La lucrativa industria de la falsificación

La fabricación y la distribución de pesetas de pega y «duros sevillanos» a cargo de monederos que trabajaban al margen de la ley florecía en toda Galicia


Redacción / la Voz

La inveterada costumbre de dar gato por liebre con moneda de curso ilegal vivía uno de sus momentos más florecientes. Individuos muchas veces organizados en «sociedades» optaban por ponerse en la piel de gobernadores de banco central para evitar el enfriamiento de la economía propia, aun a riesgo de sobrecalentar la pública.

Si la depreciación de la plata a finales del XIX la aprovechó el Estado para inyectar dinero en el sistema, estos acuñadores hicieron lo propio, ya que, en lugar de trabajar con metales de baja ralea, empezó a compensarles emplear la misma materia prima que la Administración (el valor nominal de las piezas llegó a doblar el de la plata con que estaban hechas). En 1905 era una «lucrativa y arraigada industria», con «muchas ramificaciones», en la que estaban «complicadas gentes de Vigo, de La Coruña y de Lugo». «Se cree que [...] en Galicia hay por lo menos dos fábricas de moneda que dejan atrás por la perfección de la estampación, el peso y otras circunstancias a los duros sevillanos y alicantinos», decía La Voz.

En el ránking de las actividades al margen de la ley, este empleo ocupaba un lugar destacado, solo por debajo de otro muy arraigado entonces: «En la cárcel de Arzúa hay 17 presos, seis de los cuales están procesados por homicidio, cinco por monederos falsos, dos por hurto, tres por lesiones y uno por disparo de arma de fuego».

Eran, según una noticia de 1900, personajes «infatigables en la ardua empresa de acuñar moneda, convencidos, sin duda, de la necesidad en que vivimos los españoles respecto a numerario, y de la conveniencia de aumentar la riqueza circulante. Solo que el provechoso oficio tiene sus quiebras, y tanto los que acuñan duros, que son la democracia de la moneda falsa, como los que falsifican billetes de banco, que son su natural aristocracia, suelen caer en manos de la policía, y, entonces, desde la impunidad al presidio no hay más que un paso. ¡Lástima de artistas!».

Troqueles y yeso

El lamento se debía a la mal orientada habilidad de los monederos falsos, comprobada por las autoridades cuando desarticulaban una organización y se incautaban de «troqueles admirablemente hechos», «prensa y otras herramientas» o «varios utensilios y diferentes frascos con ácidos que se cree eran empleados en dar color a la moneda». Había hasta quien fabricaba piezas no «a troquel, sino vaciadas en yeso».

El ámbito de actuación que las bandas solían preferir eran las ferias, donde colocaban su producto a diestro y siniestro entre tratantes de ganado y agricultores de toda Galicia. Por ellas circulaban, según las varias denuncias recibidas en el Gobierno Civil en 1905, «muchos duros de los llamados sevillanos», que era como se conocían las monedas falsas de 5 pesetas, cuyo origen la creencia popular situaba en una ceca hispalense.

Sin embargo, los falsificadores también se atrevían con empresas harto arriesgadas. Era el caso de «una cuadrilla de monederos falsos» que hasta 1906, en lugar de dedicarse al menudeo entre berzas y terneros, «venía realizando [...] importantes estafas en casi todas las sucursales del Monte de Piedad [...]. Falsificaban onzas de oro de diferentes cuños con tal maestría [...] que los tasadores del Monte, gente experta en el reconocimiento y valoración de metales preciosos, admitían como auténticas piezas las que no pasaban de ser monedas con la envoltura de oro de buena ley y el interior de plomo vil [...]. La idea de ejecutar el hecho se le ocurrió a un tal Recaredo Sánchez, perito en materia de platería, quien se asoció a otros varios sujetos inaprensivos, dedicándose él a la parte artística del negocio, y sus consortes, a la pignoración de las fules».

Las víctimas

No eran estas las víctimas habituales, sino gente como un campesino de apellido «Ríos, vecino de la parroquia de Gesteda», que un buen día de 1898 «recibe la noticia de que un hijo suyo [...] ha caído soldado». Su reacción es inmediata. «¡Hay que buscar el dinero necesario para que no nos lo lleven!». La posibilidad de pagar para no ir a la guerra está al alcance de pocos. Ríos decide vender sus vacas, «compradas a costa de sacrificios innumerables» y que representan sus «esperanzas para lo futuro». «Y allá se va el viejo, el pobre padre, a la feria con los animales [...], con lágrimas en los ojos». Los vende y regresa a casa. «1.500 pesetas, un verdadero capital», pero justo lo necesario. Al entregarlas en la sucursal del Banco de España, se descubre que «355 pesetas eran falsas».

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