¿Qué se cuece en las playas?

Cuando el calor aprieta, las masas se dan baños de mar. Un reportero invita a los lectores a que lo acompañen en una excursión por los arenales para contarlo

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Redacción / la Voz

Un día las playas pasaron de ser el domicilio de algas, crebas y berberechos a una masiva atracción estival. Tanto fue así, que no tardaron los munícipes en meter baza y dar rienda suelta a su afán regulatorio. Un bando de 1906 decía que los niños no podrían «bañarse solos, sino a la vista y cuidado de personas mayores», prohibía «desnudarse ni vestirse al aire libre» y establecía la obligatoriedad del «traje completo» en las zonas más concurridas, y «en los demás puntos [...], calzoncillo-bañador».

Con los primeros calores del verano, un gentío se dirigía al mar para «pasar dentro de él breves minutos o largos momentos de placentera intimidad». La mayoría se bañaba por gusto, aunque el agua oceánica, según los médicos, ofrecía «a los hipocondríacos y a los histéricos el más poderoso de los sedantes de su estado morboso de eretismo». Así que tanto las casas de baños como los arenales que no las tenían estaban en julio y en agosto hasta la bandera.

Para contar lo que allí sucedía, B., un redactor de La Voz, se embarcó en un reportaje en primera persona (de plural) que tituló Siete horas por nuestras playas. «Nada mejor, lectores, que aprovechar una de estas deliciosas mañanas de agosto, tibias y alegres [...], para dejar el perezoso lecho y dar un paseo a orillas de la mar», comenzaba. «Demos una vuelta hoy, cogidos del brazo [...], con toilette ligerita, sin engorro de cuellos ni puños, desabrochada la americana de alpaca y libre el pecho de opresiones».

De la mano de los lectores, B. peinó la costa coruñesa. Comenzó por Orillamar. «Ya veis que no hay que dormirse: otros más madrugadores pueblan las peñas y chapotean en el agua. Debe de estar fría. Oíd cómo chillan las mujeres envueltas en sus túnicas de estameña [...]. Lloran los niños, inesperadamente zambullidos, y patalean en el aire como energúmenos. Ríen cuantos contemplan el cuadro. Riamos nosotros también, qué caramba».

Lluvia de algas y berberechos

Y no pudo evitar reparar en las «doncellas pudibundas» que, «tan animosas como gentiles», allí se encontraban. «¿Se asustan las muchachas? ¿Reniegan de nuestra curiosidad majadera?». Pronto halló respuesta: «Empiezan a llover sobre nosotros algas, berberechos y hasta guijarros [...]. Vámonos».

La siguiente parada era en lugar de «baño masculino»: «¿Veis esa tropa de muchachotes que por ahí corre luciendo las carnes?». Ellos también tenían su público. «Saludamos a las rozagantes lavanderas. Dos bonitas mozas [...]. Desde su posición estratégica [...] divisan a cuatro pasos todo el conjunto del baño... ¿Y no se horrorizan, y no se tapan los ojos, y no interrumpen la copla? No, señor. ¿Y por qué? ¿Advertís por ventura que ellos se escandalicen y que les tiren algo? ¿No? ¡Pues entonces!».

El reportero prosigue la excursión. Se instala sobre los muros del Parrote. «A cuatro pasos hay un municipal y no nos ha visto», observa. «Está distraído. Pone la mano ante los ojos a guisa de pantalla y mira abajo... ¿Qué es ello? ¡Ah, demonio, caballeros! Ese municipal es débil, ese municipal está faltando a su deber, ese municipal no debiera permanecer ahí un momento más...». Pero sigue a lo suyo. «¿Gemelos y todo? ¿Habéis traído gemelos para no perder ripio ni detalle? Pues tended la mirada a lo lejos, recreaos conmigo en la belleza atrayente de los pintorescos pueblecitos fronterizos: Santa Cruz, Mera, el Pasaje...». Pero el municipal sale de su ensimismamiento y levanta el dedo acusador.

Toca cambiar de aires otra vez. Ahora, a Riazor. «Tomemos una cerveza contemplando el conjunto [...]. Lo veo pasar todo ante mí: las hermosas muchachas con trajes claros, sombrillas de alegres tonos y sombreritos coquetones; los muchachos que en turno zumban en calzoncillos [...], el matrimonio que se mete en el agua llevando de la mano una ristra atroz de chicos que lloran... Veo cómo bailan y se revuelcan en la arena los pequeñuelos formando coros encantadores de retablo de iglesia [...]. Este derroche de luz, de colores, de animación, de vida, merece por sí solo una crónica... Y yo me voy» a San Diego.

Pesados mantones

«Ved allí a las [...] forasteras. El sol achicharra, el ambiente es de fuego a medida que fue avanzando la mañana, pero no se desembarazarán, no, de sus pardos mantelos, de los pesados mantones, de los pañuelos de colorines que anudan a la cabeza. El grupo que forman, apiñadas, arrebujadas sobre la fina arena [...], es extraño y abigarrado. Pero no os riais. Aquí sí que os prohíbo ni un mohín [...]. Son tan dignas de respeto como las demás, son forasteras, son... ¡Las doce y media! ¡A almorzar! ¡Vamos!».

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