Solo faltaba la versión del perro

El mediático crimen de la calle de Fuencarral inspiró una sátira protagonizada por el bulldog de la víctima, el único que había escapado a la persecución de los periodistas


Redacción / la Voz

Domingo, 15 de julio de 1888

«A las dos de la mañana se oyeron las alarmantes voces de ‘‘fuego’’ que partían de la casa de la señora marquesa viuda de Varela. Forzada la puerta por las autoridades, se encontró ardiendo el cadáver de la dueña [...]. La criada fue hallada en su habitación. Se manifestó sorprendida y negó toda participación en el crimen [...]. Registradas las habitaciones, se encontraron intactos los baúles, que contenían dinero y alhajas en gran cantidad. La sirviente ha ingresado en la cárcel». Es el 3 de julio de 1888. Comienza el relato de uno de los primeros crímenes mediáticos ocurridos en España, el de la madrileña calle de Fuencarral. La asesinada, Luciana Borcino, natural de Baiona.

Durante semanas, ríos de tinta llenan la mar océana. Se publican todo tipo de detalles y testimonios de cuanto actor principal, de reparto o extra se prestan a ello. Los reporters están «ansiosos de adquirir noticias» para satisfacer a los aún más ansiosos lectores, ávidos de saber sobre un caso con víctima de la alta sociedad, sospechosa del servicio y un testigo que, narcotizado, no ha podido guardar a su ama: el bulldog de la casa.

El bicho se convierte pronto en una pieza clave, en medio de un creciente sensacionalismo. De modo que «uno de nuestros compañeros» de La Voz apuesta por un nuevo enfoque. Aborda el asunto desde la sátira y recurre a la prosopopeya para publicar «una interview con el perro, único personaje que hasta ahora se había librado de la persecución de que son objeto los demás por parte de los periodistas».

En el parador del Castellano

Decide que la entrevista, compuesta a partir de los datos que va revelando la investigación, tenga por escenario el «parador del Castellano, situado en la calle del Cardenal Cisneros», donde el can «ocupa una habitación cuya llave guardan los señores veterinarios». Tras «un afectuoso saludo entre el perro y nuestro reporter», empieza el interrogatorio.

«-He deseado verle para que me diga cuanto le haya ocurrido [...] hasta la fecha.

»-Le contestaré todo lo que sepa y me permita el secreto del sumario».

«-¿Es cierto que le dieron a usted un narcótico?

»-Sí, hoy puedo sospecharlo en vista de lo que he oído decir a los veterinarios, y aunque sin asegurarlo por completo, creo que el narcótico que me dieron pertenecía al reino mineral y no al vegetal».

La sustancia le produjo al animal «una completa insensibilidad». «Tanto es así -explica- que uno de los veterinarios me tiró, al día siguiente de haberse cometido el crimen, varios pellizcos en los riñones y otros sitios, y yo, a pesar del mal genio que dicen que tengo (aunque aseguro a V. que soy mejor que Varela), no dije esta cola es mía».

Una cuestión trascendental y poco clara hasta el momento es si la repentina narcolepsia del chucho se ha debido, en realidad, a un accidente culinario.

«-¿Es cierto que le dieron a V. para almorzar huevos el día en que se cometió el crimen?

»-Como he perdido la memoria y en parte la sensibilidad, no se lo puedo decir a V. Es posible que sí, pero aunque los huevos tienen la propiedad, cuando se hallan en estado de putrefacción, de obrar como narcótico, por el mucho ácido carbónico que acumulan, no creo que de ellos provenga la enfermedad que he sufrido, porque el ácido carbónico en grandes cantidades mata al poco tiempo, y, si se administra en pequeñas, no produce efecto alguno.

»-¿Por qué caracteres externos se le han revelado a V. los efectos del narcótico?

»-Por una dilatación tan extrema de la pupila que esta cubría por completo la córnea, atrofia de los demás sentidos y una inflamación exuberante del vientre, a consecuencia de la distensión de los tejidos e inflamación de las entrañas».

«Trataban de ejecutarme»

Con este cuadro, está claro que el perro les debe la vida a los veterinarios. «Puedo asegurar -dice- que si no hubiera tenido un buen régimen curativo, a estas horas me vería privado del placer de hablar con V. Y hablando con toda sinceridad [...], ya hace algunos días que me encuentro bien, pero el verme objeto de la atención general halagaba mi amor propio y demoré por algún tiempo el revelar mi mejoría. El otro día oí al posadero leer en El Liberal que trataban de ejecutarme para saber qué narcótico se me había administrado, y como yo soy inocente en este crimen, no puedo consentir que se me sacrifique. Además, no creo que sirva de circunstancia atenuante o agravante el que sea opio o estricnina lo que me dieron». En efecto, el tipo de somnífero no será decisivo en la condena de la criada, a garrote vil.

Aclaradas todas estas importantes cuestiones, entrevistador y entrevistado se despiden:

«-Beso a V. la pata.

»-Lamo a V. la mano».

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