graves heridas, y otro, con una fuerte conmoción cerebral». 

Cuatro bueyes de potencia

El tiempo y la experiencia van solucionándolo casi todo. Pero la tracción animal se confirma como insustituible en según qué circunstancias. «Al regresar ayer a La Coruña el automóvil número 4 sufrió cerca de Palavea una avería en el motor que hizo imposible seguir la marcha. Ocurría esto a las once y media de la mañana. El automóvil llegó a La Coruña horas después, arrastrado por dos yuntas de bueyes».

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